El mejor artículo sobre este joven escritor lo publica una revista cultural digital mexicana nada sospechosa de izquierdismo  o woke. Y que os invito a buscar y leerlo, su autor es mi compatriota , el escritor chileno Rafel Gumucio. Pido perdón, por lo tanto, a los lectores por insistir majaderamente en un asunto que ya les debe saber a sopa de ajos y cebollas de la semana anterior. Y es que el chico de la boina les aparece hasta en la sopa caliente que, apetitosa, quita el frío de este clima de los mil demonios que azota España, pero que sabe tan mal como estas historias cuando repite o se pasa de fecha.

En primer lugar, lo que tengo que añadir a lo dicho y lo redicho por ambas partes en la melé, reivindico el sagrado derecho a la libertad de expresión de los dos: son libres de declarar sus filias y sus fobias. Uno, (“U.”) de rechazar poner su famoso nombre en un cartel que le parece dudoso, aunque antes dice el otro no le importaba. Libre es, pues, de cambiar de idea. Lo mismo que el otro. Solo los estúpidos no retroceden ante sus errores u omisiones.

En segundo lugar, no considero idóneos para un debate serio sobre conflictos bélicos a escritores, novelistas o poetas, por mucho que hayan escrito sobre ellos. Tal vez, a los que los vivieron y sufrieron en sus carnes las consecuencias. No es el caso del uno y del otro. Por mucho que el ya añoso reportero de guerra se haya empapado en su colosal biblioteca histórica y exhiba un formidable currículo de guerras narradas en primera persona , chaleco PRESS antibalas, casco y petate.

La Historia, con mayúsculas, para los historiadores. Y alguno nada sospechoso de fascista, como Julián Casanova se había apuntado al evento, como se ha dicho.

Dicen algunos de los detractores de uno que en una ocasión Santiago Carrillo aceptó gustoso compartir cartel con Fraga, en los dichosos y “felices” años de la transición, donde las izquierdas y derechas debían forzosamente hacer concesiones y estrecharse las manos, tal vez tapándose las narices y los ojos. Algún joven, como U. cree aún  que fueron momentos de luna de miel de las libertades. Pues no,  no es mi impresión, ya que tengo la vivencia de una época sombría, oscurecida por el miedo a los remanentes del pasado dictatorial y tachonada de episodios sangrientos. Pero, claro, este joven que viste como un anciano, pero en plan cool nació en 1990 y se cree que el monte fue orégano. No, la prueba es que existió un 23 F, fecha en la que  U. no estaba ni en proyecto de sus progenitores. Yo, que viví en Mahón, Menorca,  esos momentos angustiosos, pude ver el terror de quienes se acercaron a mi humilde casa  para compartir mi vino y sus temores. En la Comandancia Militar , a escasos metros de mi domicilio, mandaba un  jefe que me había manifestado reiteradas veces (off the record, eso sí) en entrevistas que le hice mientras yo era corresponsal de un diario balear, su simpatía por Augusto Pinochet.

Del  adversario, el académico, no me voy a extender, pues ya lo hecho en varias ocasiones en este medio. Me parece un escritor mediocre, su único relato notable es el que fue más tarde llevado a la pantalla con el escenario de fondo de la guerra de los Balcanes. De U. ya hablan pestes muchos críticos literarios improvisados que hablan de pastiche, de literatura para tik tokeros, etc. Yo no voy a sumarme a los linchadores del chico de la boina con sus antorchas homófobas nauseabundas, no voy a comprar esas novelas tan vilipendiadas tampoco. Esperaré a que las ofrezcan en alguna librería pública, si acaso, para darles algunos mordiscos. Un crítico literario famoso y  escritor de Chile, Luis Durand, le dijo una vez a mi padre (también crítico literario en El Mercurio, el principal periódico del país): “No hace falta comerse la vaca entera para saber si es buena”. Durand se fiaba más del dedo con el que abría y cerraba al azar las páginas para posteriormente escribir sesudos dictámenes. Así me imagino que proceden tantos críticos a la violeta que veo.

Que siga U. con su cara de buen chico, cantando desde los balcones gallegos con su voz perrofláutica, pidiendo eso sí “la voluntad”. Y que venda muchos, muchísimos libros. Amén.