No nos enseñan a envejecer, tampoco a morir. Esas experiencias capitales son estrictamente individuales e intransferibles. Uno debe, pues, experimentar en soledad y como mejor pueda y le salga. Es la moraleja que se aprende al leer La edad experimental del escritor italiano Erri de Luca (Nápoles, 1950). Albañil, camionero, alpinista de afición y activo como voluntario en labores humanitarias en Bosnia y Ucrania, es un hombre de letras singular e inclasificable.

“La edad avanzada ha dejado de ser sabia, ha dejado de ser sosegada. Siente asombro por proseguir a ultranza: como si. La lista de los como si sería larga. Escribo uno solo: como si cada uno de los días fuera el último, para el que debemos agotar todas las reservas de entusiasmo. ¿Cómo debería ser el último de los días? Es aquel que no tiene ningún derecho natural al día siguiente. Es el que comienza con el agradecimiento de haber llegado a su mañana”. Así empieza este volumen, breve, conciso y con la ascética claridad de su prosa. Erri de Luca logra envolvernos con un lenguaje que cabalga entre la poesía y la lógica, lanzando trazos para que lo sigamos por el bosque donde dice que en meandros y estrechos senderos avizora por fin el futuro. Un futuro que, por cierto, ya no le pertenece. Nada es nuestro para siempre, nos recuerda. La vejez sí, es nuestra y solo nuestra, nadie antes ha sido viejo como llegamos a serlo ahora y la experiencia de los demás no nos  sirve de nada.

En este viaje, que él llama “la edad experimental”, lo acompaña durante las páginas del libro la ex modelo y actriz Inés de la Fressange, que complementa la mirada femenina de la senectud. Ella, que fue una de las bellezas más cotizadas en las pasarelas parisinas llevando trajes de Chanel o Lagerfeld, se expresa con sabiduría:

“Aquí estoy por fin en esa edad en la que nos preguntamos qué quedará después de nuestra muerte, qué ha sido lo más importante en nuestras vidas, qué tememos para los años venideros”. A sus 68 años, la famosa aristócrata francesa que fue icono del estilo en los años dorados de París, nos dice que más que los éxitos profesionales, al fin lo que cuenta es la vida amorosa y familiar y se contempla el pasado glorioso con distanciamiento y desdén. En esta etapa, cree ella, “debemos ejercitarnos para ser optimistas”, y para ello ayuda el ejercicio físico. Con respecto a lo que fue su oficio y pasión, la moda, reflexiona así:

“Tengo la impresión de que las personas elegantes de verdad son las que menos se preocupan por su apariencia. Lo que más aprecio de ellos es su alma. ¡Aquellos a quienes admiro se parecen más a monjes que a ídolos!”.

No es de extrañarse que entre estas personas que prefiere se encuentre el escritor italiano. Erri de Luca vive una existencia casi monacal en su cabaña de los Apeninos, desde donde se ejercita para escalar sin cuerdas ni arneses murallas de piedra de doscientos metros. A sus 76 años conserva una silueta ascética, delgada, lo que le permite esa hazaña sin esfuerzo ni temor. Cuando le preguntan por ello, siempre dice que el miedo es para quien realiza algo arriesgado por obligación, los obreros o los soldados. El duro trabajo al que se dedicó en sus años mozos, por ejemplo, cargando pesados postes en la reconstrucción de una Nápoles devastada por un terremoto.

Tres caballos

El escritor es amigo de las tradiciones, es un buen lector y traductor de las escrituras, en las que se ha especializado. También le gusta memorizar versos como un ejercicio nemotécnico. Recuerda un antiguo dicho según el cual una vida humana dura la de tres caballos. “Desde hace unos años, me hallo a lomos del tercero”, escribe. Y agrega : “También la andadura se corresponde con el ritmo de la edad: era galope en la juventud, trote de adulto y ahora avanza al paso”.

Erri de Luca camina por el bosque cercano a su morada, una hora por la mañana y otra por la tarde.

“¿A qué se parece la edad? A la subida por un bosque de montaña. Entre las tupidas coníferas penetra muy poca luz; solo puedo ver lo que me rodea, pero a medida que subo, se enralece, se abren claros, hay más luz. A esta edad de alturas del bosque, veo, a lo lejos, destellos del futuro, no el mío, el que será sin mí”.

Cuando era joven, en su Nápoles natal, se envejecía pronto y mal. Su padre ya era un anciano a los cuarenta años y él vio como los trabajadores que alcanzaban la jubilación morían prematuramente antes de poder disfrutar de un merecido descanso. Pero, precisamente, la razón de esas muertes era la inactividad, la abrupta transición del dispendio físico intenso a la inercia, que resultaba mortífera.

El cuerpo humano , “es máquina antigua y misteriosa”, en palabras del autor, necesita moverse, andar, también crear, añadiría yo mismo.

Envejecer puede ser como escalar cada mañana una montaña. También aprender, porque como nos dice de Luca, somos una rama de un árbol mayor. Cada vejez es diferente, por cierto.

La edad experimental es también un cortometraje que ha sido presentado a festivales. Allí se ve a de Luca escalando ágilmente su pared de piedra, caminando por la nieve y refugiado en su cabaña del bosque.

Recomendamos calurosamente este libro a quienes se encuentren a lomos del “tercer caballo”. No como una guía ni un manual de autoayuda, sino más bien como un estímulo para vivir la vejez con entusiasmo y armonía, también para quienes ya cabalguen en sus rocinantes más jóvenes y briosos. Puede que se miren en el espejo y avizoren el rostro que les ofrecerá el futuro y lo acepten con dignidad y tal vez, alegría.