Soy Marta y trabajo en el área de Planificación y Evaluación de Greenpeace. Mi trabajo transcurre principalmente de puertas para adentro, así que no suelo tener la oportunidad de escribiros directamente.
Esta vez no te hablo solo desde lo que me han contado otras personas, sino desde lo que he vivido de cerca. Yo vivo en uno de los muchos pueblos de la Marina Alta (Alicante) afectados por la DANA Adam, que ha dejado 7 personas fallecidas, miles de rescates, poblaciones confinadas e innumerables daños.
Así que te escribo desde lo que he visto en mi entorno y en las casas de personas a las que quiero. Y desde la sensación de que aquello que tantas veces hemos explicado y escuchado ya no es algo que les ocurre a otros, en otros lugares. Esta vez, nos ha pasado aquí.
Sabíamos que iba a llover. Habían declarado la alerta roja en el litoral sur de Valencia y norte de Alicante para domingo y lunes, así que todos estábamos pendientes del cielo. Durante aquellos días, las conversaciones acababan siempre de la misma manera: “Este fin de semana, encerrados en casa, ¿eh? Que dicen que va a llover mucho”.
Sábado 17 de octubre:
El primer aviso de ES-ALERT llegó el sábado, alrededor de las dos de la tarde. El cielo estaba algo nublado, pero no llovía.
En mi casa, cuando se trata de saber si va a llover o no, el experto es mi suegro. Agricultor de toda la vida, ha cumplido ya los ochenta y lleva a sus espaldas toda una vida observando la tierra, el cielo y sus señales. Es capaz de decirte no solo si va a llover, sino si va a llover “bien o mal”, como dice él.
Aquel sábado salió de casa convencido de que no llovería hasta el domingo. Y recuerdo que nos dijo: “Mañana toca quedarse en casa. Así que, si tenéis que hacer algo, dejadlo hecho hoy”. Mi pareja me comentó que solo recordaba haber visto a su padre agobiado por el tiempo dos veces: una fue con la DANA de Valencia y la otra, este fin de semana.
Domingo 18 de octubre:
Y llegó el domingo. Llovía un poco, pero nada que pareciera preocupante. La lluvia caía fina cuando sonó el segundo ES-ALERT, mismo mensaje que el día anterior. Pero, hacia el mediodía, todo cambió.
En muy poco tiempo cayeron entre doscientos y trescientos litros por metro cuadrado. El cielo descargó una cantidad de agua difícil de imaginar, de esas que hacen que las palabras que habíamos escuchado durante los días anteriores adquieran, de repente, otro significado. “Así es como llueve ahora”, comentábamos en casa. “Luego dicen que el cambio climático no existe. Esto es el cambio climático”, pensábamos mientras mirábamos la lluvia.
Por suerte, pensé, esta no es una zona inundable.
Esa noche, a las cinco y media de la madrugada, volvió a sonar ES-ALERT. El aviso despertó a toda la Marina Alta. El mismo mensaje, otra vez. Pero, para entonces, la planta baja de la casa de mi cuñado, en Oliva, ya estaba inundada. Mis amigos Nuria e Isra habían tenido que sacar a sus hijos de casa por una ventana porque el agua les llegaba a las rodillas.
Ellos sí viven en zonas inundables.
Y cuando llega una DANA y lo arrasa todo, no solo arrasa casas, muebles y recuerdos. Te arrasa la vida.
Hoy es miércoles y, mientras escribo estas líneas, la casa de mi cuñado sigue inundada. Toca esperar a que el agua encuentre su camino hacia el mar para poder empezar a reconstruir. Hoy también he estado en casa de mis amigos Nuria e Isra, viendo cómo sacaban toda una vida a la calle para que pudiera secarse.
Y como ellos, tantas otras familias.
Y entonces recuerdo las palabras de mi suegro “Es que el tiempo está loco y nos quiere hacer mal por todo lo que nosotros le hemos hecho”.
Mi suegro es un hombre sencillo, de campo. No necesita grandes palabras para explicar lo que ocurre. Pero en esa frase hay una sabiduría que a veces parece que nos empeñamos en ignorar: llevamos años hablando de lo que le estamos haciendo al planeta y de lo que eso puede significar para nuestras vidas. Ahora empezamos a comprenderlo de otra manera.
Los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez menos excepcionales. Y todo apunta a que tendremos que aprender a convivir con episodios cada vez más intensos y con sus consecuencias. Para prevenir los daños no basta con emitir un mensaje de alerta. Las alertas son necesarias, pero también lo es prepararse de verdad, adaptar el territorio y poner los medios para que las casas de las personas puedan seguir siendo lo que deberían ser siempre: lugares seguros.
Antes, el cambio climático era aquello que te explicaban en clase o que escuchabas de boca de los científicos. Después pasó a ser eso que veíamos en las pantallas, en las noticias, en imágenes de lugares que sentíamos lejanos.
Y ahora ya lo vemos por la ventana.
