No suelo ir al cine a ver películas de animación. Tampoco leo cómics o como suele etiquetarse novelas gráficas. Sin embargo, el estreno de Flow llamó mi atención y pensé en acompañar a mi nieta de cinco años, a la que como a todos los niños le chiflan los dibus”.
Flow, una producción dirigida por el animador letón Gints Zilbalodis, viene precedida por una cantidad impresionante de premios, entre los que destaca el Óscar de este año en su categoría, y tiene indudables méritos. Por un lado, su sencillez de medios (utilizaron un software gratuito) y la nula intención de antropomorfizar a los animales. Y por otra, su velado pero sugerente mensaje : una catástrofe medioambiental o un cataclismo provocado por la acción del hombre podría resultar en ese paisaje violento y desolado que a momentos nos sacude desde la pantalla. Un gato, un capibara, un ave , un lémur y una bandada de perros escapan a la catástrofe (una inundación universal) en una barca a la deriva. En su odisea a través de las aguas tormentosas arriban a ciudades semi sumergidas en las que no hay rastro de supervivientes humanos. En el trayecto, los animales se amenazan y parece que su obligada convivencia está condenada al fracaso, pero finalmente aprenden los unos de los otros y hasta se unen para sobrevivir en condiciones extremas.
No resulta tan fácil para el espectador soportar la velocidad y el movimiento oscilante de la cámara, que llega a provocar mareos. También cierta angustia ante el espectáculo de esa desolación en la que los animales, unos domésticos y otros salvajes, deben enfrentarse a la furia de los elementos y a la escasez de alimentos.
Salimos de la sala algo baqueteados, tal vez como si hubiéramos estado allí en ese cascarón de nuez durante los 80 minutos que dura la proyección. Pero aún más, con las imágenes de la devastación de esos paisajes que nos recuerdan inevitablemente a la potencia de la naturaleza y cómo a veces la ignoramos o desafiamos sin tener clara conciencia de ello. ¿Vamos, como civilización, a la deriva también? El mundo que ensuciamos y sobrepoblamos, la urbanización salvaje de los espacios naturales, los desechos industriales y la contaminación terminará inevitablemente, inexorablemente, pasándonos factura. Flow (en letón “straume”, que significa arroyo ) nos avisa sigilosamente en la figura de ese gato gris oscuro, protagonista de la historia. La corriente de agua que fluye cristalina y perezosa en el inicio puede convertirse de pronto en un tsunami. El ser humano es una especie que tal vez no deje huellas tras el apocalipsis que ha suscitado con su alocada carrera hacia ninguna parte, montado en las ruedas de Tesla, fascinado por la paquetería de Bezos y ensimismado en los cantos de sirena del trumpismo y el neofascismo galopante. Puede que los animales hereden lo que quede del planeta. Vamos a la deriva, que lo sepan.
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