Hay quien se cree inteligente y en realidad es un ejemplo perfecto del cuñadismo. Cuando no es un granuja de siete suelas. Y hay personas que no destacan demasiado por su intelecto brillante pero son buenas gentes, se esfuerzan y obtienen mejores resultados en sus metas y objetivos en la vida. Es lo que me confirma la lectura del último ensayo de Juan Antonio Marina, La vacuna contra la insensatez, tratado de inmunología mental (Ed. Ariel, 2025). El filósofo y pedagogo suma así a su larga trayectoria un compendio de buenas razones para realizar la crítica, es decir el análisis, de tanta manipulación mentirosa que abunda en las redes sociales y que a menudo proviene de las tuberías subterráneas por donde circulan las aguas tóxicas que emiten los poderes, es decir las instituciones: la religión, la política, la democracia también y por supuesto, la autocracia dominante en amplias zonas del planeta.
Marina detalla capítulo a capítulo cómo funcionan estas ingenierías de la distracción y nos recuerdan los experimentos del psicólogo estadounidense Skinner, que encerró en una caja a unas cobayas a las que incentivó para obtener golosos premios alimenticios. Las máquinas tragaperras se basan también en este mecanismo y lo mismo ocurre con las redes sociales, que ofertan likes y la posibilidad de escupir agresividad desde el anonimato.
Pero la cosa no queda aquí ni es tan sencilla. Nuestro cerebro, que es la sala de máquinas de nuestra capacidad cognitiva, tiene dos sistemas que gobiernan su funcionamiento. Uno es la inteligencia generadora y otra la ejecutiva, que vienen a ser, dice Marina como los trabajadores de una fábrica y los técnicos y directivos que aprovechan ese trabajo, lo diseñan, lo cocinan y dan luz verde a la obra que era antes un proyecto.
A lo largo de su desarrollo, el autor entrega las pautas para resistir a la manipulación y nos invita a pensar adecuadamente. Y nos deja algunas frases para el bronce, como que “la inteligencia no nos hace más sabios, solo más eficaces en lo que decidamos hacer”. Por lo tanto, la inteligencia no nos capacita per se para ejecutar decisiones sensatas. Una persona inteligente puede actuar de manera irracional, y cita casos como aquel Premio Nobel de Química que decía haber sido abducido por extraterrestres, también era negacionista con respecto al virus VIH, y el de un presidente de Estados Unidos que tenía un alto cociente intelectual pero tomaba decisiones desastrosas.
Sabemos perfectamente lo que está bien y lo que está mal, pero a menudo actuamos incoherentemente : “la estupidez es el divorcio entre lo que sabemos y lo que hacemos”.
Al igual que existen patógenos biológicos que atacan nuestro sistema inmunitario, existen patógenos mentales. Son “errores de razonamiento” que nos hacen dejar de pensar con claridad, nos desmotivan y nos hacen víctimas de la inercia. Nos dejamos llevar por lo fácil, por “lo viral”, sin analizar, verificar ni cuestionar nada.
El caldo de cultivo para estos microbios y virus, es el entorno tóxico de información al que estamos sometidos, que apela a nuestras emociones, a la pura irracionalidad.
Hay quienes se postulan como defensores acérrimos de una cierta libertad, que sobreponen a la moralidad y a la solidaridad. Abundan entre los apóstoles del liberalismo económico y la defensa a ultranza de la propiedad y el capital. Es lo que se denomina “libertad negativa”, porque no existe esa libertad egoísta, individualista, sino la que es dictada por la ética. No hay salud mental sin esta condición, afirma el autor, no hay bienestar ni paz social, o estabilidad emocional si no tratamos a los demás como es debido. Vivimos en un mundo interconectado y eso implica un compromiso. El filósofo propone una definición de la libertad como ”necesidad conocida”, y el comportamiento ético es “la creación más alta de la inteligencia humana”.
La verdadera inteligencia, en suma, es racional y se asimila a la bondad. Por eso, no hay tonto bueno, como dice un viejo refrán. Y hay muchos inteligentes estúpidos, a veces cargados de medallas y títulos. Más que fiarnos de un test “I.Q.” de 140 deberíamos observar la conducta de nuestros semejantes. Y no hay mejor manera de conocerla que mirar lo que han hecho en el pasado, que nos permite prever su futuro comportamiento, de manera infalible. Porque cambian las palabras, pero no los errores y los defectos morales. De allí que existan tantos “inteligentontos”, malvados, violadores, expertos eso sí en inteligencia financiera o en manipulación política. Pongamos que hablo del anciano autócrata de la gorra roja o de su antiguo adulador, el sudafricano fabricante de coches y naves espaciales.

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