Me imagino el siguiente diálogo entre dos adolescentes:
-“Mira, esa birra que se anuncia en la silla de esa terraza debe estar ke te kagas…
-Sí, tío, yo sé dónde conseguirla sin problemas.¡ Vamos!…”
Supongo que el gobierno de este país cree que evitando la publicidad de bebidas alcohólicas en mobiliarios urbanos y de hostelería contribuye a frenar la epidemia de alcoholismo que acecha a los jóvenes. Lo mismo pensaban en el Ayuntamiento de Granada en 2017, cuando de acuerdo con el Defensor del Pueblo Andaluz ordenó retirar estos anuncios de marquesinas de autobuses y mobiliario urbano. Los argumentos eran , entre otros, que la Ley General de Publicidad no desarrollaba en su totalidad el aspecto reglamentario y que su competencia quedaba en manos de las Comunidades Autónomas, que las habían desarrollado “en mayor o menor detalle”. En esa comunidad, la andaluza, no existía una limitación expresa de la publicidad exterior en la vía y espacios públicos, lo que en opinión del Defensor era contradictorio con el propósito de combatir el botellón, siendo que además se percibía un ingreso por dicha publicidad consintiendo una actividad si no ilícita “al menos inconveniente o lesiva para una educación en valores de las personas menores de edad”. Por lo tanto, según el Defensor del Pueblo, era necesario evitar “la aparición sin cortapisas de mensajes publicitarios que hacen asumir el consumo de bebidas alcohólicas como una rutina más del comportamiento de las personas , socializando su consumo”.
Esta última frase que revela un principio bastante lógico choca, sin embargo, con las costumbres y la cultura de un país que hace del alcohol -en su forma de productos vitivinícolas o de otras procedencias- un orgullo patrio. Recordemos las palabras del responsable de la CEOE acerca de los aranceles de Trump al vino español (“Ellos se lo pierden, nuestro vino es maravilloso”). El día en que en las fiestas populares (carnavales, fallas, hogueras, guateques de barrio, paellas universitarias, etc.) solo corran las gaseosas sin alcohol -no la taurina ni otras bebidas energizantes- y agua mineral, les daré la razón a los torquemadas del alcohol. También cuando esté prohibida la entrada de familias con menores en bares y restaurantes donde expenda alcohol. No hay fiesta de cumpleaños, aún en locales especializados, donde no haya un bar para los adultos.
La filósofa Margot Rot (Gijón, 1996) ha publicado un ensayo titulado “Infoxicación” , en el que analiza la cada vez más perversa relación que tenemos con las nuevas tecnologías digitales de la información, que provocan en nosotros una “infoxicación”, es decir una intoxicación por exceso de información, a menudo nada conveniente, a menudo peor que una borrachera. Y que más que resacas hace que nos convirtamos en cyborgs atados a una pantalla.
Es interesante citarla aquí cuando nos habla de la publicidad, no la de los muebles de terraza de bares ni los de marquesinas, siempre tan estáticos e insignificantes que ni siquiera motivan nuestro apetito o atención. ¿O me van a decir que una imagen o un logo de una botella de whisky o cerveza les hace agua la boca y por lo tanto corren a comprarla?
Dice Rot :
“La publicidad, sector que convierte toda imagen en imagen de consumo, se ha instalado en nuestros timelines, en los vídeos de nuestros youtubers favoritos. Nos asalta incluso cuando estamos consultando nuestros correos, se pega, cual parásito, a la huella que dejan nuestras búsquedas.” Otro estudioso de Internet, Juan Martín Prada, citado por la autora dice que “nuestro mundo es publicitario por esencia”. Vivimos, señala, en “la sociedad de la exposición”, expuestos a una sobreabundancia de imágenes. Esto es el sistema “semiocapitalista”, en el que nos resulta imposible de imaginar un mundo diferente. En realidad, resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de éste.
Creíamos que llegaría el día en que tras las revoluciones industriales del pasado los trabajadores del mundo serían liberados de la esclavitud de la máquina, que las jornadas cada vez más reducidas nos traerían mayores espacios de libertad y felicidad. Nada de eso. Como afirma Margot Rot, vivimos agotados y enfermos por estar eternamente conectados, con el trabajo, con la publicidad, con el mercado, la interacción. Y las imágenes terribles, sangrientas, de un mundo que no se detiene y donde todo “sucede” interminablemente.
Salud. Como decía Baudelaire. “Enivrez-vous. Enivrez vous san cesse! De vin, de poésie, de vertu, á votre guise”
Intoxicación

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