El cineasta soviético Andréi Tarkovski relató en La infancia de Iván (León de Oro en Venecia, 1962) las vida de un niño huérfano de la II Guerra Mundial que se convierte en un explorador del ejército y partisano  para vengar la muerte de su madre a manos de los nazis. Cuando cae Alemania y las tropas soviéticas entran en el búnker de Hitler,  un soldado que lo reconoce en la ficha de los ejecutados, se pregunta si ésta “será la última guerra en la tierra”. Evidentemente, no la ha sido y todo hace pensar que como dejó dicho Leonard Cohen en Anthem las guerras volverán a ocurrir.

“Occidente”

La comenzada el 28 de febrero pasado,  unilateralmente por Estados Unidos e Israel, guarda similitudes con las dos  del Gofo, (la de Irak, iniciada hace ya 23 años y que se prolongó por casi nueve años).  Tanto por sus  oscuras motivaciones como por su desarrollo, aún más con la segunda (2 de agosto de 1990-28 de febrero de 1991).

El filósofo Ernst  Tugendhat (1930-2023), judío alemán, y destacado activista por la paz mundial escribió en 1991 un artículo titulado “La guerra del Golfo, Alemania e Israel).

El filósofo distingue entre los fundamentos “aparentes” y “reales” en la guerra. Y afirma que es “falso por completo” que esta guerra sea  el llamado “principio del Derecho Internacional”. Y agrega:

“1.Aun cuando una guerra esté en sí misma bien fundada, solo estará justificada si se ha agotado todos los medios no bélicos posibles para evitar el mal.

2. En la previsión de los males que la propia guerra conlleva éstos no deben encontrarse en una proporción desmesurada con respecto a la del mal que ha de ser evitado mediante la guerra”. Y concluye que “los dos principios han sido claramente infringidos en el caso que nos ocupa”. La guerra no debía haber comenzado y si fue inevitable es porque “los norteamericanos anticipándose a la guerra, reunieron una fuerza militar a la que no podían retirar sin más razón”, dice Tugendhat. Como todos los filósofos cuyo humanismo es indiscutible, su pronóstico es también certero y a 35 años de estas líneas proféticas, advierte lo siguiente:

“Es importante observar que esta guerra avanza cada vez más hacia una contienda ente el opresivo y estéril mundo industrial, que se hace llamar a sí mismo “Occidente”, y el vital y humillado mundo del Islam, de gran riqueza petrolífera y pobre industrialización, poseedor de una gran tradición humanista y de un potencial de ilustración semejante al de Occidente. Es importante señalar cómo en la ligereza con que Occidente lleva a cabo esta guerra se entremezclan claros elementos racistas. Europa estuvo allí donde fueron acometidas las guerras más espantosas, deshumanizadoras y criminales de este siglo. Sin embargo, el potencial de arrogancia que posee un europeo o un norteamericano, es como resulta evidente, inagotable . Ningún Vietnam, ningún Auschwitz ha generado conocimiento, sino tan solo monumentos para el recuerdo”.

Un “indicio de esta conducta” señala el filósofo es que las bajas o “pérdidas propias deben ser mantenidas en el número tan bajo como sea posible”. Las de los demás no cuentan. No todos los hombres son iguales para Europa o Estados Unidos. “Se actúa así por razones de política interior”, responderán : “ Desde luego, más no por ello deja de ser significativa esas actitud para el sufrimiento que los norteamericanos han acarreado hasta ahora a Latinoamérica, Vietnam, etc., el mismo sufrimiento del que revestirán al mundo de ahora en adelante”.

Estados Unidos tiene dos caras, hacia adentro su política interior de tinte democrático, respetuosa de derechos. Hacia fuera la Ley del Lejano Oeste con el objetivo manifiesto de implantar un nuevo orden mundial a su voluntad.

Pleonexia

Podría ser, como pensaba Freud, que la fascinación por la guerra es inherente al ser humano, como le confiaba a Einstein, pacifista convencido, que le consultó sobre la forma de evitarla. La guerra sería, pues, una recaída en un status naturae, o como diría Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”. Con la salvedad que este calumniado cánido no se come a sus semejantes.

El ser humano vive en sociedad, ciertamente, lo que implica que debe renunciar a su naturaleza salvaje. Sin embargo, existe otro factor, el que Tugendhat llama “futbolístico”: “Muchos de nosotros  no nos concebimos como hombres sino como miembros de una determinada colectividad, como valencianos o berlineses, españoles o alemanes”. Tales identificaciones a veces nos sitúan frente a otras colectividades de una manera nada pacífica tan solo bajo el aspecto de superioridad o inferioridad. La autoestima nacional aumenta cuando el equipo representativo vence a de los otros, o el ejército en la guerra. La identidad debería entenderse de un modo diferente, dice el filósofo judío, que debió sufrir la persecución nazi en su tiempo. La raíz del mal anida en las injusticias provocadas por la estructura de la sociedad, que hace que estemos dominados por resentimientos y el peso de sentimientos de inferioridad. No solo eso, por supuesto, sino que es preciso analizar la ideología que sustenta el fundamento, supuestamente “ético”, por el cual entra en guerra un Estado contra otro. Porque “no son creyentes”, ergo son malos. En siglos pasados el fundamento no tenía que ser moral sino de intereses colectivos, pero en la actualidad estos se identifican a menudo con los de los grupos de poder, la poderosa industria armamentística por ejemplo, y por supuesto, la clase dirigente.

Tenemos al frente del orden mundial un líder aquejado de lo que Platón llamaba “pleonexia” (el deseo de tener cada vez más, más que antes y más que los demás). Una persona dominada por este sentimiento es injusta, afirma Tugendhat, “y eso es lo que impulsa a todas las personas situadas en el poder, cuando en ciertas circunstancias persiguen lanzarse a una guerra” (“El problema de la paz, hoy”, conferencia pronunciada en Valencia el 30 de abril de 1991).

Decía un ínclito columnista de El Mundo, experto en sofismas, que decir “no a la guerra” es tan vacuo e inútil como decir “no al cáncer”. Y se burlaba de lo que él cree que es un eslogan “sanchista”. Decir no a la guerra es afirmar que la problemática de la paz no es solo una cuestión de supervivencia, sino un deber moral. Pero de eso no andan sobrados los que lo niegan y azuzan el ardor guerrero.