“¿No lo entiendes? Estoy follando con mi película”. Peter Biskind, periodista especializado en cine, que narra en “Moteros tranquilos, toros salvajes” (Anagrama, 2004) las peripecias de la generación de cineastas que cambió Hollywood, cuenta esta anécdota de Steven Spielberg en los años en que empezaba su relación con la actriz Amy Irving, para quien no tenía tiempo debido a su dedicación absoluta al cine.
“Los Fabelman”, película con la que el director americano optó a los Óscar de esta edición (se fue de vacío) cuenta la historia de un joven judío que convierte su afición infantil por el arte en su profesión, pese a las regañinas paternas y a los obstáculos que encuentra en su camino. Mezcla de autobiografía fílmica o falso biopic, en ella Spielberg realiza su trabajo más cercano a lo que siempre quiso ser, un cineasta que pretendía ser tomado en serio a pesar de hacer cine de entretenimiento.

COINCIDENCIAS BIOGRAFICAS
En Los Fabelman, el protagonista es hijo de un ingeniero electrónico y de una concertista de piano frustrada. También hay tres hermanas. Exactamente igual como en la realidad, pues el padre de Spielberg, Arnold, estaba empleado como ingeniero en la RCA, su madre era pianista aunque ejercía solamente de ama de casa y esposa y el niño Steven era tosco y algo torpe . El mismo Spielberg recuerda esos años como sus “años debiluchos”, porque era un chico raro, esmirriado y con acné, con el pelo muy corto y orejas de soplillo. Su carácter tímido y reservado lo apartaba del resto de  los compañeros, además era el único muchacho judío. Algo que él, lo mismo que su madre intentaba ocultar. Su mayor aspiración era ser “normal”, algo que parecía difícil en esa familia algo bohemia. Por eso, se sentía inseguro y padecía fobias a los ascensores, a las montañas rusas, a los aviones y si alguien le miraba de reojo le sangraba la nariz. Steven Spielberg parecía destinado a identificarse con sus personajes, el extraterrestre E.T. o los de Encuentros en la tercera fase. Los “terrícolas” eran los americanos medios, los blancos anglosajones que habitaban las ciudades donde se desarrolló su infancia y adolescencia, Phoenix o California. En Los Fabelman, los compañeros del colegio parecen hijos del Ku Klux Klan.
El padre vivía enfrascado en su trabajo y por lo general estaba ausente. Mantenía frecuentes discusiones con Steven por su bajo rendimiento en los estudios, el chico detestaba los libros y solo se concentraba en la televisión. Su gran pasión era el cine y ya hacía sus pinitos con una cámara Super 8, con la que filmaba películas de ciencia ficción y  bélicas con sus compañeros de clase como actores y utilizando ingeniosos efectos especiales con los escasos medios a su alcance.
Todo esto se ve en Los Fabelman, donde los comienzos como cineasta de Spielberg se ven mezclados con el drama familiar, a causa de la infidelidad de su madre y posterior divorcio de sus padres.
Siendo ya mayor y con edad para el reclutamiento, se vio constreñido a escoger entre Vietnam y la Universidad. Más tarde, en 1968, consiguió 10 mil dólares para hacer una peliculita de 35 mm, Amblin, la historia de unos autoestopistas que se enamoran y luego se separan. Un jefazo de una productora de televisión la vio y le ofreció un contrato por siete años, que no pudo rechazar. Siguió haciendo pequeños trabajos aunque con malas críticas que lo convirtieron en una especie de paria hollywoodense al que no ofrecían gran cosa. El diván del  psiquiatra lo salvó de ir a la guerra y Spielberg pudo dedicarse a rodar series televisivas, algunas de ellas bastante conocidas , como Colombo. En los ambientes del cine de ese tiempo se le miraba con desconfianza por ser demasiado joven, pero él ya era un tornillo más en la máquina de hacer cine. Mientras otros de su generación , imbuidos por la conmoción política de la época, Scorsese o Coppola, hacían cine de autor, Spielberg estaba metido dentro del sistema y en su trabajo había una sensibilidad conservadora. Sus aspiraciones consistían en comprarse un coche deportivo y gafas de aviador, que combinaba con un atuendo llamativo.
El salto a la notoriedad lo dio con su famosa película El diablo sobre ruedas, que fue estrenada en Europa y Japón, en 1971. Más tarde, rodó Loca Evasión y fue abriéndose camino en un ambiente cerrado en el que predominaba ya el cine de autor y todos los de la nueva camada aspiraban a ser como los cineastas franceses. Spielberg era un apasionado del cine, pero no se contagió del espíritu rebelde de Coppola o Scorsese, le interesaba más la propia industria cinematográfica, las recaudaciones y nunca se consideró un auténtico cineasta. Tampoco se drogaba y su vida se regía por una dorada medianía, aunque se interesaba mucho por conocer la cultura del momento. Deseaba ser moderno,  saber cómo pensaba la gente y para eso se leía toda la prensa.
En su vida privada también era un caso aparte. Mientras los directores de Hollywood hacían gala de sus historias amorosas, él tenía poca experiencia con las mujeres.
El gran salto a la fama y que convirtió a Spielberg en lo que más tarde sería, pese a todo lo anterior, en uno de los gigantes del cine americano y mundial, sería Tiburón. Una película que cambió la forma de hacer cine y marcó toda una época.
El resto de la historia y los avatares por los que pasó para convertirse en inmensamente rico y famoso están en el libro antes citado, de Biskind, que recomiendo a todos los cinéfilos.
Falta por ver si, tras el fracaso de Los Fabelman en el certamen rey del cine , el gran director americano rodará una segunda parte de su biografía. Seria, sin duda, la más interesante, mucho más que esta , a momentos, edulcorada y autoindulgente mirada hacia su pasado. El autorretrato de un artista adolescente, lleno de dudas y de resentimiento hacia una sociedad que lo rechazó y a una familia que no siempre estuvo de su lado.