Había sido internada en el hospital psiquiátrico de Fontcalent, muy cerca de Alicante. La mujer de mediana edad, con apariencia envejecida y desgastada, cubierta con una bata de color azul grisáceo, estaba sentada en una silla, frente a un pequeño ventanuco de su celda. Sus ojos parecían mirar a los barrotes horizontales de hierro, que aún mantenían el olor a recién pintado. Permanecía ajena a todo, rodeada de hormigón y miedo, mientras sus labios repetían una y otra vez aquella insistente letanía: “En otro lado, en otro tiempo, en otro tiempo, en otro lado…”
Su mente solía volar lejos, muy lejos de su cuerpo. Recordaba la mirada de un amante, el sonido de los hijos, el olor elegante de los campos, las mañanas de domingo, el color del cielo con sus nubes de esparto, el ritmo callado de los vientos, cumpleaños nunca celebrados, primaveras que no fueron…
Todo lo recreaba en sus visiones, como el pasajero de un tren ve pasar a través del cristal, el paisaje cambiante del exterior.
Era tan real su sueño, que casi podía alargar los dedos y tocarlo; tan firme su deseo, de viajar más allá de aquel momento; que su corazón sentía, lo que sienten los vivos, cuando aún no están muertos por dentro.
Por eso, a pesar de todo, esbozaba entre lágrimas, una macabra mueca de esperanza, y sonreía, extrañamente ilusionada.
Mientras tanto un perro ladraba a su reflejo, quizás esa fue la chispa que despertó el milagro, y en la otra cara del monte, que nunca fue volcán, en un pequeño pueblo con sus caminos de tierra, que servían de autopistas para las bicicletas, con sus casas de amplios terrenos y piscinas compartidas, con frutales y sauces llorones, caracoles y sueños fugaces; justo en esa ladera de la montaña que separa el sanatorio de aquella población, un niño jugaba feliz, tumbado en una rampa de cemento, en la entrada de su casa, con los coches de juguete que nunca pudo recoger del todo, sin saber que aquel día, su ilusión y su niñez, se escapaban entre los huecos de la blanca celosía de una pared.
Miró por uno de esos resquicios, como había hecho tantos otros dias, acercando un ojo a la abertura. De ese modo vio pasar a una mujer corriendo descalza, con bata azul y el pelo suelto, danzando y corriendo, con el rostro lleno de tierra, y la mirada perdida, susurrando una vez más la misma frase repetida, su ecolalia eterna, como una queja
desoída, como un conjuro ante el vacío: “En otro lado, en otro tiempo, en otro tiempo, en otro lado…”
Aquel niño, solo la vio durante un segundo, se frotó los ojos, y al volver a abrirlos ya no estaba. Fue como ver un espejismo, como observar un destello proveniente de otro mundo. No comprendió que solo se trataba de una ilusión transfigurada, hecha materia de forma temporal, que aquel día atravesó de parte a parte la montaña, buscando una realidad, que entre las rendijas de sus visiones, para siempre se le escapaba a una reclusa fugitiva, huyendo libre y desatada.
¿Pueden los sueños convertirse en realidad, a fuerza de soñarlos?
Alicante, 1985. El Rebolledo
El niño y la mujer, separados por el monte de Fontcalent, el cual aún se alza orgulloso, custodiando en su subsuelo, lo poco que queda del agua de su antigua fuente termal, herida por el paso de los hombres.
Lo contemplé mil veces, como quien mira absorto a los ojos de un gigante. Ocaña, 2026. Aún arrastro el hueco de su ausencia en la mirada.

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