Tan breve como ese tiempo que dedicamos a pronunciar cuatro palabras, cuatro simples palabras, que pudieran ser, por ejemplo, «la bodega de Manolo», o «cámbiame estos cinco duros»; tan breve como estornudar, como sacudir un trapo en el patio, como anudar los cordones de un zapato lustroso. Así pasa la vida, tan rápida, tan efímera, tan vista y no vista. Breve como ese tiempo escaso que dedicamos a dar un sorbo al café, como sacudir una migaja de pan en la mesa, como correr una cortina por no ver la cara cetrina del vecino. Así pasa, y se le queda a uno semblante de aturdido, de memo, de estúpido sobresaliente. Y poco entiende esta prisa de dolores o de alegrías, poco va con ella, con la prisa de la vida, que a uno le funcione el negocio y que a otro se le descomponga en mil pedazos la salud. A esta premura existencial, a este correr de mil demonios lo mismo se le da un guapo que una fea, lo mismo le importa una guapa que un imbécil. Lo mismo se le da. Arrastra con todos río abajo, los muele a golpes calle abajo, sin indulgencia, con mala baba; los quita y los pone, los cría, los revuelve y los entierra. Así funciona esta vida fugaz.
Tiene uno hoy veinte años, veinte radiantes años, y respira hondamente junto a la ventana abierta, con exultante alegría, con ojos vivos, entusiasmado, impaciente en su ansia de volar: se va a comer el mundo en tres bocados. Y mañana, de sopetón, sin previo aviso, este mismo sujeto cumple de pronto cincuenta años, y sí, se ha comido en tres bocados… Pero describir aquí lo que se ha comido resultaría harto grosero. Se le ha gastado la vida en un miserable suspiro. En un milagroso y traidor parpadeo. No sabe ni por dónde le han venido los tiros. Cuando se sienta a meditar, en esa silla coja y deslucida de la cocina, cuando trata de encadenar los sucesos, cuando se empeña en atar los cabos, es decir, en trazar retrospectivamente en el papel un caminito coherente de miguitas de pan desde su juventud a su repentina madurez, el lapicero mental se le quiebra con espantoso crujido, y también el alma, su alma de cincuenta años, con similar crujido.
Hay como una singular niebla en la que no se logra apreciar con nitidez recuerdo alguno. Todo se mezcla agónicamente en esa condenada bruma del diablo: la novia del instituto, su primera motocicleta, el hueso roto, el balonazo en la cara, la borrachera, el parte del seguro, la factura del veterinario, su divorcio, la mudanza… Y entre todo este revoltijo de la memoria, en mitad de este caos indistinguible, asomando penosamente como triste náufrago, como muñeco roto arrumbado en un rincón polvoriento: su propósito en la vida, su sueño de juventud, su precioso ideal, eso que se iba a comer en tres bocados. Ay, la vida efímera. Ay, los años perdidos e irrecuperables. Ay, el lumbago y la rodilla.
La vida efímera

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