El hombre que me atiende en la caja de ese supermercado es de una edad más que media, tal vez rayando la cincuentena o más. No es extraño encontrarse personal de esa franja en la cadena, por algo será. A esas edades es cada vez más difícil encontrar un empleo, que aunque precario, obliga a someterse a toda clase de imposiciones.
Taylorismo
A finales del siglo XIX, Frederic W. Taylor ideó un sistema de organización laboral basado en una administración “científica”. Buscaba maximizar la producción por medio de pasos que mejoraban la eficiencia en las tareas industriales. Pero ello significaba una alienación perversa para los trabajadores, que se veían sometidos a labores repetitivas y altamente especializadas. También establecía una división tajante entre los cerebros que dirigían la empresa y los obreros que ejecutaban sus planes. Como zanahoria al extremo del palo, éstos recibían incentivos como “premio” a su productividad a marchas forzadas. Este método de explotación se conoció como “taylorismo” y sigue teniendo influencia en otros actuales. Por ejemplo, en el modelo Wal Mart, el mayor gigante de la distribución a nivel mundial y la segunda empresa con más beneficios en los Estados Unidos. Se ha convertido en el paradigma del sector moderno de la distribución, con sus secuelas de bajos salarios, alto índice de accidentes laborales y políticas anti sindicales. Por supuesto, también aplican la estrategia del incentivo (bonus) como premio a los trabajadores que logren unos objetivos inalcanzables en la práctica, pero que crean la ilusión de que el responsable de sus bajos salarios sean esos trabajadores. No hay ascensos, las tareas son simples y repetitivas. Pero si cometen un leve error pagarán las consecuencias. Sé de un trabajador que se desempeñaba en la cadena de envíos de la cadena que en España ha copiado el modelo Wal Mart, que por una equivocación fue enviado a la sección de congelados, que es como un exilio siberiano en tiempos del zar o de Stalin.
El gran negocio
El cajero de una sucursal de ese supermercado del que hablaba al comienzo me saluda con una cortesía exquisita, exagerada. Entonces recuerdo que para ellos yo soy “El Jefe”, según cuenta en el decálogo que les han impuesto al entrar a la empresa. La corrección en el vestuario y el aspecto es también muy importante. Se ha de llevar el pelo recogido en el caso de las mujeres y no viene mal un ligero toque de maquillaje. Le pregunto a mi cajero si es verdad que ahora tiene más vacaciones y me dice que sí, con entusiasmo. Le agradezco que me desee un buen día y le digo que es meritorio a un ascenso por su cortesía. Algo improbable, por cierto.
La idea del Gran Jefe (el propietario, no yo) es que sus trabajadores sean tan productivos como los americanos de Wal Mart o como los chinos. El trabajo rutinario para este empresario de éxito debe ocupar el 95% de la jornada laboral. Lo ha expresado con claridad, preocupado por el absentismo: “En España, hay más de un millón de personas que no han ido a trabajar pudiendo”. Eso no debe ocurrir en su negocio. Tampoco si el trabajador está enfermo, porque nada más entrar ya les leen la cartilla: “Tener una enfermedad no siempre tiene que implicar la baja”. Si alguien se atreve, sabe a lo que se expone, según relata la periodista Esther Vivas en un artículo publicado en Público (07/03/2016) :
“Las denuncias a Mercadona por malas prácticas y abusos laborales son múltiples. Despidos improcedentes, política antisindical, presión extrema sobre la plantilla, dificultades para obtener la baja por enfermedad, acoso laboral, expedientes disciplinarios son solo algunas de las denuncias que han realizado sus empleados. En 2015, la empresa fue condenada como responsable civil subsidiaria por el acoso sexual sufrido por dos empleadas en un centro de Valencia”.
Sindicatos como CNT y Comisiones Obreras han denunciado como las presiones contra los trabajadores han resultado en graves riesgos para la salud. También las amenazas de despido disciplinario, con el fin de evitar indemnizaciones. Se consideran infracciones a su método de Calidad Total una botella mal colocada, no sonreír a un cliente, golpear una puerta o retrasos de cinco minutos.
Por supuesto, es pecado mortal criticar a la empresa. Lo pone el contrato, que exige pagar el triple de lo acordado para la indemnización.
Es verdad, dirán algunos, que en otras cadenas, las extranjeras de capital francés o alemán, como Aldi (donde hago la compra a diario por proximidad y ofertas diarias) los trabajadores tienen peores condiciones que en la nacional del empresario valenciano. Sé, porque ellos mismos me lo han contado, que en Aldi deben hacer todo, hasta limpiar los aseos de los clientes.
Mercadona es ya un gigante que posee enormes naves de almacenamiento, miles de empleados en su logística y ahora incursiona en nuevos tipos de negocio, el on line y también el de establecimientos dedicados a la comida preparada, que se consume actualmente en “comederos” instalados en sus centros. Hasta allí, por un módico precio que compite con los de la pequeña hostelería, llegan a alimentarse jubilados, trabajadores de la construcción , operarios de telefonía, etc.
La distribución moderna, con su uso desmesurado de embalajes y plásticos (eso daría para otro artículo), sus problemas de productividad abusiva en el trabajo y lo que se ha dado en llamar “neoliberalismo alimentario” que propicia la pérdida de biodiversidad agrícola por la consolidación global de un “negocio de la comida” oligopolizado por un puñado de firmas que deslocalizan, ensamblan y empaquetan y venden sin ningún principio o norma ética, lo ha analizado la investigadora y periodista Nazaret Castro en La dictadura de los supermercados, publicado por Akal en 2017, y de la que extraigo parte de estos argumentos. Allí se describe la forma en que gigantes del negocio de la comida han conformado sus imperios para enriquecerse con una alimentación que nos enferma y destruye el medio ambiente.
Nazaret Castro concluye en este ensayo, muy recomendable, que “otros mundos posibles ya existen” y que “vencer el fatalismo impuesto por el neoliberalismo es el paso necesario para hacer una revolución que ya no reside en la toma del poder, sinos en la descolonización de las subjetividades”. Para ello, nos dice, es preciso cambiar los pasillos de estos templos del consumo doméstico, verdaderas sectas con sus trabajadores, por el grupo de consumo y el mercado social. Es decir, propiciar un consumo local, volver al granel y a los envases retornables, dejar de usar y tirar para volver a la cultura del remiendo.

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