El filósofo de moda, el surcoreano residente en Alemania Byung Chul Han es autor de un ensayo titulado Sobre Dios (Pensar con Simone Weil). Desde la misma portada en la edición española (Paidós, 2025) se aprecia la intención de destacar la figura de Byung, pues su nombre completo figura en caracteres más grandes que el título (Über gott, en el original). Al parecer, es una operación de marketing que se repite en otras ediciones en que las letras de su nombre aparecen en color rojo y los títulos en negro.

Anticapitalista

Fruslerías aparte, el mensaje que nos endilga el surcoreano es recurrente: critica el sistema capitalista y a la sociedad del trabajo, que provoca cansancio, pero desde una perspectiva apolítica. En esto se diferencia de otros pensadores en boga como el israelí Harari que lo hace desde su querencia por la democracia liberal. Pero sobre esto volveremos en otra ocasión, cuando hinquemos bien el diente sobre su mamotreto Nexus, que analiza la información desde la Edad de Piedra hasta la IA, nada menos.

Dice Byung que “el capitalismo lo somete todo al consumo y a la producción”, ninguna novedad, por cierto. Pero como de religión y espiritualidad trata el libro en cuestión, añade que “la religión y el capitalismo vuelven a entablar una estrecha relación entre sí, como ocurrió antaño con el protestantismo, que se puso al servicio del capital, haciendo que la salvación dependiera de aspectos económicos”.  Actualmente, las comunidades evangélicas siguen recaudando entre sus fieles a golpe de datáfono en sus encuentros multitudinarios, por lo que esa práctica sigue vigente. Pero él se refiere a la práctica del mindfulness, “una técnica que según él reduce la espiritualidad hasta convertirla en una técnica para aumentar el rendimiento y la producción”.

Pero donde está el meollo de su pensamiento relatado en este opúsculo de breves páginas (135) es en el diálogo que desde espacios físicos y temporales distantes nos ofrece con la filósofa francesa Simone Weil  (1909-1943), activa defensora de las libertades que la llevó a combatir en la columna Durruti en España y a vivir de su trabajo de obrera en fábricas,  y cuyo compromiso se extendió a aspectos sociales y religiosos. Ella pensaba que más allá de la producción y el consumo existe una trascendencia que puede sacarnos de una vida desprovista de sentido . Byung  coincide con Weil y piensa que el abandono de la religión y su crisis obedece a razones estructurales, de las que no somos conscientes. “No es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”. Ignorar a Dios es un problema de falta de atención, es decir, uno de los males de nuestro tiempo. “La percepción-nos dice-se ha vuelto voraz, carente de toda dimensión contemplativa”.

Aquí es donde , a mi juicio, reside la esencia de ese misticismo que reivindica este filósofo y sospecho que en esta concepción de Dios y el Universo, que ha expresado en otras obras, existe un trasfondo cultural propio de su origen asiático. El Dios de Byung  , como su concepción de la naturaleza, tienen un aire de familia con el budismo zen. Así, aboga por la inacción, detenerse en “la mirada”, vaciarse de un yo que solo quiere “comer”:

“La percepción prácticamente se ceba con basura: basura de información, basura de sonidos y visiones. Nos estamos convirtiendo en ganado consumidor. La percepción  se guía cada vez en mayor medida por los estímulos y la adicción. Puesto que solo se centra en comer, no puede mirar”.

En esta crisis de atención, afirma “tragamos todo” y “solo el alma que ayuna puede contemplar”.

En esa contemplación de la divinidad el ser debe vaciarse, desprenderse de sí mismo y de deseos espurios, hay que convertirse  en nadie. A mí esto me suena a meditación zen. Pero también a una concepción platónica, que suscribe Weil, que asimila la belleza a fenómenos místicos.

La crítica a la tecnología está también presente, se pone en la diana la digitalización que promete todo al instante, disponible, calculable y consumible. El smartphone es “una máquina digital de adicción”, lo mismo que los buscadores, que “avivan la sed de caza”. Todo lo contrario de una actitud espiritual, que precisa de paciencia y espera. La oración más hermosa es la que carece de deseos (“una escucha del silencio divino”). La IA “carece de espíritu” y solamente es útil  para tareas serviles y pensar es algo más que resolver problemas.

Otras consideraciones del filósofo remiten a su concepto del Mal, al que califica “como un virus” que es “invasivo”. El Bien “une y reconcilia, el Mal divide, disgrega”. Podría definirse también como “no acción o acción inoperante”. El Zen, de nuevo.

La búsqueda de Dios ha preocupado desde tiempos antiguos a los filósofos desde la Antigüedad. Blaise Pascal pensaba que en la duda era preferible creer, como si el ejercicio de la fe pudiera ser voluntario. Kafka, citado en la obra de Byung, señaló que “quien busca no encuentra, pero quien no busca es encontrado”. Sabias palabras, habrá que esperar entonces, ya que según esto es Dios quien busca al ser humano.

Entretanto, convendría comportarse como los justos, ver el bien, “mirar al otro con al alma vacía de contenido propio”, como apunta aquí el pensador surcoreano, que se apoya en Weil para confirmar que, como decía ella “el amor es la mirada del alma”.