Hervé Le Tellier (París, 1957), escritor y crítico literario, militante de izquierdas, estaba buscando una casa “natal”, o sea, una casa de pueblo con cierta solera o estilo tradicional. La encontró en el sur, en un villorrio de la Francia rural llamado La Paillette. La casita pertenecía a una alfarera alemana que por razones de edad decidió venderla al escritor. Pero antes de marcharse retiró unas placas de cerámica de la fachada y así fue como el nuevo propietario descubrió un nombre grabado toscamente con un punzón el muro: André Chaix.
Un nombre, un personaje.
La pandemia sorprendió al escritor confinado en el pueblo y un día descubrió en una placita a pocos metros de su casa un monumento a los caídos en la guerra (“por la patria”). Allí figuraba el nombre de Chaix y las fechas de su nacimiento (mayo de 1924-agosto de 1944). Había sido un resistente, muerto en plena juventud, como tantos.
Su instinto certero de narrador vio una historia novelesca, sin embargo no quiso hacer una novela, lo habría considerado un artificio inadecuado. En una ficción, aunque tenga un trasfondo real es necesario inventar y Le Tellier no quiso hacer eso. Prefirió investigar, viajando a una época desconocida para él. Pero que de alguna manera determinó quién es ahora.
El resultado no es una obra histórica, porque el autor no es un profesional de la disciplina, ni tampoco un ensayo sobre la Resistencia y la guerra en Francia. Fotografías, objetos y documentos que pertenecieron a André Chaix le llegaron casi por casualidad y con ellos Le Tellier arma un testimonio respetuoso con la memoria del joven guerrillero, al que admira y termina queriendo como a un hijo o un amigo, tal vez un camarada.
La guerra que dividió al mundo en aquellos años fue igualmente cruenta en un país como Francia, ocupada con la colaboración de estamentos institucionales, militares, gentes del pueblo, intelectuales y artistas. Pero toparon con antiguos combatientes de la guerra civil española, partisanos italianos y con una generación de jóvenes valientes que se rebelaron contra los invasores alemanes y su ideología racista y totalitaria.
Le Tellier recopila en “El nombre en el muro”, este libro dedicado a la memoria de uno de esos jóvenes y heroicos combatientes, la información a menudo sepultada intencionadamente que remite a la historia de esa resistencia civil. Y nos recuerda que muchos de los colaboracionistas franceses siguieron impunes y hasta llegaron a formar en las huestes de Le Pen .
Afortunadamente, muchos de los antiguos combatientes antifascistas del maquis sobrevivieron pese a las torturas y penalidades sin cuento a las que fueron sometidos en los campos de concentración y las cárceles nazis. Y pudieron contarle al autor esas atrocidades. “El nazismo consiguió catalizar en algunos especímenes humanos una extraordinaria capacidad para volverse inhumanos”, nos dice Le Tellier, que cita a Hannah Arendt : “Los hombres normales no saben que todo es posible”. Cuando Hitler llegó al poder demostró eso. Y aún más, que los fascismos avanzan más rápido que cualquier democracia. “Apenas nueve semanas separan el ascenso a la cancillería de Hitler de la dictadura y de las primeras medidas antisemitas” (Página 73, Op .Cit.).
Antropófagos
En la Francia ocupada, el mariscal Pétain envió adecenas de miles de judíos al matadero nazi. La policía francesa colaboró activamente en la persecución y captura. Intelectuales franceses como Ferdinand Céline o Brasillach se sumaron al carro de los vencedores y escupieron su furor racista sin reparos morales: “Chusma piojosa”, “fariseos hijos de puta”, “cerdos judíos”, etc.
El autor advierte: “hay que tomarse en serio a los nazis”. Ojo con los fascistas y los que perpetúan sus ideologías y obsesiones. “Ideas así no se debaten, se combaten. Si la democracia es una conversación entre gente civilizada, la tolerancia termina cuando se topa con el intolerante. Quien siembra el odio no merece el beneficio de la discusión. Quien aboga por la desigualdad entre los hombres no se merece ser tratado como un igual en el intercambio de opiniones. Hago mía la frase lapidaria del historiador y resistente Jean-Pierre Vernant”: “No se habla de recetas de cocina con antropófagos” (Pág. 86).
Algunos experimentos que se citan en el libro son reveladores de la naturaleza humana y su tendencia a transformarse en inhumana. Un profesor estadounidense, Ron Jones, realizó entre sus alumnos de instituto un simulacro de organización fascista. Sin que los advirtieran, los chicos se dejaron manipular con ejercicios supuestamente didácticos con lemas como “la disciplina hace la fuerza”, “la comunidad hace la fuerza” y adoptaron un saludo sospechosamente parecido al de las huestes hitlerianas. Son “La Tercera Ola”, una especie de club para superhombres. El profesor acaba diciéndoles que habrían sido unos nazis ejemplares y les proyecta una película sobre el Tercer Reich. Y concluye: “Como a los alemanes, os costará admitir que habéis ido demasiado lejos”.
Aparte de este experimento ha habido muchos otros con similares resultados que demuestran que somos estirpe de simios, conformistas y miméticos, animales sociales maleables y vulnerables, fáciles de manipular para sacar a la luz nuestros peores instintos. “El individuo, espontáneamente altruista cuando mantiene un vínculo con otro, se vuelve indiferente cuando hacemos de ese otro un ser inferior”.
Hervé Le Tellier se pregunta si somos por naturaleza fascistas y si tenemos en el ADN la propensión a abdicar ante la autoridad y presión del colectivo. Y agrega una especie de fórmula, que toma de Malraux en La esperanza, cuando Manuel, un comunista dialoga con Alba, un viejo fascista que se ha unido al bando republicano español. “Los fascistas , en el fondo, siempre creen en la raza del que manda”. Y añade que “un hombre activo y pesimista a la vez es o será un fascista, excepto si arrastra alguna fidelidad”. Para Le Tellier, esa fidelidad consiste en no ceder a la idea de la inferioridad del otro. Por lo que habría que sonreír al mendigo cada vez que nos dirige la palabra, por ejemplo.
Hay muchas y variadas razones para leer este pequeño gran libro de menos de 200 páginas. Una es que la epopeya del maquis es relativamente desconocida aquí, otra es que nos hace reflexionar ante el peligro que nos acecha, que no es otro que la marea ultraderechista que , como dijo una política valenciana que fue duramente criticada, nos puede conducir a repetir una historia nefasta de banderas negras, camisas pardas y cruces gamadas.

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