Es uno de los pecadillos del ser humano occidental, del ser humano cosmopolita, semipudiente: el deseo de riqueza, de esplendor, de brincar un peldaño por encima del prójimo, de aferrarse a los clavos salientes de la nobleza. Hay como una especie de espinita clavada en el costado de la dignidad, que desgarra la herida y hace de ella un surco sinuoso. Sobrevuela una rebelde y caprichosa afrenta en el aire tibio, estigma invisible y doloroso como sarpullido tenaz, certeza agria de sentirse inferior, ciudadano de segunda. El terrible complejo de creerse injustamente infamado, de no representar tristemente más que un granito de arena en ese montón grasiento y apelmazado de la masa social, una oveja más de pelaje lanudo y sucio, un miembro desdentado en la abigarrada familia urbana. El último mono, por así decir.

¿Existirá cosa más patética y humillante, tal vez, que hundirse en la franja viscosa de los cincuenta años, como en charco negro de alquitrán, y pasearse por el pueblo en un Dacia de segunda mano? Ay, penurias… Y con las ventanillas bajadas, con el codo y la lengua fuera, achicharrados en verano porque el aire acondicionado no funciona, porque no quiere llegar la pieza de Alemania. Ay, dolor en el alma…

A lo que uno aspira secretamente, digámoslo de una vez, es a recorrer dulcemente las anchas avenidas, una bonita tarde de domingo, en lo alto de un inmenso elefante debidamente enjaezado, con paños de seda y guirnaldas, con sombrilla gorda, festones rizados y remolinos de confeti, y seis pares de trompetas anunciadoras de angelicales melodías. Muy tieso, en la joroba de la bestia, desde el trono vertiginoso y bamboleante, trono merecido de divinidad olímpica, se imagina uno a sí mismo repartiendo caramelos a diestra y siniestra, con gesto gracioso y regio —si es que los protocolos de la elegancia lo permiten—, embutido en preciosos ropajes gaseosos de un blanco admirable, cegador —blanco roto, que es el estándar pantoniano de la belleza sutil—, y saltándole un ojo con un caramelo, bala perdida, a una vecina envidiosa que lo contempla con la boca abierta desde la acera, reventando de rabia. Pasacalles y fiesta, el pueblo postrado con lágrimas en los ojos, lágrimas de rencor, de odio mugriento, y uno meneándose en lo alto del elefante con porte magnífico, con el morro apretado, la nariz arrugada, solemne como una figurita de Lladró. El triunfo de una vida. Con esto y el apartamento coqueto recién reformado en primera línea, frente a la cala, el sepulcro bien puede quedarse ya entornado.

Ansia efervescente e indómita de predominar, de lucir con brillo propio, estrella radiante que titila hermosamente sobre oscuro lienzo, sobre celaje vulgar. Pecado grueso de vanidad, anhelos inconfesables de estúpido privilegio. El ser humano y su mezquindad. Destacar a toda costa sobre el populacho, sobre la coronilla del semejante, a cualquier precio, descollar en océanos agitados, tumultuosos, de chusma y miseria. Quedar por encima, anudarse el corbatín del pedigrí: yo más que tú, muerto de hambre.