AY VOZ SECRETA DEL AMOR OSCURO

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!
¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡ay perro en corazón, voz perseguida!
¡silencio sin confín, lirio maduro!
Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.
Deja el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, ¡rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!

Federico García Lorca

Este soneto de García Lorca puede leerse como uno de los lugares en los que el deseo homosexual aparece simultáneamente como verdad corporal, secreto, persecución y afirmación de la naturaleza. Lo decisivo es que el poema no termina aceptando la vergüenza: termina desafiándola.

El título instala ya la contradicción: «voz secreta» y «amor oscuro». El amor tiene voz —quiere decirse, hacerse cuerpo, existir—, pero debe permanecer secreto. «Oscuro» no necesita significar perverso o negativo: puede nombrar aquello que está obligado a vivir fuera de la luz pública, en una sociedad que no le permite nombrarse abiertamente.

La primera parte acumula exclamaciones casi asfixiantes: «¡ay balido sin lanas!», «¡ay herida!», «¡ay perro en corazón, voz perseguida!». Esa «voz perseguida» resulta crucial. El deseo no está simplemente escondido: está perseguido. El «perro en corazón» vuelve corporal esa persecución. Algo dentro muerde, reclama, insiste. El conflicto no ocurre únicamente en el pensamiento: ocurre en el cuerpo.

Lorca reúne, además, imágenes de cosas separadas de aquello que debería darles sentido: balido sin lanas, corriente sin mar, ciudad sin muro, silencio sin confín. Son imágenes posibles de un deseo al que se le ha arrebatado el territorio donde realizarse. Existe el impulso, pero se le niega el lugar donde existir.

Después aparece la contradicción: «Huye de mí, caliente voz de hielo». Deseo y miedo, calor y prohibición, atracción y expulsión ocupan el mismo cuerpo. «Donde sin fruto gimen carne y cielo» admite también una lectura queer: ¿por qué tendría que justificarse el deseo mediante la reproducción? Carne y cielo gimen juntos. Lo corporal y lo trascendente dejan de ser enemigos; el deseo puede no ser reproductivo y seguir siendo profundamente humano.

El terceto final cambia la dirección del poema: «¡que soy amor, que soy naturaleza!». Lorca no dice simplemente «tengo un amor»: dice «soy amor». Tampoco reclama respeto pese a su deseo, como si ese deseo necesitara una excepción que lo hiciera admisible. Afirma algo más radical: «soy naturaleza». Frente a la vieja acusación de lo homosexual como «antinatural», la respuesta poética es contundente: no estoy fuera de la naturaleza; aquello que soy pertenece a ella. La tragedia, entonces, no está en que el amor sea oscuro, sino en que una sociedad obligue al amor a vivir en la oscuridad.

EL DESEO TE DESEA

El deseo,
tu deseo,
ese animal que te crece debajo del hombre,
te niega la caricia.

No vaya a ser
que una mano
rozando tu mejilla
te desordene el género.

No vaya a ser
que una boca sobre la tuya
te recuerde que eres hombre.

No vaya a ser
que la ternura te penetre
más hondo que una verga.

No vaya a ser
que descubras
que también se puede gemir
cuando alguien
simplemente
te abraza.

Entonces huyes.
Te escondes dentro de ti
como un marica dentro de un armario
que está dentro de otro armario
que está dentro de otro hombre
que también tiene miedo.

Te persigues.
Policía de tu propia carne,
interrogas cada gesto:
¿esto es de hombre?
¿esto es de hombre?
¿esto es de hombre?

Hasta que la pregunta
se vuelve perro
y te muerde por dentro.

Te haces muro.
Pero detrás del muro
tu culo conspira.
Tu piel conspira.
Tu boca conspira.

Hasta tus pezones
organizan clandestinamente
la caída del patriarcado.

Entonces, por instantes,
algo se rompe.

No sé si eres tú,
el miedo,
el hombre
o la jaula.

Te sueltas.
Dejas que otro cuerpo
pronuncie tu cuerpo.

No es una mujer quien te penetra.
Es otro hombre.

Aun así,
te permites ser carne,
sudor,
lengua,
agujero,
temblor.

Dejas de ejercer
la obligación de ser hombre
y ejerces
el deseo.

Entonces ocurre lo imperdonable:
te gusta.

Durante unos segundos
nadie consigue devolverte
a la normalidad.

La caricia no te hace femenino.

Ya eras femenino
antes de aprender
que debías tenerle miedo.

También eras hombre.
También eras deseo.

También eras ese animal
debajo del hombre
esperando que el hombre
dejara de vigilarlo.

Quizá nunca hubo
nada que ordenar.

Ni hombre.
Ni mujer.
Ni arriba.
Ni abajo.

Solo este cuerpo
desobedeciendo el diccionario.

Solo tú,
por fin,
sin preguntarle a nadie

de qué género
es el temblor.

Manuel Antonio Velandia Mora

De la voz perseguida al cuerpo vigilado

Entre ambos poemas hay casi un siglo de transformación queer. La oscuridad no ha desaparecido: ha cambiado de lugar. En Lorca, el conflicto se produce entre un deseo que sabe que pertenece a la naturaleza y un mundo que lo obliga a permanecer secreto. En «El deseo te desea», el conflicto penetra en la construcción del propio género: ya no basta con aceptar a quién se desea; hay que enfrentarse también a qué le ocurre a aquello que creemos ser cuando deseamos.

Hoy una persona puede reconocerse homosexual, bisexual o queer, vivir públicamente su deseo y, sin embargo, continuar aterrorizada ante determinadas maneras de experimentarlo. La clandestinidad no consiste necesariamente en ocultar a quién deseo, sino en ocultarme qué me permite hacer ese deseo conmigo mismo. La persecución puede interiorizarse: «Policía de tu propia carne, / interrogas cada gesto: / ¿esto es de hombre?».

La vivencia contemporánea del género fluido vuelve más compleja esa tensión. La fluidez no consiste simplemente en disponer de más casillas. Puede cuestionar la exigencia de que el género permanezca estable, coherente y perfectamente reconocible. Alguien puede experimentar masculinidad y feminidad sin asumirlas como territorios mutuamente excluyentes, desplazarse entre ellas o negarse a convertirlas en una identidad fija. Pero la posibilidad de la fluidez no elimina el miedo a dejar de ser.

Por eso «que una boca sobre la tuya / te recuerde que eres hombre» resulta central. La boca de otro hombre no destruye necesariamente la masculinidad: puede devolvérsela transformada. El conflicto aparece cuando esa masculinidad ya no coincide con la que se aprendió como condición para existir. También la penetración se vuelve territorio político: como si penetrar confirmara al hombre y ser penetrado lo desalojara de la masculinidad; como si el ano tuviera género; como si una posición sexual administrara certificados de hombría. De ahí que «tu culo conspira»: el cuerpo descubre posibilidades que la identidad había prohibido.

Esta vigilancia del género no recae únicamente sobre los hombres. La bola negra contiene una escena especialmente reveladora: «Porque soy mujer. Y me conformo con ser mujer. Por mi gusto, tiraría a la jabalina, pero debo endulzar naranjas. Debo y quiero».

Quienes hayan visto ya La bola negra reconocerán estas palabras de la hermana de Carlos, interpretada por Natalia de Molina. Lo que probablemente muchas personas espectadoras no sepan es que esta es la única escena de la película que Federico García Lorca llegó realmente a escribir del proyecto teatral que dejó inacabado y que inspira la película de los Javis. De las apenas cuatro páginas conservadas, dos contienen la relación de personajes; esta conversación entre Carlos, interpretado por Milo Quifes, y su hermana constituye el fragmento dramático que Lorca dejó escrito y que la película recupera.

La frase parece sencilla, pero contiene una violencia extraordinariamente sofisticada. «Por mi gusto» nombra el deseo: tirar la jabalina. «Debo» introduce el mandato: endulzar naranjas. Pero lo verdaderamente inquietante llega después: «Debo y quiero». La norma ha penetrado tan profundamente en el cuerpo que ya no necesita presentarse únicamente como prohibición. El deber termina aprendiendo a hablar con la voz del deseo.

Pero incluso decir «la caricia no te hace femenino» exige otra pregunta: ¿por qué la caricia tendría que pertenecer a lo femenino? Tal vez el gesto más radical no sea aceptar «lo femenino» que hay en un hombre, sino interrogar por qué distribuimos ternura, penetrabilidad, vulnerabilidad y cuidado dentro de una cartografía masculino/femenino.

Lorca necesitó afirmar: «soy amor, soy naturaleza». Nuestro poema puede responder casi un siglo después: si el deseo pertenece a la naturaleza, ¿por qué tendría que obedecer las fronteras construidas para el género? No conviene, sin embargo, imaginar una marcha lineal desde la represión hacia la libertad. Podemos disponer hoy de palabras que Lorca no tuvo y, simultáneamente, sentir miedo cuando el cuerpo desobedece aquello que intelectualmente afirmamos aceptar.

Podemos haber salido del armario y conservar el armario dentro. Quizá ese sea el puente más inquietante entre ambos poemas. La primera lucha fue —y continúa siendo— conseguir que el mundo deje de perseguir nuestros deseos. La otra consiste en descubrir cuánto de quien nos persiguió sigue viviendo dentro de nosotros/æs, vigilando la caricia, administrando el género y preguntándole todavía al temblor si es suficientemente hombre.