La derecha autoritaria no solo amenaza derechos: también pretende gobernar la memoria
La cultura es uno de los primeros territorios donde se disputa el poder sobre nuestras vidas. Allí se construyen imaginarios, se legitiman prejuicios y se establecen fronteras entre quienes son reconocidos y quienes permanecen al margen.
El peligro no está únicamente en perder derechos conquistados, sino en acostumbrarnos a que esos derechos dependan de la aprobación moral de quienes gobiernan.
Cuando una sociedad acepta que ciertas personas deben moderar su existencia para no incomodar, comienza a naturalizar desigualdades que después pueden convertirse en políticas públicas.
La historia española demuestra que la exclusión también se construye mediante palabras, instituciones y silencios. Reconocer esos mecanismos permite comprender por qué las disputas culturales actuales tienen consecuencias que trascienden los resultados electorales.
La libertad no consiste en permitir que otras personas existan mientras no nos molesten. Consiste en reconocer que ninguna existencia necesita nuestra autorización.
En mi artículo examino cómo estas tensiones atraviesan la política contemporánea, los derechos humanos y la memoria colectiva.
Porque defender la pluralidad no significa exigir que pensemos igual, sino impedir que alguien tenga el poder de obligarnos a ser iguales.
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