Un ministerio de cultura y la curaduría del olvido: el ejemplo colombiano

Colombia ha descubierto una novedosa técnica para administrar la memoria histórica: cuando el pasado resulta incómodo, se retira de la vitrina. No hace falta quemar archivos ni prohibir libros. Basta con invocar una revisión curatorial, guardar los objetos y confiar en que la ciudadanía termine confundiendo la ausencia con la inexistencia. Una modalidad de olvido bastante más elegante que la censura tradicional.

El Museo Nacional de Colombia ha retirado decenas de piezas relacionadas con movimientos sociales, víctimas de la violencia política, feminismos, derechos humanos y procesos de paz. Entre ellas, testimonios de la Unión Patriótica, partido perseguido sistemáticamente; del M-19, antigua guerrilla desmovilizada; de la Constitución de 1991 y del Acuerdo de Paz de 2016.

Una colección de historias demasiado diferentes para reducirlas cómodamente a una única ideología.

LA DERECHA QUE INAUGURÓ LO QUE OTRA DERECHA DESMONTA

La paradoja tiene una cronología particularmente incómoda. Memoria y Nación abrió en 2014, durante el gobierno de Juan Manuel Santos. Hacer Sociedad y Ser Territorio fueron inauguradas en 2019, bajo la presidencia de Iván Duque. Ninguno gobernaba desde la izquierda.

La sala Fuerza, fe y sustancia. Mixturas y tensiones de lo sagrado en Colombia llegó en 2025, durante el gobierno de Gustavo Petro, el primero de izquierda en la historia reciente del país.

Derechas e izquierda contribuyeron a ampliar una narrativa tradicionalmente dominada por próceres, presidentes y élites. Colombia parecía comprender que la historia también pertenece a quienes padecieron persecución, discriminación y violencia.

Ahora, el presidente Abelardo de la Espriella anuncia una «contrarrevolución cultural» contra el llamado wokismo. Resulta fascinante esta capacidad de la política colombiana para descubrir peligros ideológicos en aquello que sus propias instituciones contribuyeron a reconocer.

LA CURADURÍA DEL DESPACHO

La ministra de Cultura, Paola Holguín, sostiene que el museo no debe promover adoctrinamiento, apología del delito ni revictimización. También invoca la protección de la infancia frente a materiales sensibles.

Sería interesante conocer qué peligro representa para una criatura una revista histórica sobre derechos civiles. Quizá el verdadero material sensible sea una ciudadanía que aprende a cuestionar el poder.

Según investigaciones periodísticas, el secretario general del Ministerio, Julián Sterling, acudió al museo acompañado por Katia González, directora encargada, y participó en la selección de piezas. El equipo curatorial no habría intervenido.

Años de investigación museológica encuentran así una alternativa administrativa sorprendentemente eficiente: un despacho, una visita y una selección de ausencias.

La ministra, formada en comunicación social y estudios políticos, puede proponer orientaciones culturales. Pero los derechos culturales exigen transparencia, pluralismo y criterios profesionales. Una orden administrativa no adquiere profundidad histórica por proceder de un despacho ministerial.

CUANDO LA INVISIBILIDAD SE VUELVE INVISIBLE

Conozco personalmente una parte de esta historia. En 1977 participé en la fundación del Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia. La revista Ventana Gay, ahora retirada, documentó nuestras luchas cuando reivindicar públicamente nuestros derechos podía significar persecución y violencia.

También han retirado dos obras mías de la sala Fuerza, fe y sustancia: InVIHsible, escultura en vidrio soplado que cuestiona la invisibilización del VIH, y El amor no es suficiente, un poema expuesto como obra de arte. Ambas tenían prevista su exhibición hasta 2035.

La ironía parece escrita por un dramaturgo cruel: una escultura concebida para cuestionar la invisibilidad termina invisibilizada mediante una decisión museológica.

Pero no escribo únicamente por mis obras. Encontrarme abrazado y llorando con otros artistas cuyas piezas también fueron retiradas me hizo comprender, desde el cuerpo, lo que significa esta controversia. Aquellos abrazos no eran una protesta por objetos perdidos, sino una expresión de dolor ante memorias compartidas que dejaban de estar representadas.

Hay lágrimas que ningún inventario registra y memorias que ningún depósito consigue guardar.

LA MEMORIA NO OBEDECE ÓRDENES

Viví doce años en España y durante ese tiempo no recuerdo haber encontrado una exposición museística dedicada a la memoria histórica. No significa que no existieran, sino que su presencia no llegó a formar parte de mi experiencia cultural.

En un país donde el franquismo, la represión y las fosas comunes siguen planteando preguntas incómodas, aquella ausencia resulta significativa. Colombia parecía avanzar en otra dirección: llevar las memorias de sus conflictos y luchas sociales al corazón del Museo Nacional.

Un museo puede reorganizar sus colecciones. Lo que no debería hacer es confundir autoridad política con verdad histórica. Conservar objetos en un depósito tampoco garantiza su presencia en la memoria pública.

La historia no desaparece porque alguien retire sus testimonios de una pared.

Quizá los responsables de esta operación descubran demasiado tarde que las vitrinas pueden vaciarse por orden administrativa, pero la memoria tiene la mala costumbre de salir a la calle.