«Diferente»: Cuando el cuerpo dijo bajo el franquismo lo que las palabras no podían nombrar
La década de los sesenta encontró al franquismo todavía lejos de desaparecer. La dictadura no daba señales ciertas de debilidad, aunque algunas pequeñas grietas comenzaban a permitir que lo hasta entonces innombrable pudiera, al menos, insinuarse.
En una de esas grietas apareció Diferente.
No fue un grito. Difícilmente podía serlo. Fue un susurro. Pero hay momentos históricos en los que susurrar aquello que el poder exige callar constituye ya una forma de insubordinación.
Estrenada en 1961, dirigida por Luis María Delgado y atravesada por la presencia creadora de Alfredo Alaria —autor del argumento, coguionista, coreógrafo y protagonista—, Diferente consiguió hablar de homosexualidad sin pronunciar la palabra prohibida.
Reducirla a la condición de primera película española que hizo visible la homosexualidad sería, sin embargo, insuficiente. Me interesa reflexionar sobre el orden social que hacía necesario que ese deseo tuviera que esconderse entre gestos, miradas, música, danza y cuerpos. Porque detrás de la homosexualidad que no podía nombrarse había un sistema que sí sabía imponer sus nombres.
La heterosexualidad funcionaba como sello de clase. No era únicamente una orientación sexual esperada, sino parte de un orden familiar y social que determinaba qué vida podía considerarse correcta. Desear adecuadamente significaba también ocupar el lugar asignado.
La masculinidad operaba como medida. No bastaba con ser reconocido como hombre. Había que demostrar una determinada manera de serlo: corporal, sexual y socialmente legible.
La danza hace visible una de las paradojas centrales de la película. Alfredo aparece como objeto del deseo femenino. Las mujeres lo miran, se aproximan y parecen reconocer en él al hombre que debería corresponder a ese deseo. Él, sin embargo, se niega al vínculo. Su relación con ellas es aséptica, distante y, por momentos, displicente.
Pero esa relación no puede explicarse solamente por la ausencia de deseo. En Alfredo se configura una tríada compleja: ausencia de deseo, asepsia afectivo-erótica y violencia. No son dimensiones independientes ni forman una secuencia causal. Se interrelacionan, se interafectan y son interdependientes. La ausencia de deseo interviene en la manera como establece la distancia; esa asepsia configura el vínculo y, en determinados diálogos, la palabra introduce formas explícitas de violencia hacia las mujeres. A su vez, esa violencia obliga a releer la distancia y evita interpretarla simplemente como indiferencia sexual.
Conviene establecer una diferencia fundamental: no desear a las mujeres no explica ni justifica violentarlas. La violencia pertenece a otro entramado de relaciones de poder. Alfredo puede cuestionar el mandato heterosexual que pretende gobernar su deseo y continuar habitando privilegios y prácticas asociados a una masculinidad falocrática.
La contradicción resulta especialmente significativa porque Alaria no se limita a interpretar al personaje: es autor del argumento y participa en la escritura del guion. La película no construye, por tanto, un sujeto liberado de las estructuras que lo oprimen. Nos presenta algo más incómodo: alguien que intenta autodeterminarse dentro de un sistema de relaciones del que también forma parte. Ser violentado por una norma no impide reproducir algunas de sus violencias.
El cuerpo se convierte así en moneda de cambio. Sobre él se negocian pertenencia, reconocimiento, deseo, obediencia, rechazo y exclusión. La falocracia completa esa arquitectura como ejercicio de poder: no simplemente porque manden los hombres, sino porque determinada masculinidad heterosexual, dominante y sexualmente jerarquizada adquiere la condición de norma desde la cual medir las demás existencias.
Frente a ese orden aparece la danza. En Diferente, bailar no interrumpe la historia: la cuenta por otros medios. Cuando las palabras encuentran el límite impuesto por la censura, el movimiento continúa hablando. El cuerpo desea, rechaza, duda, se ofrece a la mirada, se distancia, imagina. La danza se convierte en vehículo de las reflexiones individuales y permite dejar fluir emociones que difícilmente podían formularse de manera explícita.
La censura podía vigilar las palabras; Alaria trasladó el discurso al cuerpo.
Ahí aparece otro elemento político fundamental: la sexualidad como ejercicio de autodeterminación. No hablo solamente de orientación sexual ni de genitalidad. Hablo del deseo, del erotismo, del placer, de los afectos, de la identidad, del cuerpo y de la posibilidad de decidir cómo relacionarnos con otras personas. De esos derechos sexuales no reproductivos mediante los cuales también construimos nuestra manera de estar siendo en el mundo.
La autodeterminación, sin embargo, no ocurre fuera de las relaciones sociales. Alfredo está siendo construido por la clase, la masculinidad, la heterosexualidad normativa y la falocracia mientras intenta construir su propia manera de estar siendo. Esa tensión impide convertirlo retrospectivamente en un héroe queer sin contradicciones.
Décadas después, obras como La bola negra pueden nombrar aquello que Diferente tuvo que codificar. Sería demasiado sencillo, sin embargo, imaginar una historia lineal que condujera del silencio a la palabra, de la represión a la libertad. Poder nombrarnos no significa necesariamente haber desmontado las estructuras que pretendían determinar quiénes debíamos ser.
Por eso una frase de la película continúa resonando más de seis décadas después: «A veces es preferible engañarse para no sufrir».
Hay algo que me inquieta en esa frase y que la película deja abierto: quién necesitaba realmente engañarse para evitar el sufrimiento. Quizá no fuera únicamente quien deseaba de manera diferente. Tal vez necesitaban engañarse también un padre y una sociedad incapaces de admitir que existían otras maneras posibles de desear, de habitar el cuerpo y de estar siendo.
Esa inquietud me conduce a una reflexión que excede la película y alcanza nuestro presente: ejercer el derecho a estar siendo lo que se desea ser sigue entrando en conflicto con los poderes que pretenden decidir de antemano qué cuerpo, qué masculinidad y qué deseo debemos tener.
Quizá por eso aquel susurro todavía merece ser escuchado.
