La experiencia —y transitar asimismo los años como si fueran senderos sinuosos, sembrados de jorobas— nos ha enseñado que el ser humano semicivilizado necesita el grupo en sus primeros años de vida. Por mejor decir, necesita pertenecer materialmente al grupo. El ser humano debidamente semisometido, en esa dulce y primera juventud —primera y última, pues no hay otra, pues no hay más—, encuentra su realización más íntima, desarrolla su espiritualidad más sagrada, más esencial, sintiéndose parte de una pandilla, sintiéndose miembro numerario de una banda, erigiéndose en granito de arena útil y revoltoso en una caterva de tuercebotas.

Un adolescente independiente y solitario, ajeno al fenómeno gregario, vendría a ser como un adulto perfectamente feliz: es decir, una monumental patraña, un sinsentido, un imposible, una mentira gorda. Tratemos de imaginar, y esto podría servir de ejemplo oportuno e iluminar muy bien el argumento, a una manada de cincuentones recorriendo las calles, a las doce de la noche, a lomos de un montón de ciclomotores, petardeando y desgarrando la calma nocturna con esos chirridos del demonio, carracas infames, únicamente por el puro y estúpido placer de formar parte visible de una colmena. La experiencia nos ha enseñado todo esto. Pero la experiencia, sin embargo, nos ha engañado. Nos ha vendido humo, nos ha engatusado con el metálico cascabeleo de unas maracas. Ah, puñetas.

Porque el ansia viva de pertenecer al grupo se conserva latente, y latiente, a despecho de los años deshojados como pétalos de margarita. No resulta en absoluto sencillo erradicar del corazón, o de las mismísimas tripas, esa cosa abstracta y pataleante llamada con acierto identidad. El transcurrir doloroso del tiempo, tan penosamente abarrotado de zancadillas y decepciones, nos aísla de manera gradual, nos separa de las personas queridas, nos aleja de los amigos añorados de juventud, nos reduce patéticamente a un rincón asfixiante, limitado, el de una burbuja grotesca: mi refugio personal, mi deseada libertad, mi espacio vital, necesario, un lugar donde conocerme a mí mismo y bla, bla, bla… Si no provocara tanta tristeza y vergüenza ajena, este ridículo autoengaño, tan contemporáneo, estas pseudosicologías de mercadillo resultarían incluso divertidas. Pero lo cierto es que, no obstante, y a pesar de lo expuesto y de la lógica, esa extraña naturaleza invisible y gregaria, esa poderosa identidad colectiva, aferrada salvajemente a los fueros internos de la tribu, se revela, para nuestro propio asombro, a la menor ocasión.

Un éxito deportivo, una música tradicional, una gastronomía regional, una jerga característica, cuatro piedras amontonadas simbolizando un pasado, siete renglones mal escritos describiendo un hecho histórico, una fiesta patronal con virgen y verbenas, una vaquilla empujando a cuatro borrachos… Y esa cosa imposible de definir se desparrama automáticamente, como espeso e incontenible torrente de sangre. Y esa cosa atávica, indómita, pinceladas toscas y apresuradas con que coloreamos confusamente un sentimiento de pertenencia, un latir atronador de corazones hermanos, se desboca como bestia rugiente, ensordecedora y mitológica.