Rafael Alberti empieza a escribir sus memorias, a las que tituló La arboleda perdida, cuando tenía 36 años. Era un hombre joven, demasiado joven, quizá. A esa edad, Alberti ya había vivido lo suyo: la separación de su tierra natal, los tanteos artísticos con la pintura, la explosión como poeta, el nacimiento de una Generación, el compromiso político, el estallido de la Guerra Civil…

Y lo cuento porque casualmente finalicé estas memorias quince días antes de empezar Alicante (A) cultural de Antonio Sempere que me recuerda también a una memoria socio-cultural de 40 años desde la ciudad de Alicante grosso modo pero también la cultura y a su momento vivido desde la responsabilidad, confluyen en mí.

Jorge Olcina Cantos, prologuista de la obra, nos adentra calificando la gran labor realizada, de su empeño por la aculturación de la sociedad de su tiempo en momentos de incertidumbre, de puesta en cuestión del propio valor de la cultura ante el predominio de la visión economicista o sesgada de radicalismo ideológico que está moviendo, tristemente, el mundo moderno. Señala que Antonio Sempere es un observador social perspicaz, inteligente, que mira con ojos del que quiere lo mejor para su ciudad, para su sociedad. Que conoce de primera mano lo que se ha llevado a cabo, culturalmente, en otras ciudades españolas, europeas, extrayendo los buenos ejemplos que podrían llevarse a cabo en Alicante, pero que no se desarrollan. De ahí su tono, en ocasiones, desesperado.

Para empezar, el autor tiene que reconocer que ha tenido la mala suerte de habitar en la capital española con la Biblioteca Pública del Estado más cochambrosa que imaginarse pueda. Cochambrosa, apestosa y obsoleta. Biblioteca que incumpliera la normativa mínima de seguridad, sin baños adaptados a personas con movilidad reducida y el hecho de no haber realizado la adquisición de un triste libro durante un periodo de año y medio en pleno año 2023. Después de los cursos de verano a la Biblioteca del Paseíto Ramiro era el mayor de los bofetones morales que podía recibir al volver a casa. Un baño de realidad intolerable. Regresaba de Europa a África, todavía siendo un lugar donde pasa media jornada diaria.

Alicante creció mal. Sufrió bulimia y nadie le advirtió del peligro que corría. Ha acabado el primer cuarto del siglo XXI convertida en una Benidorm de tercera regional, sin una pizca de encanto de Benidom. La ciudad quedó anclada en el tiempo. Desde que Murcia y Valencia fueron condecoradas capitales autonómicas ha sufrido el sueño de los justos. Mientras otras, como Cartagena, despertaron de letargo, Alicante fue anestesiada. Nos adelantaron por la derecha y por la izquierda. En cualquier caso, lo dice con una trayectoria de cuatro décadas al pie de cañón, en un discreto segundo plano, aunque siempre en la primera fila de los locales donde se han desarrollado los actos culturales.

En esta tierra se han malacostumbrado a aludir a la cultura para citar a conceptos que poco tienen que ver con ella, cuando no la atacan directamente. Es un ejemplo de incultura manifiesta. En Alicante, no se crea, se destruye. De ahí que los proyectos que existen no sean de ciudad, sino de personas de egos gigantescos. Triste es reconocer que los actos de la agenda cultural alicantina congregan el mismo número de espectadores que pueden hacerlo los de ciudades que cuentan con una cifra de habitantes diez veces más baja.

Tuvo que esperar hasta el 2000 para descubrir las instalaciones de la espléndida Biblioteca Regional de Cantabria en la calle Gravina que permanecían también abiertas los sábados y los domingos entre las 11 de la mañana y las 9 de la noche o el complejo cultural de Tabakalera donostiarra, o el CCCB de Barcelona, que están a años luz de todo lo que se ha planteado en Alicante en las últimas décadas. Si la cultura en general, tiene el valor de un jarrón chino, de un adorno, quienes tienen las responsabilidades políticas en Alicante  incluso han llegado a desposeerla de ese valor. No saben de lo que hablan.

Por otro lado Antonio Sempere recuerda una frase lapidaria de Luis García Montero pronunciada en el contexto del Encuentro de Directores del Instituto Cervantes que en declaraciones al diario “La Vanguardia”, afirmo: “Si el valenciano no es catalán tampoco el mexicano es español”. Existe una cerrazón absoluta de una derecha empeñada en defender que la lengua valenciana es distinta del catalán, por la sencilla razón de que todo lo que huela a Cataluña les provoca salpullidos. Él es un gran admirador de la cultura catalana. En teatro a Joglars, Comediants, Dagoll Dagom, y La Cubana. En cine, peinó desde la primera hasta la última película de Ventura Pons. El sueño de la gala de los Premios Berlanga del cine valenciano duró un suspiro. La marca estaba registrada y debieron  sustituirla por el nombre de Lola Gaos.

“Si he ganado seis, he gastado cuatro y he ahorrado dos y no he ahorrado la mitad porque no he ingresado más que miserias”. En la Generalitat Valenciana la mayor parte del gasto comprometido estaba al servicio de una deuda que ascendía a los 56.000 millones de euros. Nunca la palabra despilfarro chirría tanto a los oídos como en estos casos, dilapidando dinero a manos llenas en cuestiones no prioritarias.

A Alicante no llegan los títulos que se distribuyen en una veintena de ciudades con un censo bastante menor. La mal llamada Filmoteca no ejerce como tal. Una Filmoteca presenta una programación estable, organiza presentaciones con público, cuenta con un archivo y publicaciones. Se halla en el edificio Rialto de Valencia a 190 km. de Alicante o en los cines Salzillo de Murcia a la mitad de distancia y de minutos por autovía o tren.

Una buena noticia que también no fue tan buena fue cuando realizó el autor  un estudio de la programación del Teatro Principal desde que fue rehabilitado e inaugurado en mayo de 1991 por la reina Sofía hasta aquella temporada 2019/2020. 29 temporadas que fue un viaje íntimo hacia unos tiempos felices. Esta obra de investigación  no despertó la menor curiosidad de un solo periodista, de un solo aficionado. Si el original hubiera sido firmado por una de esas empoderadas de salvar el futuro de la dramaturgia alicantina hubiera tenido un tratamiento diferente.

En el contexto nacional, periodísticamente hablando, Alicante es una insignificancia. En la tertulia de la televisión pública “La noche en 24 horas” donde sacan las portadas diarias de “La Opinión de Zamora” o “El Adelantado de Salamanca” pero en más de una década jamás ha salido una portada de un diario alicantino a pesar de que es la cuarta provincia más poblada.

Cabe recordar, por sus textos, el ritual de los viernes por la tarde que inició en su pueblo de Villena en programas dobles donde veía dos películas que sin ser estrenos rigurosos eran títulos repescados pero en pantalla grande. Pero en su segunda etapa en Alicante que inició en 1990 como periodista cultural, sí pudo peinar la cartelera sin problemas.

En cualquier caso, lo que él llama Alicante Cultural, son los-as alicantinos-as que acuden al Principal y al Arniches y a estrenos de cine independiente que apenas sobrepasan los doscientos que en un área que confluye Mutxamel, Sant Joan, Sant Vicent o El Campello ya alcanza los 500.000 habitantes.

Consumida la cuarta parte del siglo XXI, esta es la hora que Alicante no ha sido sede todavía de un Festival de las Ideas. Quizá a nadie se le ha encendido la bombilla o no se atreven a contarlo, visto el panorama, o nadie echa de menos un evento semejante.

En su vida se ha encontrado con muros imaginables. Cuando más los necesitas, te das cuenta que la justicia, la sanidad, los servicios sociales, brillan por su ausencia.

Se rebela ante la inoperancia sanitaria de la ciudad de Alicante. El Centro de Especialidades de la calle Gerona, cerrado desde 2021 produce que casi cien mil pacientes se deban desplazar al Hospital de San Juan normalmente en el bus 23. Aunque la UCI es un lugar aislado en donde el paciente vuelve a la vida.

También ha sufrido en sus desplazamientos en tren de Cercanías, en los trayectos de Alicante a Elche, entre 2007 y 2024, las consecuencias de la línea más obsoleta de España con más de 40 años sus convoyes Diesel. Los supuestos 30 minutos de desplazamiento siempre son más.

La fecha más antigua que transcribo es octubre de 1983 cuando acababa de cumplir 21 años que se inició una serie que admira “Anillos de oro” de guiones prodigiosos que sirvieron como material en las escuelas especializadas. Es complicado gozar de un amplio bagaje cultural en una sociedad actual tan iletrada (ni siquiera los gestores culturales alcanzan a comprender tu jerga, tus claves, tus argumentos).

Casi como conclusión rápida y real: porque si algo sé hacer bien, eso es escuchar.