Hay muchos tipos de cobardía, tantos como diferentes amaneceres: de cielos despejados, borrascosos, envueltos en espesa bruma, enmarcados entre tiernos arreboles, entre algodonosas nubes de azúcar… Pero podrían agruparse estas cobardías, como los amaneceres, en curiosos y variados géneros. La cobardía del soldadito que tiembla con los lejanos rumores de la guerra, por ejemplo. Es una cobardía clásica, ennoblecida en miles de novelescas ilustraciones, recubierta también por la romántica pátina que proporciona el decoroso sentimentalismo: «No dispararé a un ser humano, no haré daño a un enemigo que ni siquiera conozco.» En esta categoría, menospreciando la gravedad bélica, podríamos incluir la cobardía del niño que no logra reunir el valor para enfrentarse al abusón, al chiquillo grandullón, con cara de merluzo, que le robó el almuerzo.

Tenemos asimismo la cobardía de una madre. Cobardía genérica, sutil, delicada, cobardía enteramente amorosa: visceral, paralizante terror al futuro, a que su niño despliegue mañana las alas y eche a volar hacia remotos territorios, lejos de su falda, de su materno dominio. Qué le importa a una madre el éxito profesional de un hijo: «¡Y por fin hemos logrado, en el laboratorio, identificar la molécula…!» «¿Has comido?» El éxito profesional de un hijo va asociado irremediablemente al sobresalto, al susto, a las tenebrosas maletas, a coger la puerta una mañana de primavera y subirse a un avión del demonio. La molécula y el moléculo. Lo que una madre quiere es saber a qué hora va a llegar a casa, si ya ha cenado, si se ha llevado el paraguas, si lo de aquella muchacha va en serio o no. Su niñito amado y adorable de cuarenta y nueve años, a quien se desvela por planchar la camisa.

La cobardía del obrero, el buen empleado mal recompensado, que se duele secretamente y con razón de sus heridas abiertas, de esos esfuerzos honestos mal pagados, caídos durante años en el saco roto: pero no se atreve a sacar los pies del tiesto. El apocamiento le susurra argumentos miserables, le endulza con podridas mieles los oídos: más vale malo conocido… Con la edad que tienes, ponte a buscar ahora… La cobardía atormentadora también del tímido amante, criatura frágil, vulnerable, que alimenta su propio y famélico corazón con las migajas de sus desgarrados suspiros. Si hallara un trocito de audacia en algún bolsillo, en algún rinconcito de su fuero interno, y pudiera, con el arrojo de los grandes amores, decirle a la Raquel cuánto la quiere… Ay, cuánto valor para soñar, para construir castillos sonrosados e imaginarios, y qué poquito coraje para enfrentar esos ojos verdes, esos bellísimos ojos de fulminante mirada, que tanto lo desmayan.

Destacaremos aquí, no obstante, una cobardía singular, una cobardía mayúscula, de gruesos mimbres, que socava las fortalezas de la personalidad, que desmorona brutalmente las idiosincrasias. Una cobardía triste, deplorable, teñida sonoramente de negros y mortificantes lamentos: la enorme vileza de abandonar los principios, los valores más honrados de nuestra vida, aquellas convicciones personales que edificamos en la juventud, que habíamos jurado defender con sagrada dignidad. La cobardía grande, descomunal, de faltarnos hoy al respeto, de traicionar lo que un día fuimos.