La rutina es ese trozo de madera al que se aferra el individuo incluso en los más terribles naufragios. Es una cerilla encendida en la gruta oscura, o, diremos mejor, una fenomenal antorcha. La rutina es un asidero útil en los viajes tempestuosos de la vida, un punto seguro y firme al que sujetarse. Gracias a la rutina, el tiempo transcurre moderadamente, los sucesos se encadenan a un ritmo asumible. El nauseabundo balanceo, el abominable desequilibrio que provocan los grandes dramas, las grandes e imprevistas tragedias, pueden mitigarse gracias a la rutina. Hay en ella consuelo, hay aliento, hay poderoso estímulo. Hay una prolongación del hogar, un sendero conocido.

Y entendemos por rutina aquella que resulta saludable. Habituarse por salvaje costumbre a tragar seis litros de vino diarios no es rutina, es arruinar deliberadamente la vida. Perpetuarse como una morsa perezosa en el sofá y empujarse patatas fritas en el esófago no es rutina, es acortar estúpidamente la existencia. Rutina es promover una tarea satisfactoria y acometerla asiduamente con disciplina. Es encontrar la pieza bien lubricada, la que ameniza y da sentido al engranaje diario. Es un refugio del espíritu, un rinconcito agradable donde poner en orden las ideas mientras se ejercita el cuerpo. Es un cuartito secreto y coquetamente iluminado en que abstraerse del estruendo mundano, del vulgar griterío. Una vida carente de sana rutina vendría a ser cual pobre brújula sin aguja imantada.

Pero sucede en ocasiones que la rutina de una persona se halla tan blindada, tan cabalmente integrada en su idiosincrasia, tan amorosamente incorporada a las costumbres de su jornada, que difícilmente puede concebirse el día sin entregarse a ella. No admite aplazamiento. Y aunque casi alcanza a rozar el chiste, se ha dado algún caso singular en que un individuo, celoso de ejecutar a toda costa su beneficiosa rutina, ha llegado a posponer de manera irrevocable hasta el más urgente compromiso: «Manolo, ven corriendo, que a tu padre le ha dado un segundo infarto y está en mitad de la calle patas arriba». «Sí, enseguida voy, que aún tengo que regar los geranios y sacar al perro». Y, no obstante, somos perfectamente capaces de comprender su radical postura: habría podido Manolo auxiliar a su padre, qué duda cabe, pero ¿qué hubiese ocurrido entonces con el equilibrio mental, esa joya impagable de la armonía de los sentidos? ¿Qué hubiera sido, en tal caso, de ese ventajoso sosiego espiritual que tanto enriquece el alma y que invariablemente proporciona la rutina? ¿Es salvar a un padre, digámoslo de una vez, justificación suficiente para aparcar un hábito saludable? Albergamos nuestras dudas razonables.

La rutina es una suerte de juiciosa y verdadera piedra filosofal. Es la redención del ser humano, nuestra propia palanca de Arquímedes. Es la bendita rutina, en esta jungla ruidosa y variable, en esta sociedad chillona y vacua, un lenitivo extraordinario, una ganga.