Como una madre desvelándose día y noche por su recién nacido, contemplándolo en la cuna con tibia inquietud, sacrificando sus horas de sueño, aparcando voluntariamente sus ensueños de olvidada juventud. O podríamos trazarlo con mayor acierto: como una madre que no vive, que sufre agudos microinfartos a cada instante, con cada suspiro del bebé, con cada mueca de aparente malestar, con cada dulce tosecilla. Así padecen, así se mortifican, así se arrastran penosamente en una existencia tortuosa algunas personas que velan en secreto por la salud del mundo en que habitamos. La Tierra, esa inmensa pelota rodante que surca los cielos negros del cosmos a una velocidad vertiginosa, es amada con sincera y generosa pasión por un grupo de penitentes. Es adorada, esta bola descomunal de agua y arena, con fanática nobleza.

Estos amantes fervientes de la Tierra sufren asiduamente, horrible almorrana del sentido figurado, con los terroríficos y gratuitos ataques con que gran parte de la población martiriza el hogar sagrado. Mientras unos talan pinadas y encinares, ellos sufren. Mientras unos queman bosques donde, sospechosamente —ah, fabulosa casualidad—, podría construirse algún que otro hotelito y algún que otro complejo residencial, los adoradores anónimos del planeta sufren y lloran en tierno silencio. Mientras unos asfixian el aire que respiramos y contaminan el agua que bebemos, ellos sufren. Y cuando estos honrados amantes de nuestro orbe, por un afortunado azar, sorprenden el curso de una conversación sobre felices proyectos futuros de migrar a Marte, se prosternan de inmediato frente a un coqueto altar y renuevan alegremente los cirios, y rezan con acalorado fervor, y se dicen entre murmullos apenas contenidos por la emoción: «A ver si hay suerte y se marchan todos mañana, y revientan en aquellos páramos desiertos marcianos, encarnados como el infierno».

Se vierten venenos al río, que son conducidos después al mar. Se arrasa con especies enteras de animales. Se bombardean unos a otros con minucioso ensañamiento, se desgarran los corazones unos a otros por ambición, por descarnada codicia, por pura maldad. Y la Tierra se sacude con amargo dolor, testigo mudo y horrorizado, y uno se pregunta si no acabará abandonando su órbita por culpa de estos desórdenes irracionales, si no terminará deliberadamente desterrada, rebotando en las frías paredes de otras lejanas galaxias.

Como una madre envuelta en un pesado manto de aflicción, presenciando con impotencia y pesadumbre los descuidos temerarios de su hijo, distante ya del hogar, lejano ya de su abrazo. Como una madre que juzga y no quiere juzgar los errores de su amada criatura, que son los del ser humano, y siente cómo su espíritu se empobrece, cómo se desvanece su esperanza. Así, el amante más entusiasta de nuestro planeta se pregunta a su vez, desolado, con el alma encogida, estrangulado por el más fiero desánimo, si no acabará el mundo estallando por fin en mil pedazos.