Se pierde la juventud y se busca un recambio, se busca un modo nuevo de hacer las cosas, una estrategia esperanzada para lograr que vuelva a brotar esa mocedad perdida. Se arrojan sedales a ciegas con que atrapar esas nubes de energía extraviada en vaya usted a saber qué sendero, en vaya usted a saber qué rincón del brumoso pasado. Se pierde una amistad y se busca desesperadamente un recambio, una risa nueva con que cubrir la herrumbre de la soledad, un rostro amable nuevo, un flamante abrazo nuevo. Es el rey muerto, rey puesto de nuestros días. Es maquillar con viejos pinceles la aflicción, la enorme pena, el duelo.

Se pierde un amor y se busca agónicamente un recambio. Se arruinó aquel amor por displicencia, por suma torpeza, por arrogancia de un corazón orgulloso. Por haber andado brincando entre las flores de secretos jardines, por haber confundido el noble respeto con las tibias costumbres, por haber dejado languidecer el cariño, por sofocar las llamas sagradas del deseo. Y ahora se exploran los oscuros pasadizos en busca de un recambio para ese amor.

Y sí, existen en efecto recambios para todo aquello que se ha perdido, pero los recambios siempre resultan grotescos, siempre son falibles. Son burdos repuestos con que tratamos de reparar los sensibles tejidos del alma. El recambio de una amistad es extravagante en su singular caricatura. El recambio de una pasión es doloroso en su singular y diabólico remedo. Los cimientos en que se apoya un recambio son falsos, son equívocos y frágiles como una promesa. Los pilares en que se asienta el recambio con que suplimos un amor están preñados de desgarros y hendiduras, de ridícula solidez. Son piezas defectuosas que parodian y mancillan el precioso recuerdo que todavía aletea en los amplios espacios de la memoria. Endebles clavos de algodón intentando vencer el acero.

En el ambiente, en todas partes, una penosa tendencia, un vano esfuerzo por rellenar a toda prisa los vacíos, una estúpida postura de dudosa resiliencia, según la cual, la pérdida ha de remediarse enseguida, ha de ocuparse el hueco inmediatamente con un fragmento cualquiera, ha de restañarse la herida con urgente fullería: se ha de combatir el daño con estruendo, con nuevos alborotos, con ruido y aspavientos. Y se desprecia con guasa el necesario luto, que tanto ayuda a anudar los hermosos lazos del espíritu.

Se pierden las sólidas razones de una vida, se pierde el ánimo de continuar luchando y se busca hoy desesperadamente un recambio. Y pocos recambios pueden hallarse para colmar satisfactoriamente ese hondo abismo que ahora queda, esa fosa oscura y profunda que dejó el entusiasmo perdido. Y pocos repuestos encontramos en el vasto páramo, taller desolado, desierto, en la noche que sucede a la tragedia. Aquel entusiasmo perdido por seguir viviendo, aquella amistad, aquel amor, que eran como una brújula luminosa, como una sonrisa que nos guiaba firme y alegremente hacia un maravilloso destino.