Estoy muy cabreado. Sí, y por eso me voy a meter en un charco de la hostia. Pero es que, ya está bien. Me agota y frustra a partes iguales la deriva que este tema ha tomado y por eso voy a dar mi humilde pero afilada opinión.

Propongo un experimento mental: mañana, una ley global prohíbe el uso de inteligencia artificial para cualquier tipo de creación. Se acabó ChatGPT escribiendo novelas. Se acabaron generadores de imágenes produciendo portadas. Se acabó música compuesta por algoritmos. Si quieres crear algo, tienes que hacerlo tú, manualmente, con esfuerzo real.

¿Qué pasaría?

La cantidad de títulos publicados se desplomaría. Cientos de miles de perfiles en redes sociales — escritores, músicos, artistas— desaparecerían de la noche a la mañana. No porque la ÍA sea necesaria para crear arte. Porque es necesaria para fingir que estás creando arte cuando en realidad no tienes ni puñetera idea de cómo se hace.

Y estoy harto de fingir que eso no es un problema.

La avalancha de mierda indistinguible

Cada año se publican en España más de 80,000 títulos nuevos. Ochenta mil. En el año 2000 eran 35,000. La progresión no para: más títulos, más autores, más plataformas de autopublicación, más facilidad para convertir un documento de Word en “libro” con ISBN.

Y cuando entras en una librería, cuando abres Amazon, cuando revisas novedades, todo parece exactamente igual. Portadas con la misma estética minimalista o ilustración de BookTok. Sinopsis intercambiables (“Una historia desgarradora…”, “Un viaje emocionante…”). Primeros capítulos que siguen fórmulas tan predecibles que podrías haberlos generado con plantilla.

No es mi impresión subjetiva. Es realidad observable.

Y lo peor no es que exista contenido mediocre —siempre existió— sino que la mediocridad se ha democratizado hasta un punto donde enterró completamente la posibilidad de encontrar lo genuino.

Hay tanta morralla, que separar calidad de basura se ha vuelto trabajo de tiempo completo. Necesitarías diez vidas para leer todos los libros que se publican cada año. Y en ese mar de títulos idénticos, ¿cómo encuentras lo valioso? No puedes. Simplemente te rindes y lees lo que el algoritmo te recomienda, que es exactamente lo mismo que le recomienda a todos los demás.

Cuando los filtros funcionaban (aunque fueran injustos)

Tengo nostalgia brutal de los años 90 y 2000. Y no me impona que suene reaccionario.

En aquella época, publicar un libro era jodidamente difícil. Tenías que convencer a la editorial para que invirtiera dinero real en imprimir tu obra. Pasar por lectores profesionales, editores, correctores. Demostrar que tu texto merecía existir físicamente en estanterías.

Sí, esos filtros eran injustos. Perpetuaban privilegios de clase, género, contactos, etc. Marginaban voces valiosas. Todo eso es cierto.

Pero también garantizaban que lo que llegaba a librería tenía un umbral mínimo de competencia técnica.

Cuando comprabas un disco en 1990, sabías que alguien había invertido tiempo en crearlo, dinero en grabarlo, tiempo en producirlo, criterio en distribuirlo. Podría no gustarte —yo nunca fui fan de The Beatles Bruce Springsteen, mi rollo era Guns N’ Roses, Metallica, System o[a Down, Rage Against the Machine—pero no era porque fueran malos o sonaran a cien bandas iguales. Era porque tenían identidad propia y yo prefería otro estilo de música.

Hoy no existe esa distinción. No dices “no me gusta este autor pero reconozco su talento”. Dices “no logro distinguir este autor de otros cincuenta que suenan exactamente igual porque todos usaron las mismas herramientas de ÍA para generar un texto competente sin competencia real”.

En los 90, cuando leías una novela publicada por una editorial seria, sabías que había pasado por un corrector, editor, lector profesional. Podía ser mala, aburrida, fallida. Pero no era técnicamente incompetente por ignorancia del oficio.

Ahora esas garantías no existen. Autopublicación más ÍA significa: cualquiera puede producir un libro que parece profesional sin tener ni idea de narrativa, estructura, lenguaje. Y luego se sorprenden cuando nadie lo lee.

“Democratización” es la mentira que nos vendieron

El discurso oficial: “Antes solo los privilegiados podían publicar. Ahora cualquiera puede. Eso es progreso democrático.”

Mentira.

Cuando todos pueden publicar, nadie es leído. El lector promedio lee 15-20 libros al año. Frente a esos 20 libros que leerá, se publican 80,000 nuevos títulos anuales solo en España. Eso significa que 79,980 libros morirán sin lectores.

La abundancia no creó acceso. Creó un ruido blanco ensordecedor donde encontrar la señal valiosa es prácticamente imposible.

Y aquí está la trampa perversa: en ese océano de opciones indistinguibles, quien controla la visibilidad lo controla todo. Algoritmos de Amazon. Listas de Goodreads. Influencers de BookTok. Recomendaciones de Instagram.

Antes, el poder estaba en los editores. Sí, era problemático, concentrado, excluyente. Pero al menos era

humano y nominalmente responsable.

Ahora el poder está en algoritmos que priorizan el engagement sobre la calidad, la viralidad sobre la profundidad, los clicks sobre el criterio. Y nadie es responsable cuando el algoritmo amplifica la mediocridad porque genera más interacciones que la complejidad.

No democratizamos nada. Cambiamos pntekeepers imperfectos por gatekeepers automáticos que amplifican exactamente lo más mediocre.

Hasta el más tonto tiene un disco

Escucho música actual y todo suena igual. Veo portadas de novelas y todas parecen salir de una plantilla. Leo sinopsis y usan exactamente las mismas frases, los mismos ganchos, las mismas promesas.

No es paranoia. Es optimización algorítmica masiva.

La ÍA aprende de lo existente y produce variaciones de lo mismo. Autores que usan ÍA replican patrones que ya funcionaron. Algoritmos de recomendación amplifican lo popular. Resultado: un bucle que homogeneiza todo hacia el promedio de “lo que funciona según datos”.

Esto no es arte. Es producción industrial de contenido diseñado para maximizar métricas.

En los 80, The Clash sonaba diferente de hoy Division que sonaba diferente de Talkíng Heads. Hoy todo suena a “música de Spotify”: producción pulida, tempo optimizado, estructura que maximiza la retención.

En los 90, Bolaño era diferente de Saramago que era diferente de DeLillo. Hoy, el bestseller número 1 es indistinguible del bestseller número 50: misma voz en presente, mismo ritmo de capítulos cortos, mismas técnicas para maximizar “páginas pasadas por hora”.

Y lo peor: hasta el más tonto tiene ahora un disco, un libro, un cuadro. No porque tenga talento.

Porque las herramientas le permiten simular una competencia que no posee.

El caso que me obsesiona: John Kennedy Toole

John Kennedy Toole escribió La conjura de los necros entre 1961 y 1963, mientras hacía el servicio militar en Puerto Rico. Intentó publicarla durante años. Todas las editoriales la rechazaron. La frustración y depresión lo llevaron al suicidio en marzo de 1969, con 31 años.

Su madre, Thelma Toole, siguió insistiendo en que el manuscrito merecía ser publicado. En 1976 logró que el escritor Walker Percy lo leyera. Percy quedó impresionado y facilitó su publicación en 1980, once años después de la muerte de Toole. En 1981 ganó el Pulitzer póstumo.

Hoy ese libro —una obra maestra de la literatura americana— probablemente habría sido autopublicado en Amazon en 2026 y nadie lo habría leído jamás.

¿Por qué? Porque estaría enterrado bajo miles de títulos mediocres generados con ÍA, optimizados para algoritmos, diseñados para captar atención mediante portadas llamativas y sinopsis con fórmulas probadas.

Toole no habría suicidado por frustración de no ser publicado. Habría sido publicado inmediatamente. Pero habría muerto en la absoluta indiferencia de un mercado saturado donde nadie puede encontrar nada valioso porque todo está mezclado con basura indistinguible.

No sé qué es peor.

Por qué leo Clásicos (y no es esnobismo)

Me preguntan por qué leo principalmente clásicos. La respuesta es simple y nada sofisticada: son una apuesta segura.

No significa que todos me gusten. Don Quijote me costó horrores la primera vez. Dostoyevski me parece excesivo por momentos. Proust me aburre en largas secciones.

Pero sé que detrás hay alguien con talento real que se lo trabajó durante años.

Cuando abro una obra de Cervantes, sé que no voy a encontrar un texto generado por ÍA optimizado para la retención del lector. Cuando leo a Joyce, sé que pasó una década escribiendo Ulises, no tres semanas usando ChatGPT.

Los clásicos sobrevivieron porque tenían nombre propio. Eran diferenciables. Tenían voz única. No eran producción industrial optimizada para algoritmos que ni siquiera existían.

Y esa garantía —de esfuerzo genuino, de competencia técnica, de voz propia— es exactamente lo que ha desaparecido en el mercado actual.

La pregunta que ya no me da miedo responder

¿Era mejor cuando publicar era difícil?

Sí.

Era injusto. Excluyente. Perpetuaba privilegios. Muchas voces valiosas fueron silenciadas. Todo eso es verdad y es indefendible.

Pero al menos lo que llegaba a tus manos tenía posibüidades reales de ser bueno.

Ahora tenemos “democratización” que permite a todos publicar pero condena a casi todos a no ser leídos. Tenemos abundancia que no es riqueza sino ruido ensordecedor. Tenemos herramientas que facilitan simular creación sin un esfuerzo real.

El problema de los filtros antiguos no era que existieran filtros. Era quién los controlaba y qué criterios usaban.

Eliminar filtros por completo no resolvió el problema. Lo hizo peor.

Because ahora el filtro es un algoritmo opaco que prioriza lo más mediocre, lo más optimizado, lo más diseñado para el engagement. Y todos fingimos que eso es “dejar que el mercado decida” cuando en realidad es dejar que unas máquinas decidan según métricas que no tienen nada que ver con la calidad artística.

Conclusión: estoy harto de fingir

Mañana no va a desaparecer la ÍA. Este es un experimento mental, no una profecía.

Pero la pregunta sigue vigente: si tu creación depende de una herramienta que automatiza el esfuerzo, ¿estás creando o fingiendo?

Estoy harto de fingir que la avalancha de contenido mediocre es “democratización”. Es un diluvio que ahoga tanto la basura como la excelencia, dejando solo lo que flota en una superficie algorítmica.

Estoy harto de fingir que “todos pueden ser artistas” cuando lo que realmente pasa es que nadie puede encontrar a los artistas genuinos entre la masa de simuladores con herramientas eficientes.

Estoy harto de fingir que leer bestsellers autopublicados número 47.000 tiene el mismo valor que leer a un autor que dedicó décadas a dominar su oficio.

El arte requiere esfuerzo. La literatura requiere oficio. Y ninguna herramienta debería permitirnos fingir lo contrario.

Si desapareciera la ÍA mañana y tu “carrera artística” desapareciera con ella, nunca fuiste artista. Fuiste un usuario eficiente en el manejo de herramientas que producen apariencia de arte.

Y eso no es lo mismo. Nunca lo será.