Existen varios tipos de votante que analizaremos aquí con exquisita torpeza. En primer lugar destaca el votante coherente. Es un género de votante que se extinguió dramáticamente a mediados del siglo XX. Votaba casi arrastrado por una suerte de sensatez. Votaba honradamente, casi por dignidad. Confiaba plenamente en la firme estrategia de un voto reflexionado. Hacía largas y pesadas cábalas, y finalmente se decidía por el candidato que le inspiraba más seguridad. A este votante extinto se lo puede ver hoy en entrañables fotografías en blanco y negro, exhibiendo satisfecho, junto a una barquita, una trucha recién pescada de 240 kilos.

En segundo lugar se encuentra el votante fiel. Este es un votante que resolvió en su juventud a quién entregaría el voto y seguirá haciéndolo pase lo que pase. No importa cuántos abucheos le dediquen —incluso desde su propia bancada—, le resulta indiferente el número de reproches que se alzan a su alrededor recriminándole su falta de lógica y su estúpido punto de vista: él seguirá entregando su voto a su señor, y lo hará prosternado, con la papeleta aferrada entre los dientes y abundantes lagrimones en sus ojitos de cordero. Es un votante fácil de identificar, pues posee todas las tarjetas descuento de los supermercados del barrio. «Oiga, caballero, el candidato a quien usted ha regalado el voto ha asesinado a toda su familia, a tres vecinos peruanos y a un cuñado oriundo de Antequera, y lo que es peor: robaba a escondidas a su abuela el dinero del monedero». «Sí, bueno, mire usted… Lo importante es que no gobierne la extrema derecha».

En tercer lugar está el votante cabreado, el votante que rompe furiosamente la baraja. Es el votante que castiga a ese candidato en el que otras veces confió ciegamente. Vota hoy para aplicar un escarmiento, vota hoy al postulante contrario sin importarle el programa, vota al que más daño puede hacer a su antiguo favorito. Es tal su decepción, su enorme desengaño, que esgrime el voto rabiosamente como una espada flamígera, y la inserta en la urna, a falta de pan, por no hundirla gustosamente en la barriga del repugnante traidor.

Y se posiciona, en último lugar, el votante que no vota. Es este un votante complejo, difícil de describir. Es un votante que se siente como si portara el maletín de una bomba atómica. Se autopercibe como un superhéroe resplandeciente. Para él, activar la bomba es precisamente no activarla. Está persuadido de que va a salvar el mundo occidental con su hiriente abstención, con su latigazo mortal. Cree que va a enderezar la situación política de su país, que va a corregir los problemas de su agónica sociedad. Sabe muy bien que un voto es una excusa, un arma que legitima al gobernante para hacer lo que le dé la gana, para pactar en un cuarto oscuro con quien le plazca, pero él, ah, amigo, lo va a impedir. Él, viejo zorro votante, va a rasgar el tapete sagrado y a reinventar las reglas de la democracia. Se quedará en casa el día de las elecciones, atrincherado triunfalmente en el retrete, y el mundo entero, careciendo de su voto, estallará en mil puñeteros pedazos.