Toda nuestra vida, todos nuestros recuerdos y la solidez de las rutinas, todo cuanto nos rodea, todo cuanto amamos, todo cuanto puede añorarse… Todo pierde su color un buen día —un mal día—, todo comienza a desvanecerse gradualmente un horrible día. Tan gradualmente que es difícil observar el cambio exacto y la naturaleza de su perversa mutación. Tan despacio, tan sutil, tan minuciosa la irreversible metamorfosis en su perseverancia, que es prácticamente imposible percibir las diferentes tonalidades de su transformación. Todos los detalles que forman nuestra existencia, que son cientos, que son miles, que dan sentido a la realidad, que constituyen los ángulos y el grosor de los objetos habituales, de las frecuentes costumbres a que apaciblemente nos abandonamos, todo cuanto nos convierte en lo que somos, en lo que hasta hoy habíamos sido. Todo empieza a diluirse como por arte de espantosa magia.
Se abren de par en par las puertas descomunales y grotescas de un insidioso infierno. Nos adentramos sin saberlo, sin merecerlo, con inconsciente sigilo, en un mundo perfectamente paralelo, en un mundo en apariencia idéntico al que siempre hemos pertenecido. En este nuevo y engañoso infierno, escenario tramposo, laberíntico, paródico, disfrazado maliciosamente de cotidianidad, el rostro de las personas queridas presenta una curiosa variación. Podríamos jurar que son ellas, que siguen siendo ellas, pero algo hay en su mirada, en su forma de hablar, en su dulce y sospechosa compasión, que nos alarma. Sus nombres cambian, se alternan de forma extravagante. Existe como un capricho en la naturaleza que transporta la identidad de nuestros hijos, de nuestros hermanos, que intercambia de manera cruel sus facciones. Existe como un humor inicuo en la atmósfera, como una pesada broma de mal gusto que se alimenta pérfidamente de nuestro dolor, de nuestro creciente estupor. Todo, desde los objetos hasta los individuos que nos rodean, conspira para desgarrar nuestra realidad.
¿Por qué el universo entero se relame satisfecho y celebra esta penosa diversión a nuestra costa? ¿A qué se debe esta malvada y constante desorientación? ¿Por qué nuestro hijo, fruto amado de nuestras entrañas, nos sonríe con amarga condescendencia y se empeña en hacernos creer que es otra persona? ¿Cuándo acabará esta burla afilada e hiriente? ¿Acaso todo esto no es más que un castigo, que un ajuste de viejas cuentas? Tratamos de aferrarnos a un saliente en los muros de piedra, tratamos de asir las frías barandillas de nuestra niñez, que permanecen todavía en los rincones polvorientos de la memoria, que nos brindan un guiño amable, cómplice. Pero nuestros brazos se acortan, pero las distancias se vuelven inmensas, y una suerte de tibio vértigo nos arrolla y se enrosca sobre nosotros como repugnante serpiente, apartándonos del camino. Y la cálida luz del equilibrio se apaga.
Abominable circunstancia. La demencia, esa fractura en la razón que nos arroja despiadadamente al más oscuro abismo. Ese peaje salvaje que en ocasiones hemos de pagar antes de franquear el último umbral de la vida.

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