Ese baúl polvoriento y arrumbado, la memoria. Esa fuente abundante de desdibujados recuerdos, esa máquina implacable de activar viejos tormentos, ese artesano amable capaz de recomponer las figuras amadas de porcelana que sucumbieron ayer bajo el yugo del tiempo. Es un lugar, la memoria, al que descendemos constantemente para tratar de encontrar en ella las herramientas que nos ayudan a aliviar el camino. No puede afrontarse el futuro sin poseer una mínima consciencia del pasado, y estos sensibles apoyos, que siempre nos acompañan en tan espinoso viaje, solo en la memoria pueden alcanzarse. Laberíntica prisión de ensortijados recuerdos, la memoria. Estanque azul de refrescantes aguas profundas, vasto y reconfortante océano al que zambullirse en momentos de insoportable agitación.
Como a esa playa de arenas deslumbrantes en que tan felices fuimos en nuestra niñez; como a esa añorada fuente de piedra, vestigio palpitante de nuestra herencia rural, solariego, familiar, añorado, fuente de inmarcesible piedra de nuestros veranos de tierna juventud: así, de este modo, acudimos precipitándonos a los sombríos aposentos de la memoria en busca de un recuerdo, de una pieza preciosa, esencial, elemento único con que completar el más bello rompecabezas de la remembranza, el más doloroso, el más abrumador. En los oscuros y estrechos pasillos de la memoria, en sus abigarradas dependencias, entre las melancólicas y agrietadas paredes, empapeladas con lienzos heridos por el tiempo, apergaminados ya, encontramos de nuevo la sonrisa de aquel primer amor, el llanto del hijo recién nacido, el último y débil abrazo de la abuela, la mirada enérgica, llena de vida, de nuestra hermana mayor, postrada en su cama… Allí, en los amplios salones de la memoria, sorteando de puntillas, prudentemente, el descuidado mobiliario, entre los restos conmovedores de un festín, el de los relojes de arena gastados, hallamos de nuevo las olvidadas razones que nos hacían amar profundamente la vida, las huellas insustituibles, las pruebas de nuestro paso por el mundo.
Ese baúl polvoriento y arrumbado, la memoria. Esa fuente repleta de deslavados recuerdos, esa máquina prodigiosa que revive antiguos tormentos, ese artista munífico capaz de recomponer las figuras amadas de cristal tallado que sucumbieron ayer bajo el yugo del tiempo. Es un lugar, la memoria, al que nos abandonamos deliberadamente para tratar de reconciliarnos con los remordimientos. Laberíntica prisión de ensortijados recuerdos, la memoria. Lago undoso de somnolientas aguas profundas, vasto y reconfortante.
Ay de aquellas pobres gentes, terrible calamidad, que se topan con las puertas de la memoria cerradas a cal y canto. Ay de aquellos, insoportable castigo, monstruosa crueldad, que encuentran cerrados los caminos que conducen al recuerdo de toda una vida, que no disponen hoy, en su ennegrecido ocaso, del único y valioso medio con que retornar a los años colmados de alegría, al secreto entusiasmo de sus pecadillos de juventud, a las bellas y lejanas anécdotas, irrepetibles, que podrían acariciar una última vez, con su evocación, como hábiles manos de amante generoso, sus frágiles y fatigados corazones.


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