Cuánta ternura inspira ese niño bueno, ese niño bondadoso, ese angelito que siempre tiene una tímida sonrisa dibujada en el rostro, que siempre tiende una mano oportuna para auxiliar en el cole a su compañera, para librarla de un apuro, ese niño abnegado que invariablemente se ofrece para ayudarla. Está profundamente embelesado. En los rincones secretos de su intimidad, sueña con ella. Para él, esa niña es la dulce y maravillosa encarnación de un duende surgido de las entrañas de un enorme pastel de chocolate. Para él, esa chiquilla representa confusamente el tierno y primer esbozo del verdadero amor. Para ella, sin embargo, de todos los niños del cole, él es, probablemente, la última opción, el último chiquillo al que contemplaría con ojitos arrobados. Y este es, sin ninguna duda, el auténtico génesis de la más cruel y desgarradora tragedia griega, el origen de todos los dramas.
En el terreno de las complejas emociones, en el abrupto campo abierto de los sentimientos, nada resulta más atractivo que la incertidumbre, el desorden, el vértigo, el caos; nada nos seduce más que la indiferencia o el menosprecio; nada espolea mejor el corazón que una rotunda negativa. En el alborotado y ruidoso mundo de los paraísos escolares, ese chiquillo revoltoso y rebelde, ese muchachillo grosero y fanfarrón, díscolo por naturaleza, sin tener apenas consciencia de ello, se erige una y otra vez en ídolo de masas, en el símbolo prodigioso de todos los amores preadolescentes, en la máquina engrasada y perfecta de generar suspiros.
Cuando alcanzamos la vida adulta, en cuestiones de amor, ordenamos a nuestro cerebro que nos provea de una serie de requisitos indispensables: coherencia, discernimiento, instinto y serenidad. Y también dos huevos duros. Sorprende descubrir, en efecto, que continuamos repitiendo aquellos estúpidos patrones de la infancia, pues así, al parecer, estamos programados. Los hombres mienten deliberadamente cuando aseguran que su ideal de mujer es una persona sencilla y comprensiva, una persona que comparta sus inquietudes y sus aficiones, una compañera con quien construir una vida en común. Algunos, los más cínicos, incluso logran decir todo esto sin reírse. Las mujeres, por su parte, afirman que su media naranja ideal es un hombre que las quiera, que las mime, un hombre sensible y delicado. Habría que buscar en una mina realmente profunda para hallar una mentira más grande y más repugnante. Marcel Proust escribió con acierto: «Nada aborrece más una mujer que un hombre enamorado.»
El exceso de atenciones nos irrita. Huimos de las muestras desmesuradas de cariño. Una vida ordenada, una existencia apacible y serena en pareja nos horroriza. Abominamos del amor cómodo y tranquilo. Nos espanta el aburrimiento, el beso insulso y cotidiano. En consecuencia, lo que más nos atrae, lo que más nos seduce, lo que más nos arrebata —sentenciamos nosotros— es esa persona que no nos conviene en absoluto. Y tropezamos sistemáticamente en la misma piedra, pues, al parecer, estamos así condenados. Cuánto daño nos hace, ergo cuánto amamos a esa persona.
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