El filósofo coreano Byung Chul Han acuñó el término “sociedad del cansancio” en su famosa obra el mismo título (La sociedad del cansancio, 2000) que le valió ser  galardonado con el premio Príncipe de Asturias, en la categoría de comunicación y humanidades. Abordaremos este concepto tal vez en otro momento, solamente diremos que tiene que ver con lo que él observaba en su Corea natal, pero también en la sociedad actual en la que hay un aumento de trastornos de atención (TDH) y del espectro autista (TDA). A su juicio, este estado patológico obedece a causas distintas a los fenómenos que causaron los males de épocas anteriores, en el siglo XX de tipo “inmunológico” y en el XXI “neuronal”.

Acidia 

Más que un cansancio colectivo  o del yo, producto de la competitividad a que obliga el trabajo y el rendimiento productivo, nos hallamos en un momento de hastío, de aburrimiento. Este concepto, abordado con lujo de detalles históricos por J.A. Marina en su Diccionario de los sentimientos, se llamó acidia en la época medieval, un término que deriva del griego akedia (embotamiento, estado de no importarle a uno nada). El afectado por este embotamiento siente una cierta amargura que le impide sentirse animado o alegre y también le hace odiar el trato humano. ¿Les suena? Podría confundirse con otro término moderno, la depresión, pero no es exactamente igual. La acidia es una falta de ánimo que acaba haciendo al hombre desalmado, impío y alejado de Dios, como decía un teólogo del Siglo XII. Por eso tenía el carácter de un pecado capital y Tomás de Aquino le dedicó gran atención: “Como nadie puede permanecer por largo tiempo con tristeza y sin placer, el aquejado de acidia busca en otro lugar el gozo que el amor de Dios ya no le procura”.

En estos tiempos, la acidia está a la orden del día. Mucha gente de mi entorno confiesa estar en ese estado, agotados del martilleo incesante de las malas noticias, de la desbordante información que bombardea sus neuronas día y noche. Por supuesto con su propia ayuda o complicidad. Ruido electrónico que invade nuestras mentes. Agobio por la sensación de multitarea, que en realidad no lleva a ningún lado. El televisor encendido mientras se contestan mensajes o correos en el móvil. Muchos jóvenes cambian continuamente de aplicación en el teléfono y parece que pudiesen hacer varias tareas al mismo tiempo. Incluso cuando hacen los deberes, pendientes del WhatsApp . En Estados Unidos cada joven consume de media 7,5 horas diarias en los medios digitales, de las cuales un 29% está en multitarea. También los niños  caen en la multitarea a tempranas edades. Se sabe que esto ocurre alrededor de los 5 años de edad, a menudo con un televisor encendido permanentemente de fondo.

A toda vela  

Vivimos a toda velocidad, nos advierte la investigadora y pedagoga María Couso, autora de Cerebro y pantallas (Ed. Planeta, 2024), con una enorme cantidad de seguidores en su perfil de Instagram (PlayFulLearning). “Vivimos en una sociedad que corre. Todos vamos con prisa siempre y ese ritmo es el que transmitimos a la infancia, que precisamente, necesita todo lo contrario para su desarrollo”, afirma. Y previene contra el uso masivo de videojuegos en la infancia, que de acuerdo a los estudios científicos inciden negativamente en los niños afectados por alguno de los trastornos mencionados anteriormente (TDH y TDA). En la pantalla del televisor los riesgos son también considerables.  Uno de esos factores es el ritmo de cambio entre imágenes, que está siendo cada vez mayor. Si en series del pasado como la famosa Verano azul encontramos cinco saltos en un minuto, ahora se multiplica por más de cinco en series como La Patrulla Canina y se llegan a contabilizar 44 saltos de imagen por minuto en Henry Danger. En series de adultos, supuestamente, como La casa de papel hay hasta 66 cambios por minuto. La consecuencia de esta carrera de velocidad visual es que la vida real parece en cámara lenta y surgen entonces los “me aburro” infantiles.

Se aburren por igual los mayores, por supuesto. Y esto no es nuevo. El aburrimiento es provocado por la falta de estímulos, porque carecemos tal vez de impulsos y proyectos o porque sencillamente tenemos una sensación de hartazgo. “Harto de carne, el diablo se metió a fraile”, dice un refrán.

En el siglo XIX Europa conoció una época de romanticismo literario impregnado de hastío y aburrimiento. El poeta francés Verlaine se quejaba de que había leído todo, también había cometido todos los excesos junto a su amante Rimbaud. Baudelaire decía : “Este país nos aburre, oh muerte”. Mallarmé se unía al coro de los hastiados de la vida con sus versos: “La carne es triste, ¡ay!, y he leído todos los libros”.

En la época del barroco (S. XVII)  existía la Corte poblada de aristócratas aburridos que intentaban combatir su desgana con diversiones con las damas, la guerra y el poder, como describía Pascal en sus Máximas. En la lengua gala existe la palabra ennui, que se relaciona con La Canción de Roland con un significado de fatiga dolorosa, pero que en el siglo XVII ya se usa con el mismo significado actual, aburrimiento. Los ingleses no eran inmunes a ese mal del siglo, e inventaron el spleen (que etimológicamente significaba bazo) que significa algo así como una hipocondría melancólica propia de los lujuriosos, los ociosos y los ricos que vivían en aquel tiempo en el “reino del aburrimiento”. Los rusos, otros grandes aburridos, llamaban toska al spleen (esplín en español).

En el siglo XVIII Europa ya se había invadido por un sentimiento de congoja cultural, que se dio en llamar “mal du siècle” en Francia , weltschmerz” en alemán.

España no fue ajena a la tendencia y Juan Antonio Marina cita como ejemplar referencia a ese sentimientos estos versos del poeta español Juan Meléndez Valdés (1754-1817) :

“Do quiera vuelvo los nublados ojos,

Nada miro, nada hallo que me cause

Sino agudo dolor o tedio amargo”.

¿Lo siente alguno aquí, ahora,  en este momento?