En el mercado, en el estrecho margen de una escalera, en el ajetreado vestíbulo de una oficina de Correos, en la esquina de la calle más apartada del centro, en un sendero sembrado de piedras y espinos, en la cima de un monte somnoliento, en la hondura sombría de un valle… En cualquier rincón, una sonrisa se convierte en ingeniosa medicina. En cualquier amarga penumbra, una sonrisa se erige inmediatamente en bondadoso farolillo. El torpe y severo hielo de una relación incómoda, de un estúpido conflicto personal, se derrite irremediablemente con una ligera sonrisa. Nada hay más barato, más accesible, más sencillo de ejecutar. No existe lenitivo más apropiado, más efectivo. En cualquier paraje desangelado, una sonrisa se eleva como sol risueño de primavera.
No hay problema que no logre aliviar una sonrisa. Los descosidos en el tapiz de un romance que una necia discusión ocasionan, las nubes de oscuro gris que empañan el ánimo después de una funesta jornada laboral, el repicar interno de agrias campanas de las promesas incumplidas…, todo lo alivia. La tragedia familiar, que nada puede revertir, el abrumador y afilado golpe de la naturaleza, que nos muele con sus monumentales engranajes como a insignificantes granos de trigo, y que de ningún modo puede combatirse para devolvernos a nuestro feliz estado anterior, que de ningún modo puede extirparse del presente: incluso esa profunda herida consigue mitigarse con el regalo espontáneo de una sonrisa. El desgarro en el corazón que provoca una terrible pérdida, cual diminutos orificios por donde se fugan lentamente los fragmentos del alma, puede taponarse amorosamente con una sonrisa. Restañar el inmenso dolor con el inmenso poder de una sonrisa.
En una fría sala de espera, en el desolado andén de una estación, en la inacabable cola de un supermercado, frente a la inacabable luz roja de un semáforo, en los más pesados y vulgares lances de la vida cotidiana… Tropezar con un desconocido y con su desconocida sonrisa, y sentir que se añaden al instante unas gotas de dulzura a la mañana, cálida sonrisa soluble en el café. En los vastos campos de la decepción, en las áridas estepas de la desesperanza, en los desmedidos y rizados océanos del pánico a la soledad… Toparse con una desconocida y con su desconocida sonrisa, y sentir como tangible el estrecho e invisible abrazo de un ángel benévolo y extraviado, regalo inopinado de Reyes en cualquier época del año. Son las sonrisas graciosos eslabones que enlazan nuestro mundo esférico y forman irrompibles cadenas, son las hábiles manos que tejen el paño de suave algodón con que envolver los sueños más preciados. Son las sonrisas el ingrediente indispensable de nuestras vidas erráticas, rodeados como estamos, continuamente, de horrores abominables e injusticias que nadie repara.
Mágica receta que todo lo cura. Prescripción preñada de alta virtud sanadora: una sonrisa cada ocho horas, después de las comidas. Poderoso y espiritual antibiótico.


Comentarios