Detrás de ella como ingenuos soñadores, ahí vamos todos, a la caza de la zanahoria, a la caza del tesoro, pasajero, fugaz como nuestra vida. La zanahoria como cebo universal, como acicate, como estímulo. Como vulgar aliciente. Se esfuerza uno por adelantar el paso, por aporrear el enlosado dejando impronta, se esfuerza uno por no perder comba. Ante todo, la vista fija en el objetivo, en esa radiante y voluptuosa zanahoria, en esa promesa encarnada de jugosas recompensas. Mi reino por un buen bocado, por hincarle bien la muela. Detrás de ella todos corriendo como inocentes reos, con mueca penosa y aspaviento entusiasmado, conmovedores en nuestra trágica existencia.

La zanahoria tiene muchos disfraces, se adorna con lazos de seda y sombreritos de fino algodón: el sueldo alto, un buen casamiento, el vehículo sin capota, la casita en la sierra, el palco y su reservado en el estadio, un cargo de gerente con buena silla, el viajecito todo incluido a una isla coqueta y de aguas oportunamente cristalinas… Hay zanahorias flacas y zanahorias gordas, dependiendo del entorno y las circunstancias. Hay zanahorias blancas y zanahorias negras. Las hay saludables, las hay también agusanadas. Pero hasta la última de las variedades caprichosas de este singular señuelo converge idealmente en una misma y poderosa función: la de generar litros de baba, la de suscitar insoportable deseo, la de granjear sanas envidias, o, mejor aún, mortífera pelusa.

Existe asimismo una zanahoria de talante ensombrecido que despierta extravagantes pasiones en extravagantes sujetos: la adusta zanahoria de la reputación, la del ancho prestigio, la del renombre grueso. Es esta un gancho malicioso, una trampa envuelta en colorines que atrae a los necios, a los buscadores de honra, a los que aspiran a perpetuar su nombre, ebrios de vanidad, en los libros de la dignísima historia: Pepito el dramaturgo, autor insigne, esbelto, pierna torneada… Por ejemplo. O Margarita la periodista, audaz, de hondo análisis, de sangrientas disecciones intelectuales, lozana, busto generoso… Zoquetes de alma inquieta y codiciosa que se precipitan descalzos y atolondradamente tras la zanahoria del éxito, persiguiendo la gloria vana, el trascender a toda costa, el piropo perenne. Mi reino, en esta ocasión, por cuatro líneas de mala tinta en un librito de consulta, carne de estantería de salón, cuyas páginas acariciarán mañana, vaya usted a saber, las generaciones del futuro. En papel o en holograma iridiscente, lo mismo da. La zanahoria del podio, del pedestal sagrado, la triste zanahoria transmutada en corona de laurel.

Y por el camino se nos queda la vida. Mientras se arrastra uno tras esa atractiva zanahoria, se nos va quedando la vida y lo por vivir. Se nos va quedando el sueño, la alegría y el primer empeño. Fijamos la atención y los sentidos todos en los destellos del anzuelo, tan sugerente, tan seductor, tan tentador, tan inhumano, y la vida se nos va escurriendo silenciosamente entre los dedos, y los años se nos van menguando entre las manos.