Como si no hubiera suficientes tragedias en este mundo giratorio y destartalado. Como si no hubiera ya sacos gruesos de bastante dolor. A un lado y a otro, dramas de primer nivel. Ríos copiosos de negra tinta plasmando en papel el relato de las inacabables agonías personales de un fulano, de una mengana, las luctuosas idas y venidas de un zutano por áridas tierras. Corazones rotos cantando a pleno pulmón sus amarguras en las esquinitas quebradas de un camino. Como si no hubiera ya suficientes desdichas en este mundo arremolinado y vertiginoso, en este pobre planeta de cabellos revueltos, que bastante tiene con no salirse de la órbita y mantenerse atolondradamente con los pies en el surco.

Pues parece que, en efecto, no alcanza tanto drama a complacer los deseos del ser humano. La continua fatalidad que nos rodea se queda corta, no llega, no cubre los mínimos. Y de ahí que nos empeñemos tozudamente en abrazarnos a la pena. A la pena gorda, la pena de soberbios lagrimones, de suspiros profundos, hondos como pozos sombríos. De ahí que nos zambullamos una y otra vez, relamiéndonos, en las aguas tibias y patéticas de la autocompasión. Para enmendar esa carencia de adversidad, que tan escasa se nos antoja, que tan poquita cosa parece, construimos nuevas penas, nuevos pesares, nos apresuramos a levantar, sobre robustos armazones de teatralidad, relucientes monumentos de ostentoso dolor, y los decoramos con agrios mohínes. Porque los calvarios y suplicios del mundo se quedan cortos, porque la maldad y la sed de sangre del complejo ser humano no bastan para procurarnos suficiente regocijo, y de ahí que nos esforcemos por hallar apoyos, por buscar suplementos.

Indudablemente, la pena embellece el semblante. La pena confiere empaque, un cierto resplandor en los ojos, un no sé qué de belleza recogida. Ahí va Gerardo, el hijo de la Paquita, que desde que se le murió el canario está más guapo, más lozano, con aire de marinero seductor. La pena por el pajarillo le ha dado hasta color en la cara. Incluso la moda, toda la industria de la moda ha adoptado esta estrategia exitosa de vender zapatos, bolsos y colonias con esas modelos flacuchas mirando así, al horizonte vacío, con gran tristeza, con arrebatos caprichosos de vaga melancolía. Algo tiene la pena que gusta mucho al pueblo. Un halo de dignidad, de respeto, de estimación. Un halo también de tontuna, de miserable y ridículo victimismo, tan codiciado por los ombliguistas.

Mil razones existen, si así entender se quisiera, para edificar una enorme y radiante sonrisa con que iluminar el rostro más apesadumbrado. Argumentos de peso con los que fácilmente podría demolerse el perverso castillo de una tristeza: el canto de un pajarillo una mañana de primavera, el cálido rayo de sol luego de una noche de tormenta, la risa espontánea de un niño, el abrazo inesperado de un desconocido… Seríamos capaces, si así nos lo propusiéramos, incluso de encontrar una preciosa musicalidad en ese suave silbido, tan sutil, tan genuino, en ese delicado silbido que precede al bombazo termonuclear que finalmente acabará cayéndonos en la cabeza.