Qué fue de aquellos proyectos de juventud, de aquel idealismo repleto de humanidad, qué fue de aquella inocencia bienintencionada, qué fue de aquellos sueños limpios, resplandecientes, copos de nieve virgen que no se derretían bajo los rayos de ardiente sol. Dónde quedaron aquellos brotes de enérgica resolución, aquellas promesas dictadas por el corazón, selladas con la rúbrica del alma, promesas declaradas en voz alta que dibujaban, que esculpían en piedra, con sangre nueva y pura, rumbos audaces y honestos en la vida aún por descubrir. En qué sombrío rincón se extraviaron aquellos heroísmos de juventud.
La cándida y hermosa pujanza de una vida recién estrenada propone y alienta enormes revoluciones. Puños cerrados apresando claveles, orquídeas y tulipanes, ofreciéndolos impetuosa y amorosamente al viento, enarbolándolos ruidosamente como emblemas sagrados de poderosa camaradería. Todos los males del mundo, presentes y futuros, erradicados de la superficie terrestre de un solo golpe, merced al portentoso designio de una juventud que llega, una vez más, otra vez más, como ejército estrepitoso de ángeles salvadores, descendiendo directamente del cielo para combatir las más crudas tristezas y toda suerte de terribles injusticias. Puños cerrados apresando por el tallo sonrisas, juramentos y lealtades, brindándolos noblemente al pueblo oprimido, al pueblo apenado, enarbolándolos atronadoramente como sacros pilares de la convivencia entre amigos y hermanos. La tierna redondez de la luna sembrada toda de coloridas flores. Amplios, extensos campos de rubio trigo, agitándose dulcemente con imposibles brisas en la tierna redondez de la luna, merced al entusiasmo renovador de una juventud que llega, otra vez, para suprimir el hambre y los sufrimientos.
Pero la juventud se marchita, tarde o temprano, y con ella se desgarran y marchitan asimismo su propósito, su idealismo, sus planes frágiles e inconsistentes, su natural generosidad, su atolondrada emoción, su ciega y benévola aspiración por limar las aristas de un mundo cruel y anguloso. Y como enfurruñada y oscura nube de tormenta, allá en la brumosa línea del horizonte, amenazadora, hosca, se eleva entonces esa cosa fea y agria, esa cosa monstruosa llamada codicia, esa serpiente oportuna y siniestra. La codicia, siempre la codicia, puntual y a la vez tardía, del ser humano. Siempre la codicia.
Mucho habría que escarbar en los sedimentos del espíritu para encontrar aquellos intachables propósitos que albergamos ayer en la juventud. Con los años, el ser humano se abraza groseramente a sus pertenencias prosaicas, a los objetos más vulgares, a lo que él considera secreta y orgullosamente sus trofeos, las victorias conquistadas tras una larga y espinosa existencia. Y ambiciona con vehemencia lo que no posee, y el ansia perniciosa, esa ansia maligna que rezuma la negra y viscosa codicia, le reconcome sin descanso las entrañas. Qué fue, quién podría decirlo, de aquella ingenua e incorruptible humanidad en los comienzos tiernos de la vida de una persona.

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