Los ríos de la sociedad van por un lado, gruesos en su caudal flemático. Van esos ríos sociales murmurando sus penas y sus satisfacciones, sus orgullos a punto de reventar y sus victimismos de tragedia barata, de teatrillos de cartón piedra. Bajan trotando hacia el mar esos amontonamientos desordenados de agua, ese flujo espeso de aberraciones metropolitanas, todo ese ruido de progreso y modernismo, ese tronar hipócrita de derechos sociales, de privilegios, de discriminación. Un río de multitudes acaloradas lanzando consignas, persignándose en nombre de la fraternidad, de la lucha heroica, del amor al prójimo, de la igualdad, y que en su salvaje paroxismo acaban llevándose por delante, precisamente, la fraternidad, la igualdad, la lucha heroica y al prójimo. Van esos ríos sociales cuesta abajo, tronando, flamantes en su caudal turbio.
El paria, sin embargo, transita por otro lado. El paria, con los ojos encendidos y la lengua fuera, igual que un niño aporreando un cuaderno con un rotulador, va cuesta arriba por una orillita de ese mismo río. Va remando el paria por la orillita del río, a contracorriente, esquivando el tumulto, chapoteando tímidamente en la margen calmosa del río con sus ideas de oveja negra, con sus propósitos de carnero descarriado. A fuerza de remar sin descanso, remonta el paria el río y alcanza la corona calva de la montaña más empinada. Y allí se sienta, en esa corona calva, con sus patitas de pollo colgando en el abismo. Se sienta allí, en la cima solitaria, secretamente complacido, y contempla el mundo con una sonrisa de travesura.
Al paria no parece importarle nada. Al paria nada lo conmueve. Los delirios temblones de la sociedad histriónica poco o nada inquietan al paria. Los entusiasmos febriles por lucir coche nuevo, por vestir a la moda, por viajar a confines de tierras exóticas, por presumir de peinados, por adquirir bolsos extravagantes, por adornar cuellos y muñecas con collaritos y pulseras, por adornar vidas vacías con celebraciones. Un carajo le importa todo al paria. Cómprate un piso, y así el día de mañana tendrás algo, escucha decir el paria, y se ríe para adentro, para sus entrañas, y se relame gustoso en su muda carcajada. Es feliz el paria paseando al amor de las agónicas luces del día por páramos desiertos, ajeno al estrépito, a la rutina estéril del mundo. Feliz el paria con su viejo libro y su vasito de agua. Feliz el paria en su universo rico, opulento, en su sencillez suntuosa, que la sociedad, juzgando con desprecio y soberbia desde la atalaya de su hombro, considera erróneamente miseria y abandono.
Ahí va el paria, recorriendo las calles, arrastrando su estigma. Los niños, burlones, alentados por sus padres, le arrojan las piedras de la mofa. Ahí va el paria, libre de contagios, a salvo de las corrientes, de las dictaduras, de las imposiciones. Ahí va, sonriendo para adentro, guardando para sí, como valioso tesoro, su afilada y certera radiografía del mundo. Ay, quién fuera paria.

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