Durante un curso de relato con Mariano Sánchez Soler, realizado en Alicante como parte de las actividades formativas de la Feria del Libro, nos preguntó si alguien había tomado antes un curso de escritura.

Levanté la mano.

—Yo hice uno con Gabriel García Márquez.

Mariano me miró.

—¿Ese es tu relato?

—No —le respondí—. Esa es mi verdad.

Sonrió.

No me interrumpió.

Entonces empecé a contar.

Fue en Cartagena, en 2002, durante una actividad formativa de la Young Presidents’ Organization. Había varios maestros. Entre ellos, Gabo.

Las fotografías que conservo de aquellos días tienen algo extraño: casi ninguna pertenece a las clases. Son imágenes tomadas afuera, en los momentos intermedios, cuando quienes acababan de ser maestros volvían a ser personas conversando, caminando, compartiendo.

Quizá por eso lo que verdaderamente ocurrió en aquellas clases no quedó en las fotografías.

Quedó en mí.

Gabo orientó buena parte de su curso a partir de El ahogado más hermoso del mundo.

Nos contó que aquella historia había ido apareciendo mientras recorría la plaza del mercado y escuchaba a las mujeres hablar.

De una voz a otra, el ahogado crecía.

Cada vez era más alto.

Los músculos aumentaban.

El color de los ojos se hacía más intenso.

Las lianas que cubrían su cuerpo parecían más fuertes.

La historia pasaba de una mujer a otra y cada voz agregaba algo. El hombre terminaba adquiriendo una monumentalidad que quizá nunca había tenido en la realidad, pero que el relato popular necesitaba darle.

Entonces comprendí algo que todavía me acompaña: el realismo no siempre comienza en la imaginación del escritor.

A veces comienza mucho antes.

En la plaza del mercado.

En la calle.

En una cocina.

En una conversación.

En ese voz a voz mediante el cual una comunidad transforma lo sucedido mientras intenta comprenderlo.

No era únicamente Gabo quien agrandaba al ahogado. Lo habían agrandado antes las voces que lo llevaron hasta él.

Después llegó mi turno de escribir.

Gabo leyó mi texto.

Su primer comentario fue:

—Es muy malo.

Mi cara debió de ser suficientemente elocuente porque inmediatamente comenzó a explicarme.

Yo tenía los elementos. El problema no era aquello que quería contar.

Era la manera como había construido el relato.

Me dijo que debía casar el primer párrafo con el último.

Un relato podía comenzar por el principio, por el medio o por el final. Eso no era lo fundamental.

Lo fundamental era que el cierre justificara todo lo ocurrido en la tripa del escrito.

Nunca olvidé aquella imagen.

La tripa.

Porque un relato tiene algo de cuerpo: entra por alguna parte, respira, digiere, transforma lo vivido y necesita encontrar una salida que haga comprensible todo lo anterior.

Otra enseñanza llegó a través de un libro.

Gabo me habló del Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares.

Lo que me dijo fue suficiente para que quisiera comprarlo inmediatamente.

No se trataba simplemente de disponer de muchos sinónimos.

Se trataba de encontrar el sinónimo que perteneciera al campo semántico correcto.

Me puso un ejemplo sencillo: un viaje.

No es lo mismo viajar en un crucero, en un avión, en un tren o en un bus.

Cada viaje tiene sus propios espacios, objetos, acciones, sonidos y palabras.

Una palabra puede ser aparentemente correcta y, sin embargo, no pertenecer al universo que estamos narrando.

Quien conoce ese mundo lo descubre.

Un lector especializado puede advertir, por una palabra mal utilizada, que aquel viaje presentado como verídico quizá nunca ocurrió de la manera como se está contando.

Comprendí entonces que la precisión no era solamente una cuestión de estilo.

También era una cuestión de verdad.

Por eso Casares me fascinó.

Su diccionario permitía entrar no solamente por una palabra, sino por una idea y recorrer las familias de significados hasta encontrar aquella palabra que verdaderamente pertenecía al mundo que quería contar.

Lo compré y terminó acompañándome mucho más de lo que entonces podía imaginar.

Años después, cuando mi vida como refugiado tuvo que caber en dos maletas, tuve que decidir qué podía llevar conmigo y qué debía dejar atrás.

El diccionario pesaba demasiado.

Lo llevé.

Entre tantas cosas que una persona abandona cuando huye, yo cargué conmigo aquel libro que me había enseñado a no abandonar la palabra precisa.

Algunas veces ni siquiera lo abría porque necesitara escribir. Lo hojeaba por placer, por curiosidad, por el gusto de entrar en un grupo semántico y descubrir cómo una idea podía abrirse en muchas palabras posibles.

En aquellas páginas encontraba algo parecido a una casa portátil: un territorio hecho de lenguaje que podía acompañarme incluso cuando el territorio real había quedado atrás.

Más tarde llegaría María Moliner y otra manera de habitar el idioma: un diccionario que no parece vigilar las palabras, sino acompañarlas; que explica, relaciona y ayuda a comprender.

Entre Casares y Moliner fui entendiendo que escribir también consiste en escuchar.

Escuchar una palabra.

Escuchar el mundo al que pertenece.

Escuchar lo que una historia pide antes de obligarla a decir lo que nosotros queremos.

Yo seguía contándole todo esto a Mariano.

Él seguía escuchando.

Hasta que comprendí por qué había sonreído cuando le dije:

—No, esa no es mi historia. Esa es mi verdad.

Porque quizá él había entendido antes que yo algo que todavía hoy me inquieta.

Una verdad comienza a convertirse en relato desde el momento en que elegimos dónde empezar a contarla.

Yo había empezado diciendo que había tomado un curso con García Márquez.

Podría haber empezado cuando Gabo me dijo que mi texto era muy malo.

O con un ahogado creciendo de boca en boca en la plaza del mercado.

O comprando un diccionario que, años después, viajaría conmigo en una de las dos maletas de mi exilio.

O muchos años después, levantando la mano en el curso de Mariano Sánchez Soler.

No importa demasiado.

Gabo ya me lo había enseñado:

se puede empezar por el principio, por el medio o por el final.

Lo verdaderamente difícil es otra cosa.

Casar la primera palabra con la última y conseguir que todo lo vivido en la tripa justifique haber llegado hasta allí.

Tal vez Mariano tenía razón.

Quizá cuando dije que aquello no era mi relato, sino mi verdad,

este relato ya había comenzado.