El coco, que ayer atormentaba a los niños, hoy atormenta a los solteros. El coco terrible de la singularidad. Hay como una niebla espesa que huele a terror, una bruma húmeda con aroma a pesadilla que envuelve a los solteros adondequiera que van. Pobres almas solitarias sin su media mandarina. El vacío existencial, el más espeluznante vacío, hecho carne. El vacío negro puesto en pie frente a sus ojos, frente a sus ojos desolados de solteros. Batallones de espíritus penosos que penosamente arrastran los pies, con la caña de pescar al hombro, caña inútil, inservible, de sedal quebrado. Deambula el soltero por la riberita del río arrancando malas hierbas, buscando entre piedra y piedra una media mandarina hermosa a la que hincar el diente, el diente consumido por el hambre, por la carencia, por el dolor.
Poca tregua para el soltero: en la puerta del supermercado lo reciben a tomatazos. Fruto es, al fin y al cabo, pero no basta, no consuela. No alivia los páramos amplios y desiertos de su corazón, sembrado de espinas amargas. En el acicalado vestíbulo del restaurante lo reciben a botellazos. Soltería non grata. Ay, si yo tuviera una novia, una parejita, una cuchicuchi a quien mimar, a quien rizar los párpados con un piropo travieso. Va derramando el soltero un mar salado de lágrimas saladas por el jardín municipal, por las calles hostiles, por los parques ceñudos, por los paseos achicharrados de la playa. Ay, si yo tuviera un novio, un caballerito, un mandarino a quien frotar la barba, a quien pintar la calva con atrevido carmín. Mi reino por un compañero de amorosas lidias, mis cuatro duros ahorrados por una coqueta princesa.
Poderoso lobby el de la tradición, el de las convenciones atávicas. Los lazos de la familia apretando con fuerza, asfixiando gargantas e idealismos. Más allá, no obstante, en aquel penumbroso recodo del camino, tras una siniestra barricada, se divisa una resistencia espontánea de solteros empedernidos, que hacen oídos sordos a la costumbre. Ah, mamarracho librepensador, soltero obstinado que antepones tu paz, tu tiempo calmoso, tus momentos de serena reflexión, el conocerte a ti mismo, el disfrutar de una vida amable sin compañía… Que antepones, díscolo egoísta, tu grosera felicidad a las agrias rutinas de la vida en pareja, a los sinsabores del plomizo matrimonio, a las noches en vela, a las carretillas cargadas de pañales. Vuelve al redil, oveja indómita. Abandona tus suaves propósitos de vida complaciente. Encadénate a un cónyuge, como Dios manda, y apechuga como los demás.
Horrorizados por el estigma continuo, por ese canto cataclísmico de la tradición, por esa amenaza bíblica de destierro en las cárceles de altos muros de la vida solitaria, de la vida sin amor, sin alegría, sin un trocito de pan que echarse a la boca, se arrojan hoy al campo los solteros, lanza en ristre, en desesperada y ansiosa búsqueda de su media mandarina.

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