ARTivismo, migración y el derecho a transformar la ciudad

Durante años viví en Alicante. Llegué como migrante y exiliado, pero no permanecí en el lugar pasivo de quien simplemente es acogido. Hice ARTivismo desde la fotografía, la poesía, la performance y las exposiciones; escribí sobre cultura, ejercí la docencia universitaria y participé en organizaciones sociales de la sociedad civil. El mundo cultural alicantino me reconoció como un sujeto que aportaba a su transformación. Esa experiencia vuelve hoy a mí mientras observo cómo la llamada batalla cultural atraviesa distintos países y comienza a disputar, cada vez con mayor claridad, el territorio de la cultura.

Cuando hablo de batalla cultural me refiero a una disputa por los sentidos desde los cuales una sociedad interpreta el mundo y decide qué considera normal, legítimo o deseable. No se combate únicamente por leyes o gobiernos: se disputa quién puede ser reconocido como familia, qué cuerpos e identidades encuentran legitimidad, quién pertenece a la nación, qué memorias merecen ser conservadas y qué maneras de vivir son presentadas como aceptables. Su operación política resulta especialmente poderosa cuando transforma una diferencia en antagonismo, construye un “nosotros” moralmente superior y consigue que quienes fueron convertidos en adversarios terminen siendo percibidos como una amenaza. Entonces el miedo puede convertirse en argumento para restringir derechos.

La batalla cultural no se limita a elecciones, parlamentos o redes sociales. También intenta decidir qué entendemos por familia, nación, género, memoria, pertenencia y normalidad. Por eso el mundo de la cultura no puede considerarse exterior a ella. Quienes hacemos ARTivismo producimos imágenes, relatos, preguntas y memorias capaces de alterar aquello que una sociedad había aprendido a considerar natural.

No todas las derechas sostienen las mismas posiciones culturales y sería un error convertirlas en un bloque homogéneo. Pero determinados movimientos y partidos de extrema derecha han hecho de la cultura un terreno explícito de confrontación. En Alemania, por ejemplo, la AfD ha planteado condicionar la financiación pública de artistas e instituciones y ha cuestionado expresiones culturales vinculadas con la diversidad, la memoria histórica y el legado moderno de la Bauhaus. La disputa ya no se refiere solamente a una obra: alcanza quién recibe recursos, qué instituciones pueden sostener determinados relatos y qué cultura merece legitimidad pública.

Ahí quienes hacemos ARTivismo podemos pasar de ser interlocutores incómodos a ser construidos como adversarios. No porque toda creación artística sea progresista ni porque exista una única posición política entre artistas, sino porque la creación conserva una capacidad perturbadora: puede hacer visibles los cuerpos que se pretendían ocultar, devolver voz a memorias silenciadas, cuestionar una identidad nacional presentada como homogénea y mostrar que existen muchas maneras de estar siendo en el mundo.

La migración ocupa un lugar decisivo en esta disputa. Las personas migrantes son frecuentemente narradas desde aquello que supuestamente amenazan: empleo, seguridad, costumbres, identidad nacional. Sin embargo, migrar también significa producir cultura. Quienes llegamos traemos memorias, lenguas, músicas, imágenes, sabores, saberes y maneras de relacionarnos; al mismo tiempo, somos transformados por el territorio que habitamos. La cultura ocurre precisamente en esa interafectación.

Alicante lo sabe por experiencia. La propia ciudad reconoce institucionalmente que la población migrante contribuye a la diversidad cultural y considera imprescindible su participación junto con la población autóctona en los procesos democráticos y sociales. No somos únicamente personas que necesitan integrarse a una cultura previamente terminada. También participamos en producirla.

Por eso recuerdo mi vida alicantina como algo más que una experiencia personal. Fui migrante, profesor universitario, ARTivista, escritor y participante activo de organizaciones sociales. Alicante me transformó y yo pude aportar, junto con muchas otras personas, a sus conversaciones culturales. Esa reciprocidad contradice una de las ideas más peligrosas de la batalla cultural: que las sociedades poseen una identidad fija que debe protegerse de quienes llegan o de quienes vivimos de manera diferente.

Cuando una batalla cultural consigue convertir a migrantes, artistas, mujeres, comunidades racializadas, sectores sociales LGBTIQ+, familias no tradicionales u otras expresiones de la diversidad humana en adversarios, todavía necesita dar otro paso: conseguir que seamos percibidos como una amenaza. Entonces restringir derechos, censurar, excluir o retirar apoyos puede comenzar a presentarse como protección.

Quienes hacemos cultura deberíamos reconocer esa operación antes de que se normalice. La respuesta no consiste en construir otro enemigo ni en responder al miedo con más miedo. Consiste en conocer, argumentar, encontrarnos, participar y organizarnos. Porque defender la libertad de creación, la participación de las personas migrantes y la pluralidad de nuestras sociedades no son luchas separadas.

La cultura no es una pieza inmóvil que recibimos del pasado. Es aquello que transformamos colectivamente mientras vivimos. Defender esa posibilidad es también defender la democracia.

Fuentes de verificación: Ayuntamiento de Alicante, documentación institucional sobre inmigración y diversidad cultural; Deutsche Welle, 6 de agosto de 2026, sobre política cultural de la AfD en Sajonia-Anhalt.