Cine, memoria y derechos entre Sevilla, Alicante y Bogotá.
El cine no cambia las leyes. Pero puede devolverles un cuerpo a quienes tuvieron que luchar para cambiarlas. Una norma puede registrar una prohibición; un expediente, una detención; una sentencia, el reconocimiento tardío de un daño. Ninguno de esos documentos, sin embargo, nos deja escuchar el miedo de quien ve acercarse a la policía, sentir lo que significa esconder el deseo o comprender el instante en que unas personas deciden que aquello que les enseñaron a vivir como vergüenza privada debe convertirse en lucha pública.
Ahí aparece el cine como hecho cultural. No solamente representa una sociedad: interviene en la manera como una sociedad recuerda, imagina y discute sus derechos. Una película puede devolver movimiento, deseo, miedo, humor y conflicto a historias que, encerradas en leyes y archivos, corren el riesgo de quedarse inmóviles.
Eso me ocurrió viendo “Te estoy amando locamente”, de Alejandro Marín. No pude verla solamente como espectador. La película me llevó a 1977, año en que sitúa el nacimiento del Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria en Sevilla. Pero 1977 también fue el año en que, al otro lado del Atlántico, algunas maricas comenzábamos a organizarnos políticamente en Colombia. No éramos parte de una misma organización ni vivíamos idénticas circunstancias. Sin embargo, a ambos lados aparecía una operación semejante: transformar aquello que se consideraba un problema individual en una lucha política colectiva.
El cine no es un acta notarial del pasado. La ficción comprime tiempos, desplaza acontecimientos, reúne experiencias y construye personajes capaces de hacer visible en dos horas aquello que los archivos cuentan de manera fragmentaria. Por eso me atrevo a crear una palabra: fricción. La ficción no solo ficciona la historia: la fricciona. Puede deformarla, pero también puede volverla inteligible. La pregunta no es solamente «¿ocurrió exactamente así?», sino «¿qué verdad histórica consigue hacer visible esta escena?».
Una de esas imágenes me devuelve a Barcelona. El 26 de junio de 1977 miles de personas recorrieron La Rambla en una manifestación por la liberación homosexual que terminó con cargas policiales. Mi hermana Ana Luisa estuvo allí y me envió una fotografía tomada muy cerca de la cabecera. En la carta me preguntaba si aquello podría interesarme como sociólogo o personalmente. Casi cincuenta años después puedo responderle: de las dos maneras. La fotografía se perdió. La memoria, no. Ana Luisa me envió una imagen; el tiempo terminó convirtiéndola en documento.
También hay documentos que pesan por lo que apenas pueden decir. Muchos años después, viviendo en España como refugiado político, acompañé en Alicante a cinco personas trans que habían sufrido la represión franquista y solicitaban el reconocimiento del daño padecido. Algunas no sabían escribir. Después de escuchar sus historias y ayudarles a preparar los documentos, llegó el momento de firmarlos: tuvieron que hacerlo con una X. Aquella X no era solamente una firma. También hablaba de educación negada, pobreza, marginación y vidas a las que se había intentado expulsar incluso de la posibilidad de escribir su propio nombre.
Mientras España atravesaba esas luchas, en Bogotá nuestra historia seguía su propio curso. En 1977 comenzamos a organizarnos políticamente. León Zuleta había sido una referencia decisiva y participé en la creación del Grupo de Encuentro por la Liberación de los Güeis, GELG. No quiero contar esa simultaneidad como si España hubiera sido el modelo y Colombia una copia tardía, ni convertir Stonewall en el origen obligatorio de todas nuestras genealogías. Las ideas circulaban, pero cada territorio produjo sus propias formas de organización.
Décadas después, la relación entre imagen, calle y derechos volvió a aparecer en mi vida. En 2010, como coordinador general de Decide-T en Alicante, organizamos una marcha reivindicativa por la ciudad. Antes de ocupar la calle, aquella marcha ya era una película en mi cabeza: veía cuerpos, pancartas y voces avanzando por una ciudad que tendría que mirarnos. Había algo especialmente sugerente en imaginarla precisamente en Alicante, una ciudad vinculada también al cine. Esta vez no habría una separación clara entre pantalla y espectadores: nuestros cuerpos entrarían en escena para convertir el espacio público en relato y reivindicación de derechos.
A veces el cine lleva la historia a la pantalla. Otras veces imaginamos primero la película y después salimos colectivamente a la calle para hacerla realidad.
Por eso me estremeció reconocer a Mar Cambrollé en una de las escenas de Te estoy amando locamente. Una mujer que había participado realmente en el nacimiento del movimiento homosexual sevillano entraba físicamente en la ficción que reconstruía aquella historia. Por un instante, el presente caminaba dentro del pasado. El cuerpo que había vivido la historia se convertía también en archivo.
Tal vez esa sea una de las grandes posibilidades del cine cuando conversa seriamente con la memoria y los derechos. No sustituye el archivo ni debería convertirse en prueba única de lo ocurrido. Hace otra cosa: devuelve cuerpos y afectos a las fechas; obliga a sentir preguntas que después debemos llevar nuevamente a los documentos.
Casi cincuenta años después de 1977, algunos de aquellos cuerpos seguimos aquí. Otros fueron asesinados o murieron. Las palabras con las que nos nombramos cambiaron y muchos derechos también. Una película sobre unas maricas que comienzan a organizarse no habla solamente del pasado: nos obliga a preguntarnos qué derechos consideramos hoy naturales porque hemos olvidado cuánto costó imaginarlos.
La ficción termina cuando aparecen los créditos. La historia, afortunadamente, continúa.

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