Hervé Le Tellier (París, 1957) al igual que Emmanuel Carrére en Koljós, incursiona en las raíces sentimentales de su árbol genealógico en Todas las familias felices (Seix Barral). La frase es de Ana Karenina, de Tolstói: “todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo”.
Le Tellier, a diferencia de su compatriota Carrére, no hace un ejercicio de amor filial en esta historia, amarga y descarnada, a momentos. Su madre y su padre biológico, que los abandonó pronto, conforman un retrato perfecto de la infelicidad, lo mismo que su padrastro (pretendido descendiente de una familia noble, de la cual tomó el escritor su apellido). Si el padre ausente era un fantasma, del que tendría noticias en su juventud y no del todo favorables, el sustituto elegido casi al azar por su madre, no le resulta tampoco una presencia agradable. Más bien es una figura paterna ausente por omisión, Monsieur Le Tellier es un oscuro docente de opiniones y actitudes rígidas, que chocan con el hijastro que empieza a sacar sus garras de rebeldía juvenil en el mayo del 68.
Hervé era un infante solitario, apasionado por la lectura, que a los dieciocho años abandona el alero familiar rompiendo la hucha y apropiándose de ciertos recursos económicos sin el consentimiento de sus padres, se lanza a vivir su vida. No consigue liberarse del todo de la opresión materna, ella lo persigue hasta las aulas universitarias para insultarlo y agredirlo.
Marceline, la madre, era una niña tímida y extraña, a la que sus padres sorprendieron una noche sonámbula, profiriendo frases incomprensibles. De mayor siguió teniendo una conducta anormal. Pasa su adolescencia en pleno período de ocupación nazi y sin embargo no recuerda nada de aquello, ni cuando sus amigas judías fueron deportadas. “No era tonta, ni mala estudiante” dice su hijo, pero sí distraída y temerosa. Sacó el bachillerato a trancas y a barrancas y se graduó en La Sorbona como profesora de inglés. Un día conoció al que sería el padre del escritor y cambió el domicilio paterno por el conyugal, aunque mantuvieron con los padres de ella una relación frecuente.
Del abuelo paterno, Raphaël Michel, hay referencias no muy favorables, lo mismo que del bisabuelo, un tipo taciturno y testarudo, maltratador de su mujer y sus hijos. Raphaël se marchó de casa pronto para enrolarse en el ejército. Años más tarde se casó con una campesina alsaciana, se empleó como mecánico en Citröen y después en Simca y se radicó en París en un minúsculo piso. Este hombre llevaba una doble vida amorosa entre dos casas. Cuando Marceline se separó de su marido, Serge, el padre de Hervé, le organizó un traslado a Londres para superar el abandono y encontrar trabajo como profesora de Francés. El niño, de seis años, fue entregado a la crianza de los abuelos. Hasta que un día la madre reapareció convertida en la señora de un tal Le Tellier. Un tipo sumiso y mediocre, de pocas palabras.
El padre
Los recuerdos del padre ausente, al que reencuentra años más tarde en “contadas ocasiones”. El escritor relata una cita en un restaurante turístico de Montmartre, donde un artesano recorta su perfil con tijeras. Cuando abandona el techo familiar a los dieciocho años, le pide ayuda económica, a lo que su padre le contesta que “no era el mejor momento y le pillaba fatal”. Años más tarde, cuando éste le invita a su boda con una modelo, Hervé le devuelve la pelota con la misma frase. Se vuelven a ver en el trigésimo cumpleaños del hijo y veinte años más tarde, una hermanastra le comunica que él ha fallecido. Asiste al entierro y siente la tentación de arrojar a su tumba el retrato recortado hace cuarenta años.
El funeral de su progenitor marca el final de una relación fallida, que se suma a la decepción de no haber tenido un padre amable o digno de admiración.
A pesar de todo, el hijo intenta hacer las paces con su madre, a la que dirige una carta, que ella devuelve en el mismo sobre del envío, pero hecha pedazos.
Hervé Le Tellier concluye esta amarga crónica familiar con unas conclusiones. Traduce los versículos bíblicos (“Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años en la tierra que Yavé, tu Dios, te da”) y le da la vuelta apoyándose en el hebreo, donde el verbo tiene otro significado diferente a “respetar”, en cambio significa-dice- “aguantar”. Por lo tanto, “soporta” a su madre, enferma y recluida en una institución , aquejada de demencia. Su enfermedad mental se ha agudizado, rompe el álbum de fotografías familiares que el hijo ha puesto en su habitación, sigue insultándolo también. Se sentía abandonada y traicionada por los vivos y los muertos.
“No sé si Tolstói tiene razón”, nos dice el autor, hijo desdichado que nunca había soñado con otra familia “feliz”. Ha decidido “no ser nada”, huyendo de toda ilusión identitaria basada en una relación idealista con los demás. El constructor de árboles genealógicos camina sobre terreno pantanoso, inestable y resbaladizo, piensa.
Le Tellier no se identifica con los autores que han escrito libros evocando la figura materna, como Mauriac, Albert Cohen o Romain Gary. Con respecto a la figura paterna dice:
“Soñé con un padre a la fuga. Viene a verme a escondidas para que no lo descubran los asesinos o la policía, se queda junto a mi cama y me cuenta sus aventuras en voz baja, antes de volver a irse por la ventana”.
También soñó “con un amor sencillo, puro, ofrecido sin reservas, sin condiciones”, que al convertirse él mismo en padre comprendió que “es el único que existe”.
Hay amor en el mundo, decía otro escritor francés, Ferdinand Céline , que Le Tellier cita, pero se mantiene en reserva. “No sale a la superficie, ahí está. Está amarrado dentro, se queda dentro, no les sirve de nada”. La adscripción ideológica del autor es la opuesta al filonazi Céline, ya que abrazó el comunismo por un afán de igualdad y justicia. Amor, en definitiva: “Tal vez en el fondo no san más que las dos caras de la misma moneda” (Página 205).
El libro mueve a variadas y profundas reflexiones. Personalmente, creo que las familias felices de Tolstói no existen, la suya fue también desastrosa. La familia tradicional va desapareciendo y llegará el día en que no exista, al menos en su forma actual, atávica y a veces copia biológica de los animales. La familia patriarcal heterosexual se derrumba y posiblemente estemos presenciando la llegada de una educación sentimental distinta o un nuevo pensamiento erótico, que diría la escritora española Sara Torres.

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