Para que este artefacto literario funcione, esta suerte de irreverente crítica social —trazada, una vez más, sin ningún talento—, debemos asumir necesariamente unas reglas sencillas: identificaremos a la bella como a una dama de entre veinte y veinticinco años, treinta a lo sumo, y a la momia como a un caballero tristemente marchito, ajado ya en su hombría, desmoronada su lejana lozanía, granito de café demasiado tostado al implacable fuego de los años. Este seminuevo arquetipo sentimental, este tándem amoroso y grotesco tan afianzado hoy en el noble paisaje urbano, que el Hollywood más casposo se empeña en espolvorear con el dulce confeti del glamur y la conveniencia, se ha convertido a fuerza de revistazos purpúreos casi en el paradigma único del idilio de moda.

No obstante, la naturaleza y las costumbres son muy tercas, y el más decente sentido común no siempre se presta a la tolerante creatividad del amor apasionado, y ocurre en ocasiones que hasta un metre curtido en todo tipo de sorpresas y aventuras, hasta un jefe de sala con el ojo bien entrenado mete la pata hasta el fondo del cubo, y se originan embarazosos incidentes: «¿Es su nieta, don Francisco?» «Es mi señora.» «Pasen por aquí. Les he reservado una coqueta mesita junto a la ventana…, preciosas vistas de la catedral…» Y no se ha inventado aún martillo capaz de quebrar semejante hielo. El ambiente se tensa, la risita de los camareros se vuelve peligrosamente audible, el bochorno colorea las mejillas tirantes y apergaminadas de la momia.

Pero puestos a incidir en el bochorno, delito estético sería menospreciar esa mayúscula tomadura de pelo, esa teatralizada y vergonzosa confesión del amor a primera vista con que la bella suele describir los argumentos de su romance: «Me miró así, con esos ojazos —dice la muy cretina, con gracioso siseo—, y yo… yo sentí que todo mi mundo era él…» Y se exhiben ambos amarteladamente y sin pudor en el paseo crepuscular de la playa, en las burbujeantes avenidas de la capital, bella y momia unidos en tierno lazo, caricatura doble de la pasión, cogiditos de la mano, ella para que no se lo birlen, él para no caer de bruces, pues las rodillas ya no pueden sostenerlo.

Y se descorcha botella tras botella de cava marca blanca en el pisito modesto de la arracimada familia de la bella, brincando todos alrededor de una mesa coja. Y, mientras tanto, en las suntuosas dependencias donde vegetan los herederos de la momia, por el contrario, del primer y desconcertante asombro se ha pasado al susto y al semidesmayo, luego a la indignación, y después a los puñetazos al aire y a los generosos raudales de veneno, que manan de sus boquitas holgazanas y abiertas como torrentes de furia apocalíptica. «Ay, que nos limpian, que nos quitan lo nuestro —exclama la hija mayor, embutida en su batita de seda—. Ay, lagarta».