Línea delgada, línea serpenteante en tinta azul indeleble, trazada en ocasiones con sangre, en ocasiones con el filo de una espada. Línea delgada en el viejo pergamino de las naciones, que deja a su paso, en su dibujo violento, aberturas desgarradas en la arena blanca. La frontera es ese cordón de polvorienta tiza dividiendo la carne magra y antigua de un territorio. La habilidad cartográfica y obscena de separar el grano de la cizaña, con líneas derramadas minuciosamente sobre el papel desnudo.

De un lado de ese trazo negro y caprichosamente sinuoso, un mundo; del otro lado, una región misteriosa, desconocida, y a fuer de región desconocida, amenazadora. De un lado nuestro mundo, el mundo palpable, nuestra cultura satisfactoria, nuestras costumbres, nuestra pereza sobrealimentada. Nuestro empeño en perseverar, en conservar intactos e idolatrados los vicios, las asfixiadas virtudes. En mantener la ceguera, el noble menosprecio, la herrumbrosa indiferencia, severo empeño nuestro en sostener religiosamente la aprensión religiosa. Del otro lado, el mal, el pecado, la herejía, el hábito erróneo, la vida mal entendida, el desliz, la locura. Del otro lado, del lado desconocido, fuente inagotable de escrúpulo y recelo, manantial de constantes peligros. De un lado de la frontera, el ser humano bueno, la luz, la divina Providencia. Del otro, el diablo, la oscuridad, el rojo infierno y llameante, el hombre malo.

Creemos con obstinación ser dignos moradores, abrazamos la moral que nos conviene, que más reconforta, y reverenciamos las costuras de ese mapa erigido en robusta identidad. De rodillas, hincado el corazón en la tierra, sembrada el alma en el polvo. Lágrimas fanáticas que bendicen el pan en días de fiesta. Familias amputadas a un lado y a otro de un mapa seccionado por el filo mortal de una frontera. Llantos buenos y llantos malos. Dolor sincero y dolor postizo. La auténtica y honesta verdad a un lado, la mendacidad al otro. Nos creemos dignos habitantes, estrechamos la mano debidamente pulcra de nuestro vecino, que, como nosotros, se cuida mucho de traspasar la barrera: es uno de los nuestros, uno de los buenos. Más allá, al otro lado, en ese paisaje borroso de borrosa topografía, agitándose monstruosa entre las sombras, entre las malas hierbas, la serpiente.

Línea delgada la frontera, línea serpeante en imborrable tinta azul la frontera, trazada en ocasiones con sangre igualmente azul, en ocasiones con el arrebato salvaje de una espada, que abre surcos profundos en la roca, surcos que son hendiduras gimientes, que son heridas por donde sangra a terribles borbotones la humanidad entera. La frontera es ese rastro grosero de blanca tiza dividiendo la carne de un territorio hermano. A este lado los míos, a aquel lado mis enemigos. A este lado mi mundo ignorante, mi torpeza, mi hondo desconocimiento, mi terquedad. A aquel lado, un universo despreciable y siniestro que me niego a comprender, que no tolero.