En cualquier hogar decente suena el despertador a las cuatro de la mañana, y es una alegría, un no parar de reír, un celebrar la vida: se salta del lecho caliente con elegante brinco y se cae elásticamente en el suelo frío, y se realizan, como en un arrebato, ocho series de cincuenta flexiones, con una magdalena sin gluten atrapada entre los dientes por no perder un minuto. Doscientas sentadillas mientras purificamos el cuerpo bajo la ducha, y, después, el cepillo de dientes en una mano y el niño, convertido en improvisada mancuerna, en la otra mano: subimos y bajamos a la criatura con acompasado y frenético ritmo hasta hacerla vomitar la leche materna.
Quién necesita un estúpido vehículo para acudir al trabajo, qué pobre alma acobardada se arroja, ahíta de debilidad y amargura, en los brazos del transporte público: al trabajo se llega corriendo, y corriendo de veras, apretando esforzadamente el paso. Se compite por besar primero el pomo niquelado del portón empresarial, laurel diario de la victoria. En la oficina, todos tumbados boca arriba en la moqueta, las piernas encogidas, los pies en alto, apoyados en el blanco escritorio. Se ejercitan alegremente los abdominales mientras se sostiene precariamente el teclado del ordenador sobre el esternón. Barrigas planas como planos encefalogramas, duras como planchas de mármol, vientres atléticos esculpidos a fuego, labrada con cincel divino la tabletita de chocolate. Tragedia es irse a la cama sin haber compartido públicamente el número de kilómetros recorridos. Drama gordo es olvidar inmortalizarse uno, en vídeo casero, diariamente, levantando cuatro pesas negras en el gimnasio. Ah, los gimnasios… Santuarios nobles del siglo XXI. Hasta gladiadores tienen en la puerta, Cerberos velando por preservar incólume la gloria: «Mire usted, no puedo dejarle pasar si no trae el cuerpo cubierto de manchurrones de tinta». «Es que no he tenido tiempo de hacerme un tatuaje». «Un tatu, querrá usted decir».
Ahora bien, no todo ejercicio vale. Ejercitar la mente, verbigracia, es herejía vergonzosa, punible. Arrastrados por una corriente agria de insoportable melancolía, o por puro morbo, se forman con cierta frecuencia grupos de curiosos y se visitan, encabezados por un cicerone debidamente acreditado, determinados edificios en ruinas, preñados de telarañas, que en el pasado recibían el nombre ominoso de bibliotecas y que hoy no son sino criaderos de ratas: «En aquel rincón pueden observar —les explica el guía— unas mesitas donde los usuarios de estas bibliotecas consultaban los libros y llenaban la mente de conocimiento…» «Conocimiento, qué horror», murmura un visitante, el rostro crispado por la repugnancia.
Y si se da la feliz circunstancia de que los planetas se organizan en rigurosa fila, alineados como las cuentas de un rosario —incluido Plutón, ese pobre al que un desalmado le arrebató la categoría de planeta y le asignó la de canica—, y resulta que nos cae, como agua de mayo, un mundial en verano, miel sobre hojuelas: una excusa más para fomentar y dar rienda suelta al espíritu deportivo y al inmenso amor familiar. Hermanos, suegras y cuñadas apretados todos en un sofá, en amartelada reunión, con un trozo de lechuga en una mano y un vasito de agua mineral en la otra, empujando el balón con la cabeza, figuradamente. «¡Vamos, España!», grita un republicano de Sant Pere de Torelló, los ojos anegados en lágrimas, el corazón henchido de devoción.
Pasión por el deporte

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