No se descubre el nuevo día con el canto fresco y sereno de los pajarillos, sino con el zambombazo de los petardos conmemorativos. El zambombazo perverso de los petardos, que espanta precisamente a los pobres gorriones y los mueve a levantar el vuelo con extraordinario estrés y sobresalto, pues tan pacíficamente reposaban en el cable de alta tensión, rumiando fantasías y secretos amores. En otros cables de alta tensión tratan de reposar también los asalariados, los pocos que quedan: matrimonio, pago de impuestos, crianza de hijos, cuadratura de cuentas… Cables gordos, de alto voltaje, que acaban achicharrándolo a uno tarde o temprano como morcilla en dominguera barbacoa. Y a estos raros asalariados, cargados de ojeras y facturas, desprovistos ya de sueños amenos de juventud, los arranca violentamente a su vez el petardazo festivo, la ruidosa matraca patronal.

Pan y fiesta, qué gran alborozo. O, por mejor decir, poco pan y mucha fiesta. Pero se deduce, de este siniestro y torcido equilibrio, que los gruñidos del estómago vacío perturban menos el espíritu con las calles abarrotadas de guirnaldas, banderines coloridos y crujiente pólvora. Se llega a la conclusión, en esta trucada balanza, trucada siempre por las mismas manos titiriteras, de que los vacíos del alma y las amarguras del corazón son menos con las avenidas teñidas de gala. Y aún podría matizarse y enderezar algo más el tiro: poco pan para muchos y mucha fiesta para pocos.

A falta de pan, buenas son tortas. Y así, a repetidos tortazos, va tirando la mula del carro. Es decir, el pueblo. Y es ingeniosa la forma en que se enmudecen los lamentos de la mula, harta ya de tanto tirar y de tanto tortazo: con fiesta, con celebración, con alborotos callejeros, con mucho estruendo y mucho licor desparramado, con ribetes y cascabeles, con sombreritos preñados de hermosas plumas, con discursos enaltecedores del orgullo patrio desde un balcón consistorial debidamente engalanado —falsos, estos discursillos, como el apretón de manos de un político—, con desfiles, pasacalles y verbenas, con bombos, platillos estridentes y farolillos, con barrios enteros pintados a vivos brochazos y concursos vecinales: cuatro Manolos en mangas de camisa trepando por un madero engrasado, sudando como demonios, alentados por la ovación de la masa, por el aplauso fervoroso de la plebe, y un atractivo jamón aguardando en lo alto al feliz vencedor. A falta de pan, buenas son estas gaitas.

No se descubre el nuevo día con la noticia halagüeña y reconfortante de una mejora social, o de un acuerdo entre las partes realmente prometedor, sino con el zambombazo irritante y habitual de los petardos conmemorativos. Para la asfixia del pueblo, es decir, para enmudecer la asfixia, para maquillar la palidez incómoda del rostro, para esconder los rugidos del estómago hambriento, fiesta y zambombazos cada semana. Confeti y bandas de música salpimentando alegremente la calle cada día. Júbilo atolondrado, risas y aplausos. Y el petardazo puntualmente cada ocho horas, después de las comidas.