Bálsamo maravilloso que todo lo alivia, que atenúa el dolor, la desesperación, que mitiga la fiebre, que arroja luz en los rincones más sombríos de la soledad. Poderoso ungüento con que suavizar las crueles aristas de la vida. Manto protector que de toda amenaza nos protege, escudo robusto que de cualquier embestida nos escuda. Los brazos del ser querido que se abren como amorosas compuertas, que nos ciñen como suaves y delicadas vestiduras, que nos embellecen el alma con su infinito cariño, con su tibia ternura. Remedio impagable que cubre con densos velos de aliento los sufrimientos recurrentes de una persona, que fortalece sus débiles cimientos.
Un abrazo quisiéramos encontrar en cada esquina, en cada umbral desangelado, en los recodos de cada espinoso sendero de la vida. Un cálido abrazo en el insondable y negro abismo desearíamos hallar, negro abismo al que en ocasiones nos empuja el azar, el azar revestido de desgracia e indiferencia, un abrazo allí, entre las frías tinieblas, aguardando con indulgencia nuestra previsible caída, amortiguando el impacto. Un abrazo al final del día, del hiriente y nefasto día, reconfortando el ánimo. En cada hundimiento del terreno bajo nuestros pies, en cada desmoronamiento del tejado sobre nuestras cabezas. Un abrazo en el borde rugoso de las malas noticias, una suerte de asidero al que, como náufragos, poder aferrarnos. Entre las crecidas y malas hierbas, como faro de intensa luz, mostrándonos el camino correcto. Un fuerte abrazo después del último abrazo de despedida.
Cómo embarcarse, sin esperanza, en las sucesivas y arriesgadas aventuras de la vida, en singladuras sembradas de accidentes, de ásperos tormentos. Cómo esquivar los obstáculos, cómo eludir, una tras otra, las tramposas zancadillas del avieso destino, tan empecinado en desgarrarnos el corazón, si no tuviéramos el estímulo de una dulce recompensa. En la victoria, en el estruendo gozoso del triunfo, un abrazo oportuno se convierte en broche, en justificación de pasadas penurias, en esa miel deleitosa que con tanta ansia reclamaban las hojuelas. En la derrota gris, adornada de muda pesadumbre, en la orilla sangrienta, ennegrecida por el amargo fracaso, un vigoroso abrazo nos ayuda a recuperar la verticalidad, la serenidad tan necesaria para el espíritu, y nos devuelve la confianza, y se convierte en justificación de futuras alegrías. Cómo sobrevolar, sin la menor esperanza, las diferentes etapas de una vida, cómo recorrer los pasillos estrechos, húmedos, palpitantes en su temerosa incertidumbre, de las grandes decisiones de la vida adulta. Cómo lograríamos llevar a cabo semejantes hazañas si no contásemos con el estímulo de una dulce recompensa.
Un abrazo traza sonrisas indelebles, tiñe los cielos plomizos con radiantes azules. Un sencillo abrazo nos obsequia generosamente, aun cuando habíamos extraviado el optimismo, con fragmentos desconocidos de una vida nueva y deslumbrante.
El abrazo

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