Un secreto es como una llama pequeña que arde sin consumirse nunca, que crepita levemente en lo más hondo del corazón, y ese crepitar ligero nadie puede oírlo, y esos vagos aromas a triunfos prohibidos nadie puede percibirlos, y esas huellas, esos emborronados motivos nadie puede distinguirlos, y la culpabilidad que denuncian nadie puede juzgarla. Un secreto es un cofre pequeño y misterioso, envuelto en sombras espesas, cuya llave retienen las manos de una única persona. A veces, un secreto acaba siendo compartido, y se corre entonces un riesgo exagerado. Los secretos, de revelarse, poseen la virtud y la desgracia de torcer el rumbo de una vida, de enemistar familias, de desbordar violentamente las aguas mansas de una presa.
Los secretos teñidos de amor son invariablemente los más hermosos. Secretos terribles, de terrible emoción, jamás confesables, que se guardan con extremado celo, secretos que a la luz de la razón, es decir, fatalmente descubiertos, desvirtuarían su verdadero y poderoso encanto: frágiles secretos que no soportarían la cruda y afilada claridad del día. Son los secretos de amor los más hermosos, sí, pero pudieran ser también los más peligrosos, secretos que por sí mismos empuñan la más letal de las dagas. Se encuentran estos secretos enredados, silenciados siempre, en los espesos y caprichosos rizos de una pasión vedada.
También revolotea a ras de suelo el secreto feo, el secreto vergonzoso, el de la traición, el de haber faltado a la palabra sagrada, el de haber herido profundamente la confianza que un amigo depositó ciegamente en nosotros. Por pura necedad, por un desatinado antojo, por abrazar la terquedad. Confesarlo, desnudar el alma y agitar el pecado, sería como desgarrar los preciosos mimbres de una vida. Estos secretos feos, agrios, permanecen encerrados incómodamente en los estrechos aposentos de la conciencia, y allí nos atormentan día tras día.
Y están asimismo los secretos repugnantes, los que describen con severo acierto la más baja condición del ser humano, los que retratan minuciosamente esas cualidades tan nuestras, tan intrínsecamente nuestras: la codicia, la envidia, el hambre voraz, la desmesura, la hipocresía, la corrupción. Son los secretos del malabarismo político, los secretos enmohecidos, podridos, mal disimulados en las penumbrosas y húmedas entrañas de una conspiración. Otra más. Secretos estos, los de la artimaña política, otra más, que creyeron a salvo, que creyeron protegidos por la palabra de un enmascarador, secretos mugrientos que creyeron blindados, invisibles, opacos para la opinión pública, para el infeliz de la calle. Pero cuánta es la fragilidad de un secreto. Cuán débiles, como tacitas de fina porcelana, son los muros que contienen en su interior las sucias maniobras del servidor público. Qué sencillo es, para una mano siniestra, para un descontento, rasgar de repente los velos que cubrían ese tesoro tan valioso.
El secreto

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