El ser humano tiene la capacidad de imaginar, y es esta, la de imaginar, una herramienta que hasta hoy no ha conocido límite. Sus márgenes se desdibujan en el abismo, en el infinito. Poderosa varita mágica que levanta templos, montañas y mundos enteros sobre extensos horizontes sin hollar, pincel que imprime los más asombrosos y creativos universos en el lienzo virgen de una mente inquieta, al simple chasquido de unos dedos. Truco palpable de verdadera hechicería, ese artificio colorido de imaginar. Altos andamiajes, minuciosos entramados de ideas similares a elaboradas carpinterías de abejas, manando atropelladamente del incombustible venero de la imaginación.

Tiene la virtud de imaginar el ser humano, y también el ser inhumano. De la nada, de esa rica e inextricable paleta de la materia gris, brotan súbitamente dulces fantasías, extravagantes viajes, deliciosos proyectos; pero también aberraciones, deseos maliciosos, fríos designios bañados en terror. Lo mejor y lo peor del animal racional, dueño y señor del mundo, pergeñado primero en su mente como tímida y pudorosa semilla, como boceto de obra magnífica, como barrunto anómalo, en ocasiones, de futura y sangrienta tragedia, de repugnante pesadilla. Lo mejor del ángel bondadoso, magnificente. Lo peor del monstruo, de la alimaña que se oculta en las sombras y allí, entre matorrales, amortigua el estallido viscoso de su risa.

La imaginación es compañera valiosa del poeta, amiga inestimable del novelista, del escultor, del publicista. Es amante generosa, incondicional. Es asimismo demonio siniestro, déspota infernal, abominable, que agita los hilos de acero que someten al paranoico, al hipocondríaco. Es hermana de la esperanza y camarada de la aprensión. Para el optimista, la imaginación es un robusto vehículo. Soberbio caballo alazán a cuyos lomos puede conquistarse el más apartado y singular tesoro, el territorio más encrespado, más codiciado. Flamante navío con que domeñar los océanos traviesos. Para el pesimista, chirriantes son las compuertas que la imaginación libera intempestivamente, ríos de negros y aullantes augurios contempla entonces con horror, descendiendo ingobernables por las rampas herrumbrosas de su delirio. Es la imaginación esa delicada porción del sueño, benévolo o no, que con secretas triquiñuelas arrebatamos con éxito a la noche.

Ay del dibujante sin imaginación, pobre el humorista sin ingenio, patético el político sin ideas nuevas. Qué habría sido de este mundo rodante y entrañable sin esas excepcionales mentes derrochadoras de agudeza, que siglo tras siglo, dejándonos boquiabiertos, han elevado el listón de la ciencia, de las artes. Qué habría sido de este hogar esférico sin el descaro y la audacia de esas mentes privilegiadas, que siglo tras siglo, alentadas por el acicate de una copiosa imaginación, han ensanchado los elásticos muros del progreso, de la medicina, de la comunicación. Ejemplos en la historia hay muchos de cómo un arrebato de puro ingenio acabó derribando, contra todo pronóstico, las infranqueables puertas de un imposible.