Tan devaluado está hoy el mérito, tan pálido, tan demacrado, tan arrumbado se halla el mérito en un rincón del trastero, tan apagado, tan exangüe… Se muestra el mérito, o lo que queda de él, en una polvorienta cama, gruñona y polvorienta cama, ofreciendo su rostro cadavérico a los visitantes curiosos. Su sonrisa cadavérica. Se pudre el mérito en un lecho destartalado, entre escombros, en un lecho penoso de retorcidos y herrumbrosos alambres. Asunto del pasado, ese mérito hoy aniquilado, moribundo, desprestigiado. Insignificante cosa, ridículo argumento, despreciable virtud. Tan devaluado está hoy el mérito, tan desdibujado en el papel. Provoca desdén a manos llenas y sonoras carcajadas. Tan pálido, tan demacrado. Tan difunto.
Cómo sembrar en estos tiempos de vagos y cobardes, de gentes perezosas y adocenadas, la majestuosa semilla del mérito. En qué campo fértil podría echar raíces y levantar luego sus brazos al cielo, cual bendecidas espigas de oro. Cómo convencer hoy a un niño de que el camino decente y valioso se recorre con esfuerzo y perseverancia. Cómo convencerlo, si premiamos igual al niño esforzado que al niño holgazán, si brindamos más tiempo y energía a disfrazar el fracaso con guirnaldas y estimulante confeti, si nos empeñamos en ocultar la decepción y enmascararla con ribetes de fiesta. Cómo avivar la llama del mérito, la poderosa y refulgente llama del merecimiento, si innumerables vientos se alzan por doquier para debilitar, para sofocar esa misma llama con desteñida y repugnante apatía. Cómo alentar hoy la lucha, la constancia, la firmeza, la tenacidad. Cómo revestir de sinceras alabanzas un logro alcanzado con determinación, con verdadero mérito, vertiendo lágrimas y sudor, dedicando largas noches en vela, sacrificando épocas sagradas de juventud, cuando cualquier mediocre, utilizando un atajo, puede saborear más rápidamente las mieles amables del triunfo.
Rara vez se condecora la conducta ejemplar. Poco o nada importa la nobleza de un sólido ideal. Se han convertido en virtudes irrisorias la discreción, la humildad, la prudencia, la sensatez. Contemplamos con menosprecio a la persona sencilla, escrupulosa, entusiasmada en su modesta y apenas lucrativa tarea. Encontramos hoy caricaturesco al individuo formal, responsable, y apreciamos elevadas sabidurías en el charlatán, en el ignorante sobreprotegido. Hemos depositado en un grotesco altar a las personas respetuosas y honradas, celosas de su integridad, defensoras de la dignidad, para poder señalarlas ruidosamente a nuestro antojo y hacer de ellas el más vistoso y divertido hazmerreír. Abrimos los brazos, extendemos alfombras y franqueamos puertas al tramposo, al embaucador, al timador. Celebramos el éxito de los farsantes y repudiamos la abnegación del individuo incorruptible.
Se pudre hoy el mérito en un lecho sucio y destartalado, en una vieja cama, conmovedora y penosa, de retorcidos y herrumbrosos alambres. Se pudre hoy el mérito, y aplaudimos con estúpida euforia su decadencia, su extinción, nuestra propia derrota.

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