Creemos dejar atrás los pecados, los errores, esos tropiezos ridículos en que nuestra dignidad se desparrama atolondrada y ruidosamente por el pavimento enlosado. Confiamos en desprendernos con ayuda del tiempo, merced al paso seguro de los años, de todas aquellas torpezas, de todos aquellos descuidos que nos costaron no pocos sofocos. Nos abrazamos firmemente a la certeza de que aquellos disparates no regresarán jamás: hemos madurado, hemos aprendido la lección, la experiencia nos ha envuelto en una suerte de manto protector. Ahora somos sabios e indestructibles. Se acabaron los descuidos, se extinguieron finalmente los embarazosos deslices. No volveremos a exponernos a los comentarios maliciosos del vecino… Ah, la ridícula estupidez del ser humano, animal terco, borracho siempre de presunción.
Esta vida nuestra, cíclica e infatigable como aspas de molino, como rueda tozuda de bicicleta, nos empuja una y otra vez a cometer los mismos errores, magnificados en muchos casos por la propia repetición. Rondamos con eufórica satisfacción el descalabro, jugamos en el viscoso borde del abismo. Somos el insigne protagonista del aforismo, el pobre y desangelado animal, único en su especie, que tropieza invariablemente en la misma piedra, con metódica cadencia, con asombroso empecinamiento. Raro será que no acabemos erosionando la piedra de tanto y tan reiterado batacazo, como aquella inocente gotita de agua empeñada en agujerear la roca. Contemplado el paisaje con serena perspectiva, es de una inmensa perplejidad comprobar la monstruosa ceguera que a todos nos invade, la manera minuciosa y sistemática en que olvidamos la caída.
Aquella frase que con tan mala fortuna elegimos en tan inapropiado momento… Con qué facilidad logramos herir los sentimientos de un ser querido. Creímos aprender la lección, pero no fue así. Nada hemos aprendido. Nada aprendemos jamás. Algún tiempo después, la frase inapropiada surca de nuevo las mansas y azules aguas del firmamento, y luego de algún rizado remolino en el aire, luego de varias piruetas, termina posándose en el rincón más sensible y vulnerable de la persona querida, y otra vez destruimos su amor propio, y otra vez dañamos su confianza. Nada aprendemos jamás. Es esta cosa nuestra una vergonzosa y apasionada obsesión, una fijación enfermiza por el desliz, por la flaqueza, por el desatino. El mismo patinazo en la misma superficie resbaladiza. La misma debilidad, el mismo temblor convulsivo antes de sumergirnos, una vez más, indefinidamente, en ese charco repugnante de la depravación. La misma cantinela, la súplica poco convincente, el ansia desdibujada por recuperar la estima de los demás. La misma canción, ya desteñida.
Únicamente el ignorante cree sentirse a salvo del error. Solo él se considera blindado frente a los ciclos inevitables de la vida, frente a las crueles reconvenciones. El ignorante, tan soberbio, tan seguro siempre de sí mismo, tan convencido de su exquisita y vasta sabiduría, se arroga con aire victorioso una superioridad a prueba de batacazos. Ah, la conmovedora estupidez del ser humano. Qué bellísima ternura despierta tan divertida y absoluta inconsciencia.
La vida cíclica

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